El 1 de noviembre de 1755 un maremoto devastador azotó el suroeste de la Península Ibérica afectando a casi toda España y Portugal así como a la costa atlántica norteafricana. La ciudad más golpeada por el temblor de tierra y el posterior tsunami fue Lisboa, que quedó prácticamente destruida y en la que murieron cincuenta mil personas. Como era el día de Todos los Santos, muchos murieron mientras rezaban en las iglesias que se derrumbaron sobre ellos. Además de las consecuencias humanas y materiales, aquel terremoto fue factor principal del nacimiento de la sismología y provocó otro, de más largo alcance, en el mundo intelectual y religioso europeo. ¿Cómo era posible que Dios hubiera provocado o al menos permitido semejante catástrofe? ¿Cómo podía explicarse, según una visión cristiana, que el país más afectado hubiera sido el muy católico Portugal y que muchos miles de personas hubieran muerto mientras asistían a misa? Voltaire se destacó con su Poema sobre el desastre de Lisboa, en el que se preguntó por la contradicción entre un universo creado por un Dios omnipotente y benevolente y el inmenso dolor que dicho universo causaba a los hijos de ese Dios. La pregunta, naturalmente, no se le ocurrió a Voltaire por primera vez en el siglo XVIII, ya que desde al menos los tiempos de Epicuro los filósofos se preguntaban si Dios no puede evitar el dolor, en cuyo caso no es omnipotente, o si puede pero no quiere hacerlo, en cuyo caso no es bueno, o si ni puede ni quiere, en cuyo caso es absurdo llamarle Dios o creer en su existencia. En resumen, ante la ausencia de Dios, el terremoto de Lisboa fue una repentina e imprevisible fábrica de ateos.
Tres siglos más tarde, y a no mucha distancia del epicentro de aquel masivo movimiento telúrico, otro movimiento masivo, esta vez humano, también de manera repentina y más o menos imprevisible, ha estallado en la cara de los españoles. El fenómeno se ha ido incubando durante décadas a ambas orillas del Estrecho. En la orilla sur mediante la vitalidad, la procreación, la fe religiosa y la incesante propaganda irredentista. En la norte mediante la debilidad, el aborto, el descreimiento y el incesante socavamiento progresista.
La imagen de la riada humana cruzando la frontera de Ceuta ¿habrá hecho más que décadas de gota a gota y que miles de explicaciones a las que casi nadie atiende y que casi nadie entiende? Todo parece cuestión de dosis. Calentando el agua poco a poco, la rana se cuece sin darse cuenta. Arrojando la rana al agua hirviente, la rana brinca. Al menos eso sugieren las multitudinarias manifestaciones de estos días en defensa de la españolidad de Ceuta.
El tiempo dirá, pero para evitar desengaños quizá sea prudente contemplar el asunto con cierto escepticismo. También millones de personas se echaron enfurecidas a la calle en aquellos trágicos días de julio de 1997 en los que los criminales separatistas asesinaron a sangre fría al pobre Miguel Ángel Blanco. Pero todo aquel hartazgo, toda aquella indignación, toda aquella furia que pareció acabar de una vez por todas con los crímenes etarras, no tardó en disolverse. Ni las personas ni las sociedades pueden mantenerse perpetuamente en tensión. Pronto se volvió a la indiferencia habitual, como lo probaron los setenta y cinco asesinados por ETA después de Miguel Ángel Blanco, que pasaron prácticamente inadvertidos porque los criminales no volvieron a cometer el error de ponerle un cronómetro a un asesinato.
El episodio de Ceuta, una vez olvidada la sorpresa, probablemente acabe en el habitual desinterés, con unos marroquíes esperando pacientemente que ambas ciudades españolas caigan en sus manos como fruta madura por el puro imperativo biológico del número, unos españoles inconscientes del gota a gota inmigratorio y unos políticos, tanto del PSOE como del PP, corruptos, gandules e indiferentes a una España cuya pervivencia les importa la milésima parte de un bledo. Medio siglo demoliéndola lo demuestra.