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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

El dilema de Jovellanos

24 de octubre de 2013

Gaspar Melchor de Jovellanos, probablemente la figura más noble que engendró la Ilustración española –Menéndez Pelayo lo calificó como “el alma más hermosa de la España moderna”–, continúa siendo un referente para aquellos liberales que procuran, al margen de cualquier extremismo, conciliar el ideal de progreso con la conservación de cuanto de válido o irrenunciable nos ha legado el pasado. Inevitablemente, al hablar de Jovellanos se nos viene a la memoria el célebre retrato sedente que de él pintara Goya en 1798 y que se puede contemplar en el Museo del Prado. Goya representa a su amigo en una postura que refleja a la vez la actitud melancólica del intelectual y la pesada carga del político. Pero, ¿cuál era la causa de ese abatimiento?

Jovellanos había iniciado su carrera pública en tiempos de Carlos III, gran impulsor de las reformas ilustradas del país. Mas, cuando le es ofrecido el puesto de ministro, reina en España el timorato Carlos IV, quien ha dejado el Gobierno del país en manos de un ambicioso Manuel Godoy. Éste ha sabido ganarse los favores regios por medio de lisonjas y falsas simpatías, lo que le reporta un meteórico ascenso, acompañado de todo tipo de títulos y honores que no guardan relación alguna con sus verdaderos méritos. Obviamente, a Jovellanos le repugna aquella Corte inmoral; rechaza el régimen por la corrupción nepotista que allí impera y por la vacuidad del valido que lo encabeza.

El dilema de Jovellanos se plantea, por lo tanto, tal que sigue: ¿es lícito colaborar con un régimen cuyas directrices y actuaciones no se comparten? Porque don Gaspar tiene claro que su empresa no está exenta de riesgo: o bien consigue limpiar, con su ejemplo, aquella Corte adulterada, o bien acaba sucumbiendo él mismo al sistema, asimilándose al régimen. Lo deja claro al anotar en su diario “¡Dichoso yo si vuelvo inocente!”. Establece entonces el sencillo principio que regirá toda su actividad política: “Haré el bien, evitaré el mal que pueda”. A la vez toma otra determinación fundamental: el régimen podrá resultar más fuerte que él, podrá incluso echarle con la misma facilidad con la que ahora le llama, pero no permitirá en ningún caso que le corrompa ni doblegue su rectitud moral. Con este código de valores, Jovellanos parte hacia Madrid.

Y, ciertamente, la primera impresión al llegar a la Corte no puede ser más desalentadora. Al día siguiente de su arribada, es invitado a comer a casa del todopoderoso Godoy, donde el asturiano, tan selecto en sus pensamientos como sencillo en sus costumbres, comienza a sufrir por dos causas: la primera, la vulgar ostentación de riqueza –tan propia de un advenedizo como Godoy, como contraria a la sobriedad y natural elegancia del jovino–; la segunda, la absoluta degeneración moral del favorito de los Reyes, que se manifiesta, entre otros extremos, en que Godoy sienta en su mesa tanto a su esposa como a su amante. “Este espectáculo acabó mi descontento. Mi alma no puede sufrirle. Ni comí, ni hablé ni pudo sosegar mi espíritu. Huí de allí…”, anota esa noche en su diario, y remata la entrada añadiendo: “A casa, en el colmo del abatimiento”. Años antes, Jovellanos ya había conocido el perfil de quienes eran encumbrados en la Corte: “Hombres no sólo iliteratos, sino faltos de toda clase de instrucción y conocimiento en todos los ramos, y aún de toda civilidad, sin que los altos empleos en los que se hallan pudieran cultivar la grosera rudeza de sus principios”.

Lógicamente, planteamientos tan dispares tienen que chocar, y así lo hacen. El resultado: Jovellanos sólo estará al frente del ministerio ocho meses, pues la camarilla intrigante consigue que sea cesado el 15 de agosto de 1798. Al poco, los nubarrones del expansionismo napoleónico comienzan a alcanzar los Pirineos, por lo que Godoy, en enero de 1801, decide encarcelar a Jovellanos, sin juicio previo, en Mallorca, en un vil gesto por congraciarse con el nuevo poder. Jovellanos aprovecha sus años de prisión, mientras que España avanza hacia la ruina, para leer todos los libros con los que se puede hacer y estudiar botánica. Y madura su carácter: da el decisivo paso de estoico a patriota.

En 1808, con la caída de Godoy a raíz del motín de Aranjuez, Jovellanos es puesto en libertad y requerido para incorporarse tanto al Gobierno de José Bonaparte –que sutilmente rechaza– como a la Asamblea de Cádiz, a la que sí se suma. Escribió entonces: “España no lidia por los Borbones ni por Fernando, lidia por sus propios derechos originales, sagrados, imprescriptibles, superiores e independientes de toda familia o dinastía. España lidia por su religión, por su Constitución, por sus leyes, sus costumbres, sus usos; en una palabra: por su libertad, que es la hipoteca de tantos y tan sagrados derechos”.

El ejemplo de Jovellanos nos enseña, que frente a la infinidad de excusas con las que se justifica sucumbir a las tentaciones del régimen de turno, sólo existe una razón –la integridad moral– para resistirse a ellas. Y que esta oposición merece la pena. Pues como ya afirmara Tácito: “La autoridad de los talentos perseguidos crece, y ni los reyes extranjeros ni los que procedieron con la misma saña lograron otra cosa que el deshonor para sí y la gloria para ellos”.

*Thomas Baumert es profesor de Economía Aplicada.

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