El título del último libro de Iván Vélez, La democracia que nos hemos dado (Ediciones Encuentro), recoge con ironía la expresión tertuliana y política asociada al cadavérico régimen vigente.
Para Trevijano, la Transición realizó una síntesis política entre lo dado por la dictadura a la «conciencia ingenua del poder», y lo puesto de modo deliberado por la «conciencia reflexiva» de los hombres del Estado y de los partidos ilegales de la oposición. Lo primero cristalizó en el Consenso; lo segundo en la Constitución.
El análisis de Trevijano, profundo hasta lo psicológico, se queda no obstante en la relación de ejecutivo, legislativo y judicial, y esto, según Gustavo Bueno, es solo una capa de la sociedad política: la conjuntiva.
Aquí entra nuestro autor, Iván Velez, probablemente el buenista más inteligible, que ha analizado el contraste entre lo dado y lo puesto en las otras dos capas, la basal y la cortical, la base y la corteza del Estado.
A lo puesto y lo dado, el autor puede añadir lo condicionante, por haber estudiado bien (Nuestro Hombre en la CIA) la influencia del contexto histórico en el mundo cultural anterior a la Transición.
Con lo dado, lo puesto y lo condicionante, Vélez compara y anota evoluciones, cambios y continuidades en los distintos poderes: diplomático, militar, confederal, planificador, tributario…
Lo hace con su habitual elegancia y concisión expresiva, y una particular naturalidad. Vélez tiene algo de paradigma generacional. Es, para empezar, un señor de Cuenca, sin más fuero ante el otro que la nación; arquitecto de padre albañil, según le escuché contar una vez sin afectación alguna; ni puesto por el padre, por tanto, ni empeñado en matarlo; un hombre sin teatralidades ideológicas, nostálgicas o espirituales, que se queda en la lógica de las cosas; con las seriedades generacionales de los 90, el terrorismo y la desnacionalización, bien marcadas, pero también con el talante y espíritu bienhumorado de la época. Vélez es la Generación X defendiendo de forma articulada la nación política española.
No es casual que empiece su libro con el golpe catalán, de repente olvidado, y lo acabe con la amnistía a sus perpetradores. Como director de la Fundación DENAES, demuestra un fino olfato en el rastreo de lo unitario, por ejemplo, en la articulación regional de los planes de desarrollo, o en cierta territorialización progresiva del régimen de Franco, que la hubo.
Su conclusión es que la democracia, entendida como fundamentalismo e ideología, operó en favor del «desmantelamiento de la nación política española». En términos buenistas: se quebró la eutaxia.
Por eso, advierte, el proceso catalán y la amnistía y el conjunto de inercias asumidas en España y fuera de ella desde mucho antes de la muerte de Franco corroen las capas menos visibles de la sociedad política antes de llegar a lo evidente del poder, los partidos y sus clientelas. Triunfan incluso si fracasan y el siguiente golpe ya se está produciendo.