Ahora que llegan los Reyes Magos de Oriente, satisfechas de sobra las necesidades personales y familiares, dan ganas de pedir un Donald Trump para cada nación en este 2026 y siguientes. Lo dice esto alguien, el que suscribe, que nunca tuvo mucha simpatía por el personaje pero que se ha ido rindiendo a la evidencia de los hechos; los «factos» que dice ahora la chavalería. En un mundo de pamplinas políticamente correctas y de insufrible tibieza, Trump se comporta como un gobernante de verdad las 24 horas del día, todos los días del año. Hasta el 25 de diciembre.
Además de la anécdota de hablar por teléfono con una niña de sus regalos navideños, y aprovechar para recordarle que el carbón es una fuente de energía limpia y sostenible, el presidente de Estados Unidos dedicó el pasado jueves a ordenar el bombardeo selectivo de fuerzas del Estado Islámico en Nigeria, donde venían masacrando a la población cristiana. Al contrario de lo que pasa en Europa con los políticos, Trump es de poquitas palabras pero hechos rotundos: «Tenéis hasta el día del nacimiento de Cristo para acabar con esa basura terrorista; si no lo hacéis vosotros, lo hago yo» (imagina uno que diría al presidente nigeriano). Y tal cual, oiga.
Esto es, sin duda, lo que más impresiona del mandatario norteamericano: la fuerza de sus actos y de sus decisiones, que nunca son retóricas ni de cara a la galería, sino que buscan restablecer lo que otros destrozaron anteriormente. Lo hemos visto también con los ataques a las narcolanchas que pretendían introducir droga venezolana en suelo americano: a Trump no le condicionan ni paralizan las opiniones ajenas, ni siquiera las de los grandes medios de comunicación (que siempre cojean del pie izquierdo). «Pim, pam, pum», y a hacer puñetas las narcolanchas y los criminales convictos que las conducían. ¿Cuántas vidas humanas se habrán salvado gracias a ello?
A Trump «le ha quitado» el Nobel de la Paz la gran María Corina Machado, que lo merecía tanto o más que él. Pero es bueno recordar que, en apenas un año desde que fue reelegido, el político republicano ha parado la guerra de Ucrania y sentado las bases para una paz definitiva en Oriente Medio. Pero además, ha puesto fin a las hostilidades crecientes entre la República del Congo y Ruanda (esas guerras africanas de las que no habla casi nadie, pero donde también mueren personas inocentes), ha mediado para una mejoría de las relaciones bilaterales entre India y Pakistán por un lado, y Armenia y Azerbaiyán por otro, evitando escaladas de tensión que pudieran derivar en conflictos armados. Lo mismo que en las siempre difíciles relaciones diplomáticas entre Israel e Irán. Trump es un bombero que inunda de agua todas las zonas donde hay rescoldos para que no vuelva a brotar el fuego destructor.
Es tal la autoridad moral que ha recuperado Trump para la causa patriota a nivel mundial que sus enemigos declarados se muestran cada vez más impotentes para poder desacreditar su acción de Gobierno. Tienen que recurrir a pequeños detalles de su estridente personalidad porque en los asuntos de fondo saben que no hay nada que hacer. El presidente estadounidense se ha atrevido incluso a desafiar a las grandes farmacéuticas, dueñas de los fondos de inversión más poderosos del mundo, en el tema del autismo o de las vacunas. No hay statu quo progre que Trump no se atreva a finiquitar, siempre que le asista la razón o crea tener herramientas suficientes para hacerlo. No le detienen ni el qué dirán, ni el miedo al fracaso, ni la disidencia interna (si la hubiese).
Por eso, creo que 2025 ha sido, sin duda alguna, el año de Trump, y que si este hombre tuviese cincuenta años y no 79, el mundo libre podría respirar tranquilo durante bastante tiempo. Argentina, Ecuador, Chile y Honduras han recuperado la soberanía, arrancada de las garras del marxismo, gracias (en buena medida) a la influencia de la victoria republicana en Norteamérica. Solamente la vieja Europa, cada día más desnortada y envilecida por sus burócratas corruptos, trata a Trump con el desdén propio de la impotencia y del fracaso colectivo. Esperemos que 2026 ponga fin a ese dislate y podamos recobrar aquí también la senda del sentido común y de la política real.