«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Julián Montenegro no existe. Existe un hombre que firma así, y para una columna basta. Durante veinte años se ganó la vida en Buenos Aires escribiendo memorias de otros: empresarios retirados, un campeón wélter venido a menos, alguna viuda con archivo y rencor. Antes había hecho lo mismo en España, con la diferencia de que aquí sus clientes salían en los periódicos. Entre encargo y encargo hizo noches en la recepción de un hotel de la Avenida de Mayo, donde aprendió más de España que en España. En sus recuerdos, que nadie puede comprobar, hay un boxeador de Marsella, un farero portugués y un camarero de Valladolid que servía el vino como quien administra la extremaunción. Puede que alguno sea inventado. Él sostiene que eso no los hace menos ciertos. Ha vuelto a Madrid con dos maletas, una agenda llena de muertos y la intención de firmar por primera vez con un nombre. Este, que tampoco es el suyo.

Dos minutos de noche

11 de agosto de 2026

El otro día quise reservar una habitación en Soria para la noche del miércoles y la pantalla me devolvió una tarifa de novecientos euros, que es lo que llegué a pagar por quincenas enteras de hotel con desayuno, piscina y señora tocando el piano en el comedor. Lo comprobé dos veces, porque tengo el dedo torpe y la fe en el prójimo justa, y después leí que en Zaragoza una noche que valía cincuenta y tres euros se había puesto en cuatrocientos ochenta y uno. Todo aquello tenía una explicación superior: el miércoles, hacia las ocho menos cuarto de la tarde, la luna tapará el sol sobre una franja que cruza España de La Coruña a Palma, y será el primer eclipse total visto desde suelo peninsular en más de un siglo. El cosmos volvía, después de cien años largos, con recargo de temporada alta. Mi tacañería es anterior al sistema solar. Decidió ella.

El país llevaba semanas montando la función. La Guardia Civil anunció un despliegue de más de 24.000 agentes, que salen a más de doscientos guardias por cada segundo de oscuridad, una escolta que no tuvo el sol en toda su carrera. En Roda de Berà un particular alquilaba su balcón a mil euros por persona, en Salou había áticos a dos mil con la sombra incluida en el precio, y en las ópticas se iban agotando las gafas homologadas con la alegría con que otros agostos se agotó la horchata. Llegaban también los cazadores de eclipses, una tribu que persigue la sombra de la luna por el planeta como los fieles de una banda persiguen la gira, con sus trípodes, sus filtros y su contabilidad de totalidades vividas, y España se instaló en el papel que mejor domina, el de país de barra con vistas que, si el cielo da espectáculo, cobra la ventana.

A mi quinta los eclipses le llegaron siempre en parcial, que es como llegaba casi todo entonces. Recuerdo un patio de colegio con olor a tiza y a bocadillo, la maestra repartiendo el pánico por filas, «¡Ni se os ocurra mirarlo, que os quedáis ciegos!», y un tráfico clandestino de cristales ahumados con mechero y de radiografías veladas que iban de mano en mano como estampas de contrabando. Yo miré el sol a través de la clavícula rota del tío Andrés, que para algo tenía que servir el archivo familiar de huesos, y vi una galleta María a la que alguien había dado un bocado. La luz se puso rara, de bar a media tarde, los gorriones se equivocaron un rato y aquello fue todo. Nadie nos cobró nada. Tampoco había mucho que cobrar.

Los últimos españoles que vieron hacerse de noche en mitad del día llevaban sombrero de paja y se enteraron por el periódico, si se enteraron. El país cambió desde entonces de régimen, de moneda y de miedos, y el cielo siguió a lo suyo. El del miércoles será además un eclipse con el sol ya de retirada, muy bajo, cayendo hacia el horizonte, en Palma a dos grados escasos, y la totalidad durará en Burgos ciento cuatro segundos, menos de lo que dura un asalto de boxeo. Un siglo de espera para un combate que se resuelve antes del primer gong es un guion que ningún estudio habría comprado, pero el sol no negocia, hace su función una vez y se va, como los grandes.

En la cena expliqué el plan familiar: nada de hoteles, un cerro de secano cerca de casa, las gafas de cartón compradas a tiempo, agua y paciencia. Conté el prodigio como pude, la luna tapando el sol, las estrellas encendidas a las ocho menos cuarto, el fresco repentino, dos minutos de noche en mitad de la tarde. Los niños escucharon con esa seriedad de notario que ponen cuando algo les interesa de verdad, y el pequeño, que administra la lógica de esta casa, levantó el dedo y preguntó: «¿Y no lo pueden poner más rato?». Le dije que no, que esto no era una plataforma, que el universo estrena una sola vez y no repite. Se quedó pensando y dictaminó que entonces no entendía tanto lío. Yo tampoco, y ya ando mirando cerros.

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