«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
La Gaceta de la Iberosfera
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Periodista, escritor e historiador. Director y presentador de 'El Gato al Agua' de El Toro TV.
Periodista, escritor e historiador. Director y presentador de 'El Gato al Agua' de El Toro TV.

De la guerra cultural

19 de diciembre de 2023

Cuenta Louis Rougier en Del Paraíso a la Utopía que en el Paris prerrevolucionario, en las vísperas del hundimiento del viejo orden, había un cardenal llamado Dubois que frecuentaba los salones galantes y entre grandes carcajadas exclamaba «¡No hay cardenal más ateo que yo!», ocurrencia celebrada con risotadas cómplices por la multitud de condesitos y marquesitas y acaudalados burgueses que a los tales salones concurría. La revolución francesa fue posible porque en las décadas previas se había desencadenado una formidable ofensiva cultural que había conquistado mentes y corazones. No era sólo lo que nuestros manuales ventilan píamente con la etiqueta «ideas ilustradas». Era, de forma aún mucho más aguda, la atmósfera creada por las llamadas «sociedades de pensamiento» —Augustin Cochin lo documentó muy bien—, muy especialmente desde las logias masónicas, y a cuya influencia nada habían sabido oponer los cerebros de la monarquía tradicional.

A todo cambio político de envergadura histórica le antecede siempre un cambio profundo en las conciencias. En la España de Franco, la penetración de la izquierda en el llamado «mundo de la cultura» comenzó a finales de los años 50 como parte de una estrategia perfectamente consciente del Partido Comunista —el propio Santiago Carrillo lo cuenta—. Una vez más, el poder no fue capaz de oponer nada sólido. Entre otras razones, porque la España de Franco había entregado toda labor de legitimación cultural a la Iglesia, y ésta, como enseguida iba a demostrar el Concilio Vaticano II, se estaba cuarteando en todas partes bajo el efecto de la misma ofensiva.

La guerra cultural existe. No es un invento de VOX. Existía mucho antes de que Gramsci concibiera sus estrategias —muy acertadas, por otra parte— y ha seguido existiendo después. La mejor demostración, en la España de hoy, es la plena hegemonía de la izquierda y el separatismo en las fábricas de la opinión, en las aulas y en las estructuras de la cultura oficial. El proceso empezó en los años 70, bajo el cobijo del PSOE y los partidos nacionalistas, y su resultado, medio siglo después, es lo que estamos viendo: el desmantelamiento de la propia idea de España. Una vez más, no hubo rival en ese frente. Todavía recuerdo una frase terrible de Aznar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, en 1996, ante una conspicua representación del mandarinato cultural: «El Gobierno del PP, como tal, no tendrá ningún a priori ideológico o estético». Eso se sustanció en una política infantilmente liberal: dejar la mayor autonomía a los propios «sectores culturales». Pero esos sectores ya llevaban entonces veinte años controlados por la izquierda y el separatismo y, en general, así han seguido después. ¿Cómo extrañarse de que haya millones de españoles dispuestos a ver su país deshecho antes de que gobierne «la derecha» o de que los periodistas parlamentarios beban los vientos por la batasuna Aizpurúa?

¿Moraleja? Es evidente: si te declaran la guerra, no tienes más remedio que librarla. Si decides no comparecer, sólo puede ser por cobardía o porque, en tu fuero interno, te sientes más cerca del enemigo. En España, eso que se llama derecha —vale decir, todo lo que no es izquierda ni separatismo— cometió los dos pecados. Parece que ahora alguien toma conciencia de que no se puede permanecer al margen. Nunca será demasiado tarde. Aunque cada vez será más difícil.

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