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Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.
Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.

Disconnecting people

3 de enero de 2023

Todo el mundo, o casi, formula el propósito de replantearse no tanto las grandes cuanto las pequeñas cosas de la propia vida al comenzar el año. Yo también. Incipit vita nova?, como pensó Dante tras cruzarse con Beatriz en el Ponte Vecchio de Florencia. ¡Hombre, no tanto!

Todo el mundo, o casi, se olvida de sus buenos propósitos a los pocos días de comenzar el año. Yo también.

No importa. De esa decisión habitualmente efímera hablaré hoy en esta columna, la primera que escribo un día después de que comience el año.

Estoy firmemente decidido a ir desconectando poco a poco todos mis enlaces con esos rumiantes implumes, monos lampiños y mamíferos depredadores que se disfrazan de seres humanos y por tales se depachan. Me aburren. Me asustan. Les tengo alergia. Me producen urticaria. Reconozco que mi estado de ánimo guarda relación con lo que he visto en las calles de Madrid durante los días navideños.

Todo el mundo, o casi, se olvida de sus buenos propósitos a los pocos días de comenzar el año. Yo también

Lo siento, pero quien a mi edad no acaba en brazos de la más desenfrenada misantropía es que ha vivido en vano y no ha entendido ni jota de lo que es la vida… Una broma que va en serio. Ya lo dijo Gil de Biedma.

Disconnecting people? Pues sí. Para empezar voy a bloquear mi teléfono veintitrés horas al día. ¿Cómo? Quizá siga el ejemplo que hace cosa de veinticinco años, quizá alguno más, poco antes de morir, me dio el inolvidable Felipe Mellizo.

¿Inolvidable? ¡Horror! Ya estoy pecando de optimismo, pues es seguro que mis no semejantes lo habrán olvidado, pese a que fue un buen escritor, un gran periodista y una excelente persona, tan extravagante como yo.

Felipe me contó, tras una noche de trueno, que él guardaba el teléfono en la nevera para no oírlo. Supongo que ya había móviles o, como mínimo, inalámbricos, porque en el interior de los frigoríficos no hay enchufes. Si los hubiera, saltarían los plomos, otro artilugio que ya no existe. Fue la última trinchera de las tareas viriles. Su Numancia, su Dien Bien Phu, su Álamo, su desfiladero de las Termópilas.

Excelente idea la de Mellizo. Yo, cargando la suerte, también voy a meter mi teléfono en el congelador y sólo lo rescataré desde las ocho hasta las nueve, cuando ya la tarde se vuelve noche.

Nunca he entendido por qué los ministros cesados (…) se quejan con explícita amargura de que sus teléfonos ya apenas suenan

Es un Nokia antediluviano que no admite, según creo, el trágala del guasáp. No es que suene mucho, pero cinco o seis veces al día su desagradable pitido desgarra mis tímpanos. A partir de ahora ya no lo hará.

Nunca he entendido por qué los ministros cesados o la gente importante que deja de serlo se quejan con explícita amargura de que sus teléfonos ya apenas suenan. A mí, eso, me parecería una bendición. 

Lo malo es que poniendo coto a los desmanes del dichoso Nokia no resuelvo el problema por completo. Desconectando ese bichejo voy a seguir conectado. ¡Ay de mí! Lo confieso: estoy cableado. Me muevo, no sin lógica torpeza, por una maraña de cables: los del ordenador, los de las lámparas, los del sillón de masajes, los de la tele, los del cargador de los audífonos que con escaso éxito estoy probando para ver si mantengo a raya mi incipiente dureza de oído, los de un reloj de pulsera que avisa a la Cruz Roja si me da un patatús… ¿Alguno más? Sí, claro, el del Nokia.

Me pregunto cómo he llegado a esta situación. ¿Yo, que detesto la tecnología, que estoy en guerra con la Araña (Internet), que nunca he entrado a sabiendas en una web, que no sé cómo se accede a you tube (¿se escribe así?), que nunca saco fotos ni hago vídeos, que no sé poner Netflix ni ninguna maldita serie, que nunca he recurrido a una aplicación ni a un código QR, que jamás he tenido una tablet ni un smartphone, qué ignoro para qué sirven los mil y un artilugios del salpicadero de mi coche, que descreo de la digitalización y del globalismo, y que odio con toda el alma que me queda la Inteligencia Artificial? ¿Será eso un delito?

Séalo o no, me declaro, como el protagonista de Las manos sucias, de Sartre (otro olvidado), no recuperable. Eso no es un propósito de Año Nuevo. Es un hecho. A Prometeo lo encadenaron los dioses. A mí me han enmarañado los demonios de la modernidad.

Dicho y hecho. La nevera también tiene cables. Más me vale colocar el teléfono bajo siete colchones, como si fuese la almendra de la princesita del cuento. Disconnecting people. El resto es silencio.

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