«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Sevilla, 1986. Periodista. Ahora en el Congreso.

Houellebecq, París, Southampton…

5 de junio de 2026

Cuando Europa camina con entusiasmo hacia un conflicto civil Houellebecq vuelve a abrir la boca, entre calada y calada, para lanzarnos este ultimátum:

Occidentales que queréis vivir, vuestro tiempo se acaba. / Pero aún podéis seguirme.

El genio francés mantiene intacta su capacidad de señalar la enfermedad que padece el viejo continente. Lleva décadas anunciando el derrumbe del progresismo que, nos guste o no, ha muerto de éxito. El mayo francés, la destrucción de la familia, el nihilismo, la islamización de Europa… y ahora la eutanasia. Todo ello está cosido por un hilo que ratifica, en su opinión, el principio de autodestrucción en la modernidad.

Es evidente que en Houellebecq late una pulsión por escandalizar, algo parecido a lo que Sánchez Dragó hizo toda su vida. Sin embargo, sabemos que nada irrita más que la verdad. El narrador de nuestra decadencia defiende la vida y ataca ese eufemismo que llama muerte digna a la eutanasia. Cree que el debate sobre el suicidio legalizado parte de una gran mentira: el manoseo de la palabra dignidad que se invoca continuamente y casi siempre de forma impropia. Sabemos que este incomprendido viene del futuro. La eutanasia en absoluto es progresista, es una solución del pasado, pues ahora somos capaces de combatir el dolor. Hay más señales que confirman nuestra voluntad de desaparecer. El descenso demográfico es un suicidio colectivo que apenas disimula nuestro deseo de autodestrucción. 

Mientras habla el profeta de la caída de Occidente las noticias parecen sacadas de cualquiera de sus novelas. Europa estornuda, tose, camina renqueante y apenas reprimimos nuestra lástima ante un continente secuestrado por una élite que planea su aniquilación. Nada lo evidencia mejor que el policía de Southampton que esposa y deja sin aire al joven Henry Nowak, cosido a puñaladas por un hindú. El agente se encuentra a un adolescente que agoniza en el suelo, pero no atiende a sus sentidos ni a su instinto policial, sino al lavado de un cerebro repleto de consignas antirracistas. Entre un extranjero que blande un cuchillo ensangrentado y un chaval a punto de morir, el policía cree la versión del agresor. El chico muere, qué más da, podría ser un potencial racista. 

Estamos ante un crimen de Estado con todas las letras. El Estado primero mete en el Reino Unido a millones de inmigrantes sin voluntad de integrarse. Después, ese mismo Estado alecciona a sus funcionarios que dejan de servir a los de casa para convertirse en agentes ideológicos cooperadores de la invasión. Los medios, comprados, convierten a la víctima en verdugo y viceversa. Desde la prensa inglesa hasta la española (ambas sirven al mismo amo) comprobamos que no hay nada más transversal que la degradación mediática. La Razón vomita un titular que nada tiene que envidiar a los que Gara dedicaba a las víctimas de ETA. «El asesinato racial convertido en munición para la ultraderecha británica».

Claro que los bárbaros no saquean Roma ni asaltan las murallas de Bizancio sin que antes ambas se hayan corrompido por dentro. Hordas de magrebíes y subsaharianos queman París y la prensa mamadora, borracha de eufemismos, acude al rescate. Son disturbios relacionados con el fútbol. Hay problemas sociales. El calor, el cambio climático. Mienten y saben que sabemos que mienten y aun así siguen adelante. Menos mal que tenemos imágenes, porque si no negarían que París era una fiesta cuando Francia ganó el Mundial en 1998. Los Campos Elíseos desbordados, sin incidentes, paradigma de una civilización que, alegre y despreocupada, no sabe que está a punto de perecer en manos del multiculturalismo.

Han pasado tres décadas y ahora Macron y Brigitte posan con el equipo nacional de fútbol en una escalera. Una placa reza «residencia del equipo de Francia» y pasará a la historia como pie de foto, aunque más que una foto es un cuadro, el retrato de una época, como el fotógrafo de la Casa Real retrató al régimen en las vías de Adamuz.

Reaparece Houellebecq para hablar de la eutanasia y conviene escucharle como casi nadie hizo el siglo pasado con el doctor Jerome Lejeune, padre de la genética moderna y descubridor del síndrome de Down, que advirtió que la calidad de una civilización se mide por el respeto hacia los más débiles. El cardenal Sarah lo dice con otras palabras: Europa parece estar programada para su autodestrucción. Para Houellebecq la dignidad no se pierde, sea cual sea el estado de salud de una persona. Otra cosa es dejar morir a un inocente que quiere vivir, como hizo el policía de Southampton.

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