Si hay algo que me hace preferir a veces una opresiva monarquía del Antiguo Régimen a un gobierno democrático es la sonrisa obligada de los gobernantes.
Detesto que los gobernantes me sonrían, que me hablen como si me amasen, que me traten como si hubiésemos desayunado juntos alguna vez.
Esa es la sutil diferencia psicológica de las ideologías iluministas impuestas en el mundo entero: el gobernante democrático tiene que sonreír, amarnos, darnos abrazos. Procurar, en suma la profunda infantilización de su pueblo que, cada vez más ayuno de Dios, vea en él a su sustituto natural, un padre providente e infalible.
Porque esa es la segunda derivada: el gobierno está condenado a ser infalible. En la feroz guerra de todos contra todos por el poder que es el sistema de partidos, reconocer un error es sangrar en una piscina de tiburones.
Un rey antiguo podía declarar una guerra, perderla, y aquí no ha pasado nada. O, al menos, la derrota no tenía por qué poner en cuestión su legitimidad. Podía aplicar una medida desastrosa, comprobar los pésimos resultados y dar marcha atrás sin que eso le costara el trono.
El gobernante democrático, no. Reconocer el error es arriesgarse gravemente a no ser reelegido. Así que hay que sostenella y no enmendalla. Más: profundizar en ella. Si buena parte de las condiciones que han agravado los habituales incendios de verano se deben a las medidas adoptadas con la excusa del Cambio Climático, la solución no puede ser darles la vuelta: hay que doblar la apuesta, siempre. El causante de los incendios ha sido el Cambio Climático, y hay que multiplicar las medidas absurdas.
Y omnisciente. El antiguo monarca de la Cristiandad era una especie de lugarteniente de Dios; el actual gobernante es Dios, o un dios. Y tiene un Plan para darnos la felicidad, un plan sin fisuras ni cabos sueltos. Y si no coincide con la realidad, tanto peor para la realidad.
Decía C. S. Lewis que “de todas las tiranías, la más opresiva quizá sea la tiranía sinceramente ejercida por el bien de sus víctimas”. Amén a eso. Y es exactamente lo que tenemos.
Pero, de verdad, aun así podría resignarme a la ola de desmanes y decadencia, tomármelo todo con filosofía, como una se toma un huracán o un terremoto, si se limitaran a darme órdenes, controlarme y empobrecerme. Sin sonreírme, sin obligarme al entusiasmo, sin exigirme “ilusión”, sin sermonearme.
Devuélvanme al déspota de toda la vida, al que se conformaba con que le obedeciera y pagase mis impuestos. Podía mandarme a galeras, pero al menos no pretendía que le diese las gracias por la experiencia ni me preguntaba después si estaba satisfecho con el servicio.