Se ha comentado mucho, y yo el primero, el discurso de las líneas rojas de Alberto Núñez Feijoo. Se las pone a un pacto de gobierno con Vox. He hablado ya de la admisión —por la puerta de atrás— del pacto necesario que tantísimo ha negado. También de su particular concepción del derecho a la vida, fundamental, oh, sí, mientras nadie quiera abortar. Y luego está toda la retahíla de hilos rojos: el presupuesto, las políticas de género, lo LGTB, las autonomías, las leyes vigentes…
Ahora quiero ir a una cosa mucho más elemental. ¿Por qué las líneas han de ser nada más que rojas? ¿No habría que aumentar la gama de colores, sobre todo si anhelamos una negociación exitosa, un proyecto ilusionante y un gobierno transformador?
Añadamos, para empezar, líneas azules y líneas verdes. Que no parezca que las rojas son precisamente las propias del PP. Asumo que le hago un favor a Feijoo proponiendo esto, porque Vox, aunque sin usar la expresión «líneas verdes», sí traza claramente las suyas. Me refiero a lo que cada partido quiere sacar adelante cuando llegue al poder. Queda muy cicatero exponer lo que uno bloquea antes de dejar claro lo que propone. Una mesa de negociación no puede parecer una mesa de ping-pong con una red roja: hacen falta más líneas y de colores más variados.
Pero hay un tercer color más urgente que los anteriores, porque no pertenece a ningún partido: el amarillo de los problemas comunes. Hablemos de las líneas amarillas. Serían aquellas reformas a las que cualquier español de bien se sabe moralmente obligado en las actuales circunstancias. España tiene encima varios problemas gravísimos. Para empezar a solucionarlos, bastaría con una concepción clara del lugar en que nos encontramos y un acuerdo firme sobre unas medidas imprescindibles.
Pienso en la debacle demográfica, que compromete nuestro futuro de forma angustiosa y que nadie afronta con seriedad. Tampoco es manca la deuda pública, que tiene más de un punto de contacto con nuestra despreocupación por un futuro negro. Si no va a haber españoles, ¿qué importa lo que se les deje a cuenta? Algo tan burdo podría ser el pensamiento subconsciente de nuestra clase política. Otro indicio de que el futuro se ha cerrado en nuestro debate público es la indiferencia por la cuestión educativa, donde hay mucho margen de mejora.
También tenemos carencias peligrosas en la política de defensa y en la de seguridad. Hay problemas de vivienda que empiezan a tener efectos paralizantes. Las infraestructuras y los servicios están agrietados tras años de mantenimiento insuficiente. Nuestro edificio constitucional amenaza ruina, como estamos viendo con tantísimo toqueteo del poder judicial por parte del Gobierno. ¿Cuándo vamos a garantizar de una vez la independencia del CGPJ?
Hay que despartidizar (digamos) este manojo de líneas amarillas. No se trata de sacarlas de la política, sino de elevarlas por encima del regateo partidista. Una manera de hacerlo sería encargar a expertos de reconocido prestigio el estudio de un plan de actuación en materias esenciales. Se evitaría el rifirrafe consustancial a una negociación política entre partidos legítimamente rivales y, además, se insuflaría un poco de auctoritas en un debate social atestado de potestas divergentes.
Aprovechemos que Feijoo ha sacado, tal vez precipitadamente, su manojo de vetos, y subamos la apuesta. Vox trazará, por elemental equidad, sus particulares trazos colorados, por supuesto. Y que ninguno de los dos se quede ahí: queremos ver las líneas azules, reafirmar las verdes, inventar líneas, no sé, burdeos y, sobre todo, asumir las amarillas que contengan los peligros amarillos.
Con más líneas y de muchísimos colores, las negociaciones serían más fáciles, más completas y más creíbles. Aspiraríamos a un programa y a un proyecto, no a un catálogo de prohibiciones.