«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Diferencias culturales

17 de marzo de 2016

Resulta conveniente y sobre todo cómodo a la hora de explicar, condenar  o justificar determinados hechos o comportamientos de colectivos humanos, desde una óptica superficial sin entrar en la profundidad de las verdaderas causas de ese comportamiento, ya que probablemente, si entráramos a fondo en el tema, eso nos obligaría a replantear determinadas suposiciones aceptadas como universalmente correctas, y ello nos obligaría desde una óptica realista a reconsiderar la conveniencia o no de aceptar como indiscutibles muchos lugares comunes de la cultura políticamente correcta de la actual sociedad occidental.

Nadie puede justificar moralmente, si es que aceptamos una dimensión moral independiente del capricho del ser humano, el comportamiento de esos hinchas del equipo holandés de futbol que se divirtieron humillando a las mendigas gitano-rumanas, arrojándoles monedas como si fueran animales amaestrados ganándose la golosina de recompensa tras la gracia correspondiente. Tal conducta es reprobable e intolerable por lo que tiene de ofensa a la dignidad de la persona concreta, pero también al concepto del ser humano en general.

Sin embargo debemos ahondar más en la profunda explicación de esa conducta, que es consecuencia sin duda de algo más que un simple exceso de alcohol o a la brutalidad congénita del ser humano:   es reflejo de convicciones o criterios más profundas que subyacen en el subconsciente de las personas y que solo afloran en circunstancias extremas o en las que un individuo desinhibido manifiesta su verdadero ser.

No cabe duda de que Holanda es una de los países del mundo con mayor nivel cultural y de vida del mundo, en el que impera un modelo social de orden y disciplina colectiva, en el que cada ciudadano tiene unos derechos y unas obligaciones que debe cumplir a raja tabla, si es que desea convivir en el seno de dicha sociedad, donde el que se margina es moralmente excluido de la colectividad cual apestado. Obviamente hay personas rebeldes y asociales en el seno de la sociedad holandesa, pero son claramente una minoría, y no nos sirven de ejemplo, cuando estamos evaluando comportamientos colectivos.

Nos engaña el aparente nivel de extrema tolerancia aparente en su sociedad y la vigencia de determinadas prácticas que escandalizarían a otras sociedades europeas, desde la permisividad en materia de sustancias tóxicas y drogas, a la eutanasia, abortos o incluso la práctica pública de religiones satánicas, todo lo cual choca con una profunda raíz calvinista.

La determinación última del valor del ser humano y su clasificación en el plan de salvación divino. ¡No nos engañemos la predestinación es una vara de medir enormemente rigurosa! Más aún si la unimos a la manifestación de valor externo y riqueza como muestra del beneplácito divino…  La condena del fracasado, terrible axioma…

El trabajo se convierte en algo sagrado, en una obligación moral, la mendicidad es considerada como un gran pecado, y la pasividad ante los desafíos de la vida una debilidad intolerable. Se desprecia al marginado voluntario, al que no contribuye con su esfuerza al bien común.  Es una idea que está profundamente arraigada en la mentalidad de esos pueblos, aunque se resisten a confesarlo abiertamente, por no ser políticamente correcta hoy en día,  y es la que explica ese desprecio que sienten por personas como los gitanos-rumanos, que no nos engañemos, viven de la mendicidad como profesión, y curiosamente vimos como en sus declaraciones no se mostraron apenas indignados ni sintieron vergüenza en seguir recogiendo las dádivas humillantes.

La manifestación externa de dicho desprecio a ese tipo de ser humano  solo es visible, hoy en día, cuando pierden el control bajo los efectos del alcohol o se ven confrontados por conductas sociales a su alrededor que no se conforman al grupo, como vemos en el caso del rechazo colectivo a la entrada de emigrantes de países de culturas distintas y comportamientos sociales no aceptados por el dogma de su sociedad. No tiene nada que ver el sentimiento colectivo de estos pueblos nórdicos de raíz puritana, con lo declarado por sus políticos, de ahí el profundo malestar que se está generando en el centro de Europa.

   Quizá no sea políticamente correcto hablar de que debería buscarse una mayor sintonía entre las ideologías imperantes a nivel cúpulas y la realidad social subyacente, aunque ello suponga tener que aceptar una realidad que no resulte compatible con el discurso actual, pero ignorar lo que existe en realidad, en nombre de un ideal, es loable en ocasiones, pero muy peligroso socialmente, pues la masa se puede revolver contra esos dirigentes y acaba por caer en las redes de otros fanáticos que acaban buscando sacar partido de esos sentimientos,  sentimientos que mueven a los pueblos y que quedan reflejados precisamente en conductas como la escenificada en la Plaza Mayor de Madrid.

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