Hay algo terrible en acostumbrarse a que las cosas funcionen mal. Hay algo terrible en acostumbrarse a ver otra vez tantas vidas inocentes segadas por un accidente sí, pero en un contexto donde la responsabilidad política debería ser ineludible, y más aún porque el debate sobre el estado de las infraestructuras ha estado sobre la mesa, como mínimo, desde Adamuz, todos y cada uno de los días hasta este nuevo desastre. Y una vez más, el Gobierno se niega a asumir esa responsabilidad y practica el lanzamiento de balones fuera con una frialdad que asusta, viendo a tantas familias destrozadas por el dolor. Asusta porque da igual que sea Puente, Robles, o Marlaska, todo es Sánchez en el sanchismo.
Tal y como se organiza el Ejecutivo en España, los gobiernos tienden a exhibir la personalidad de su presidente hasta en los más pequeños detalles. No es que los ministros sean irrelevantes, que los hemos tenido increíblemente incompetentes, pero la forma de hacer política y de gobernar del jefe termina traspasando a todos los miembros del gabinete y a los altos cargos del Gobierno. Pienso en González, en Zapatero o en Rajoy. Hay algo de todos ellos en cada uno de sus ministros, algo más que afinidad o las ideas.
El Gobierno de Sánchez no sólo no es una excepción en esto, sino que su vileza, de sobra contrastada, se contagia a cada extremo del gabinete tal vez un modo tan intenso que no es fácil encontrar precedentes. Todas las competencias del Gobierno, durante estos ocho años, han estado en las manos directas de Sánchez, o en su defecto, que a menudo es aún peor, en pequeñas réplicas sanchistas, que lo gozan además exhibiendo las maneras del líder para enturbiarlo todo, para engañar, o para dividir a los españoles en toda circunstancia. Para colmo, la mayoría de ellos, también a imagen del presidente, nunca han sido el lápiz más afilado del estuche.
Nos miran con asombro desde fuera porque, una vez más, en apariencia, creen que una gran tragedia no ha servido para unir a los españoles sino para encarnizar la contienda política. No es exactamente así. En las últimas horas miles de españoles se han comportado con la grandeza que corresponde a la historia de esta nación, unidos en el dolor con las víctimas, e incluso aportando generosamente lo que han podido, desde primeros auxilios, hasta donaciones de sangre, o consuelo y oraciones a las familias.
Lo que no se nos puede exigir, a estas alturas de la anomalía democrática que es el sanchismo, es que cerremos filas en torno a un Gobierno que en ningún momento desde 2018 ha dado la más mínima muestra de estar al servicio de los ciudadanos, ni de respetar las instituciones que garantizan la limpieza del juego democrático, ni de buscar la cohesión nacional, ni de preocuparse lo más mínimo por la seguridad y el bienestar de los españoles. Todo lo que saben del bien común es que también puede ser particular.
Este Gobierno está dejando morir a España en todos los frentes, y la sucesión de desastres ferroviarios, como el carajal en que han convertido la red de carreteras, es una muestra más de ese extraño rencor que Sánchez siente hacia los españoles, a los que desprecia tan intensamente que ni siquiera es capaz de disimularlo, por más que han invertido horas y dinero en intentar transformar a un presidente insensible en algo parecido a un hombre empático, sin ningún resultado. No hay un solo ministro sanchista que no haya mostrado su peor versión tras entrar en este Gobierno.
Sánchez y Puente deberían dar un montón de explicaciones antes de que los españoles acudan a las urnas. No lo harán. Y si las dan, tendrán truco, o serán mentira, porque ya ha pasado anteriormente. Entretanto, todo lo que podemos pedir a los españoles de bien es que no se acostumbren al desastre, a los terribles servicios públicos, a la mentira de los gobernantes, al desfilar periódico de víctimas inocentes a las que el sistema les ha fallado en lo más elemental, en lo primero por lo que los españoles acudimos cíclicamente a pagar impuestos —tantísimos y tan estúpidos impuestos—, que es nuestra seguridad, que debería estar garantizada al menos tanto como, con los recursos disponibles, puede garantizarse. Es decir, infinitamente más de lo que Sánchez está haciendo a día de hoy.