«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Doctor en Estudios Literarios y profesor en la Universidad CEU Fernando III. Es autor de libros como 'Crónicas coreanas', 'Niños apocalípticos' o 'Cancerberos; teoría y sentimiento del portero de fútbol'.

Don Mariano

31 de enero de 2026

El último recuerdo que conservo de don Mariano es en la iglesia de Santo Domingo, al finalizar misa de once. Tras la homilía, bajando del atril, había perdido pie y sufrido una caída bastante fea, así que lo esperábamos frente a la sacristía para preguntarle cómo se encontraba. Avanzó hacia nosotros cogido del brazo de Aurelio. Había adelgazado mucho y su cuello emergía de la camisa negra como de un caparazón. Quitó importancia a nuestras preguntas con un gesto muy suyo, perentorio, capaz de hacerte sentir culpable por haberte preocupado. Acto seguido añadió que el problema no era la caída, sino que para ayudarle se había levantado una feligresa que estaba aún peor que él. Eso era lo grave.

Morir tarde, cuando toca, aunque preferible a morir cuando no, tiene el inconveniente de que te recordarán en la vejez, lejos de tu mejor perfil. Le pasó a Góngora, al que todos imaginamos según el retrato que Velázquez pintó cuando el poeta tenía ya un pie en la tumba y el gesto avinagrado por los muchos desengaños. Otros hay que viven lo suficiente para echar por tierra su reputación y convertirse en una versión grotesca de sí mismos. Desde luego no fue el caso de don Mariano. A sus 90 años seguía con el discernimiento fino y con esa capacidad suya casi sobrenatural para no decir tonterías. Aun en sus últimas homilías golpeaba duro y sin complacencias: nunca supo uno si cubrirse el mentón o los riñones. El único cambio era que se mostraba mucho más compasivo en el confesionario, y no creo que fuera cosa de la senilidad.

No fue don Mariano un hombre exactamente simpático. Sea por temperamento o porque procedía de Pasarón de la Vera, provincia de Cáceres, no encarnaba lo que solemos entender por un andaluz. Sin embargo, su austeridad sirvió a menudo para apaciguar unos ánimos aquí proclives al desmadre. Todavía se recuerda aquella tarde de Viernes Santo: ya de vuelta en el templo, con medio pueblo abarrotando la Victoria, los dos pasos de mayor devoción se demoraban entre saetas y levantás; el ambiente estaba electrificado por una emoción capaz de atraparnos en un torbellino de fervor y lanzarnos por los aires. Entonces don Mariano agarró el micrófono y ordenó: «¡Soltad ya a la Virgen! Esto no es una sala de conciertos». No era muy diplomático. Era veraz sin interrupción. Inasequible a las estafas intelectuales, suspicaz ante cualquier movimiento del Estado, demostraba en el trato directo, en cambio, una credulidad enternecedora. Nunca dudó de la palabra de nadie, fuera quien fuera, ni siquiera cuando a todas luces le estaban tomando el pelo que no tenía.

A causa de su tartamudez, estuvo a punto de abandonar el seminario. Como Moisés, se plantó ante el Señor para recordarle que era «tardo en el habla y torpe de lengua»; pero al Señor, como en el caso de Moisés, no pareció importarle. Desde que lo conocí al menos, tenía el asunto bastante controlado: alguna vocal díscola que, de repente, pugnaba por llevárselo en volandas. Él reaccionaba con prontitud, se sacudía la vocal de marras, le echaba una mirada de recriminación y seguía adelante.

Se ordenó en 1960, a las puertas de un Concilio Vaticano II que agitó la vida de la Iglesia tanto como la del propio don Mariano, entonces imbuido de los impulsos reformadores de cualquier joven de ley. A menudo contó cómo, embriagado por los vapores posconciliares, se mostró deseoso de aplicar las innovaciones sin demoras ni medias tintas, flirteó con la Teología de la Liberación e incluso tuvo un pie en el estribo para irse a Centroamérica. Pero se interpuso el Camino Neocatecumenal, gracias al cual descubrió que la lucha a la que Dios le convocaba no era política, sino que se libraba, silenciosa y decisiva, en el corazón de cada uno de los hombres.

Asistiendo a su funeral desde una capilla lateral de la que fue su parroquia a lo largo de casi cincuenta años, me vinieron a la mente las palabras de san Pablo a Timoteo: «He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe». Espero que en el trance le fuera devuelto algo del consuelo que él brindó durante tantos años como capellán del hospital. Mientras portaban su ataúd, justo antes de que prorrumpiéramos en aplausos ―aplausos que quizá él habría desaprobado―, recordé lo que había dicho en esta misma iglesia hacía unos meses, cuando confesó que su «plan» para la última hora era ponerse confiado en las manos de Jesús. No creo, ni quiero creer, que quedara defraudado.

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