«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Nació en Madrid en 1975. Es Doctor en Periodismo por la Universidad San Pablo CEU. Ha dedicado casi toda su vida profesional a la radio. Ha publicado los libros "España no se vota" y "Defender la Verdad", "Sin miedo a nada ni a nadie" y "Autopsia al periodismo".

De Negrín a Zapatero

27 de mayo de 2026

Hay un pensamiento búmer, heredado por una nutrida panoplia de mentecatos, cuya base es la creencia de que existe un «PSOE bueno» sin el cual hubiera sido imposible hacer la sacrosanta Transición, y por tanto también la pluscuamperfecta democracia. Pertenece a esa peligrosa secta el actual líder del PP, el señor Feijoo, que presume públicamente de haber sido votante de Felipe González, «y a mucha honra». Ser un alfil de la derechita cobarde y haber votado de jovencito a la izquierda «que trajo las libertades» vale hoy bastante más que tener un grado por la Universidad de Yale. O eso piensan ellos, vamos.

La realidad, como suele pasar en la vida, es muy distinta de lo que cree esa generación que ha nutrido su inteligencia exclusivamente con las columnas casposas de Miguel Ángel Aguilar o con las deyecciones verbales de Fernando Jáuregui. El PSOE no ha dejado de delinquir desde su fundación, y ese papel crucial que algunos tontilocos le otorgan en la configuración institucional de España tiene más que ver con una retórica sistémica que han proyectado los medios de comunicación del bipartidismo que con los hechos. El mejor servicio que el socialismo podría haber hecho a los españoles tras la muerte de Franco era desaparecer. Pero, por desgracia, el PSOE es un cadáver que todavía sigue pululando por las calles, como los zombis del Thriller de Michael Jackson. 

Ni existen los unicornios blancos con alas, ni existen los gamusinos, ni ha habido nunca un PSOE bueno, salvo que se refieran a que «fue bueno» para matar y crear pobreza. La marca fetén del socialismo español es una máquina de delinquir con un siglo y medio de experiencia acreditada, y si no es posible atribuirle más crímenes de los que se conocen es únicamente porque sus líderes estuvieron cuarenta años de vacaciones con la excusa de la dictadura franquista. Ni más ni menos. No ha existido, ni probablemente exista jamás en España, una organización capaz de producir más desastres, ni más daño a familias y empresas que ésta cuya sede está en la madrileña calle Ferraz, justo enfrente del despacho de Rodríguez Zapatero.

Estas presuntas chorizadas que estamos conociendo de «Bambi El Desprendido» constituyen algo así como una «prueba de pertenencia» al PSOE. Si usted quiere pertenecer a la gran familia socialista española, no presente un C.V. lleno de títulos, másteres y experiencia laboral; eso no vale para nada. Tráigame usted un buen certificado de antecedentes penales, y verá cómo prospera rápidamente, con serias aspiraciones de llegar a La Moncloa. Luego, el propio sistema se encargará de ponerle a favor todas las condiciones que necesita para poder ser, con el paso de los años, un Roldán, un Juan Guerra, un Chaves, un Ábalos, un Koldo o un Zapatero. Todos motivos de orgullo socialista, naturalmente.  

El muestrario de joyas y relojes que el esposo de Sonsoles guardaba en una caja fuerte, y que perfectamente podrían haber pertenecido a la Reina de Inglaterra, son una prueba más de la austeridad y modestia con la que le gusta vivir al socialismo. Como dijo en su día ZP, «ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho». A dar mucho…por saco, mayormente. Con el ejemplo moral de Negrín, Largo Caballero y Azaña, que se llevaron 510 toneladas de oro (de todos los españoles) a Moscú para librarlo de las manos del dictador, Bambi se fue haciendo con un cofre de collares (¡otro guiño al franquismo!) casi sin darse cuenta y de manera prácticamente inevitable. Uno abre un día la caja fuerte y resulta que tiene dentro, junto a las facturas del gas y del agua, dos millones de euros en joyas. Así de caprichosa es la vida del obrero.

Es cuestión de tiempo que desaparezca esa generación a la que podemos atribuir la desgracia nacional de considerar bueno lo que es rematadamente malo. De ver al PSOE como «un partido de Estado» cuando se diferencia bastante poco de cualquier mafia criminal de las que han operado en Europa durante el siglo XX. La diferencia es que, a ésta, hay millones de personas que la votan en las urnas. Ese es nuestro gran drama nacional. Cómo ha logrado esta gentuza que una parte sustancial de la población española confunda a sus peores enemigos con los gestores que se merece. Pero intentar responder a esa pregunta es, sin duda alguna, materia para otra columna.

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