«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

El canto de un duro

8 de octubre de 2025

Me subleva que todo lo que no está prohibido sea obligatorio. No queda apenas margen para la acción libre, y el que hay, se estrecha por momentos. De Inglaterra nos llegan imágenes tremendas de gente multada o detenida por ondear su bandera nacional, por rezar en silencio o por pescar. Aquí nos aproximamos a la paranoia británica a pasos miméticos y agigantados con la China distópica en el horizonte.

Lejos de mí desanimar al compromiso político, que es muy necesario; pero, a la vez, cabe una resistencia de microquintacolumnismo contra la asfixia normativa. Hay que echar granitos de arena a las ruedas de la maquinaria. Recordar a Libertad, la amiguita de Mafalda, saltando frenéticamente en el césped de un parque y suspirando a la vez: «Malditas ganas tenía de saltar, pero vi el letrero de «prohibido pisar el césped» y ya no me pude reprimir».

Nos jugamos la defensa de nuestro señorío. Que sólo puede ejercerse cuando tenemos libertad suficiente. No para hacer el anarquista, sino para someternos a las leyes de nuestros compromisos, de nuestra voluntad, de nuestros deberes personales y de nuestros privilegios. Privilegios en el sentido etimológico de leyes privadas que nos hemos dado en nuestro interior o en familia o en el grupo de amigos. Es conocida la historia del sastre que ha ido a casa de un gran señor a cobrar un recibo y éste le da largas desdeñosas. En ese momento llega un criado de otro señor a cobrar una deuda de juego, que se le paga inmediatamente. Entonces el sastre, indignado, pregunta el motivo. Y el señor le explica que él viene con un recibo firmado, pero que a la deuda de juego sólo le obliga su palabra de caballero. El sastre, que no tenía un hilo de tonto, entiende. Se va a la chimenea y arroja al fuego la factura. El gran señor hace una reverencia de admiración al costurero y le paga sin dudarlo su deuda hasta el último céntimo. Hemos de sentirnos más obligados a lo que no nos impone un decreto-ley y el guardia de la porra, sino nuestra sola conciencia. 

Cuando Jesús tuvo ese golpe de genio de decirle a los fariseos falsarios que había que dar al César lo que es del César, pues su esfinge fulgía en la moneda, y a Dios lo que es de Dios, pues su imagen es nuestro modelo, instauró la fructífera y tensa convivencia de los dos poderes, las dos espadas, la autonomía del poder civil y la independencia del poder religioso. Yo, además, no me olvido del canto de aquel duro o denario. Cara, cruz y, ojo, canto. En éste estriba lo que nos debemos a nuestro honor, a la poesía (el canto) y a nuestro capricho. A Dios lo que es de Dios, lo primero; al César —qué remedio— lo suyo; y el canto, oh, hay que dejar que la moneda ruede y se voltee sobre el canto, que es lo nuestro. Justo con un canto, esta vez de río, David tuvo otro golpe: el que dejó claro a Goliat y a los ejércitos filisteos la independencia del pueblo judío.

A veces nos lamentamos de la falta de autonomía de las familias y de la falta de autoridad paterna, y no caemos en la cuenta de que nuestros hijos pueden vernos como cadenas de transmisión de las meticulosas normas del Estado. No se puede uno mojar los labios en el vino, como siempre se hizo, hasta los dieciocho años (¡ja!), no se pueden tener gallinas, no se puede tal, no se puede cual (lo dejo indeterminado no porque no se me ocurran ejemplos, claro). Y así nuestros niños nos perciben, más que como padres, como probos funcionarios o bovinos súbditos del Estado Total. Hemos de alzarnos como señores de la casa, esto es, de la baronía independiente de nuestra casa.

Es más importante la libertad interior y el señorío de nuestro ánimo, ya, pero hay que gastar mucho cuidado con los espiritismos. Si de verdad somos libres en el interior, se tiene que notar por fuera por fuerza. Hemos de hacer de nuestra capa un sayo en muchos y pequeños acontecimientos del día a día. Pisar el césped, cruzar la calle, brindar, decir, reír, cantar… ustedes ya me entienden. La libertad es de quien se la toma. Y últimamente sólo los esforzados la arrebatan.

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