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Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.
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Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.

El cuento de nunca acabar

Habla ese cuento de España, aunque su fórmula es universal y puede aplicarse a otros países, y empezó…

Cualquiera sabe. Quizá cuando la Atlántida se fue a pique, o cuando Gárgoris y Habis, nuestros héroes genesíacos, fundaron Iberia y, con ella, la Iberosfera, o cuando Hércules, en Tartessos, corrió el encierro de los toros coloraos de Gerión, o cuando los cartagineses convirtieron la Península en secular escenario de su enfrentamiento a Roma, o cuando el caudillo Aníbal cruzó los Pirineos con una caballería de elefantes, o cuando Sertorio se apoyó en las tribus ibéricas para oponerse a Sila, o cuando Roland, el de la Chanson, la emprendió a mandobles y a resoplidos de olifante con la morisma en Roncesvalles, o cuando Carlos Martel frenó en Poitiers con el facsímil del lábaro de Constantino el belicoso subidón de los sarracenos…

Dimmi quando e quando e quando, rezaba el estribillo de la copla que fue partitura de la película Il sorpasso. Es, más o menos, lo mismo que yo me estoy preguntando, perplejo (o no), a cuento del origen de ese cuento de nunca acabar al que en el título de esta columna hago referencia. Hace una semana asistimos, de ahí mi relativa perplejidad, a la enésima escenificación en la españolísima ciudad de Ceuta de algo que venía sucediendo aledaños de esa zona desde mucho antes de que las tribus rifeñas invadiesen España, pero que alcanzó su primer punto culminante cuando el conde don Julián, alcaide del enclave, que entonces se llamaba Septa, permitió ‒era, avant la lettre, un buenista‒ que los taimados vecinos de allende la frontera buscaran techo, lecho, pan y alminares en la ciudad que regentaba y brindó luego una cabeza de puente para que un puñado de yihadistas capitaneados por Abd el-Krim, digo, Tariq, alcanzaran la orilla de la futura Al-Ándalus por el coladero del Estrecho. 

Fue entonces cuando echó raíces el dictum de que África empieza en los Pirineos. Nadie, que yo sepa, sabe cuando esa certera y malévola definición cuajó en palabras, pero su evidencia, apabullante, venía, como ya he dicho, de la noche de los tiempos. El maestro Curro Romero la remachó, cargando la suerte, como solía, cuando dijo que Europa empieza en Despeñaperros… Tanto monta. Palmo más o palmo menos de tierra, el espíritu del dictum se mantiene.

Don Rodrigo no supo defender sus fronteras. El Gobierno de Sánchez tampoco sabe. Peor aún: no quiere y, seguramente, no puede

África siempre ha sido, y sigue siendo, especialmente en lo que a la zona subsahariana se refiere, un continente tribal. Tribal es, así mismo, por su pedigrí africano, nuestra nación. Para comprobarlo, si eso fuera menester, basta con echar un vistazo a lo que ha dado en llamarse España Vaciada. Yo la conozco bien. Berlanga tenía razón: Villanueva de Arriba frente a Villanueva de Abajo, por así decir. «Aquí pasó lo de siempre», versificó Lorca: «murieron cuatro romanos y cinco cartagineses». Lo hacía en el contexto de una reyerta entre gitanos y payos, pero da igual, pues españoles eran los unos y los otros. La España de las Autonomías es fruto tardío del mismo Árbol del Mal: el del tribalismo, el de los Taifas, el de las razias… 

¿Cuento de nunca acabar? Lo que está sucediendo en Ceuta y pronto sucederá en Melilla y acaso en las Canarias, es una secuela de lo que pasó en el Guadalete, o en Barbate, o en los esteros de la Janda, allá por el 718. Don Rodrigo no supo defender sus fronteras. El Gobierno de Sánchez tampoco sabe. Peor aún: no quiere y, seguramente, no puede. Alfonso XIII quería, pero no sabía ni podía, y llegó, hace exactamente cien años, Annual, y pasó lo que pasó. Veintitrés años antes, en 1898, se produjo otro Desastre: el de Cuba y Filipinas. Así andamos: de oca en oca, de desastre en desastre, escritos con mayúscula… El cuento de nunca acabar. Una maldición de vitola bíblica: la que se transmite de generación en generación. ¿Nunca podremos, ni querremos, ni sabremos conjurarla? Sólo Vox alza la voz. Álcela también en el dictáfono de las urnas el resto del país. La historia, dijo Heródoto, es maestra de la vida. Lo es, sí, pero también de la historia venidera, mordiéndose la cola como el uróboros de los alquimistas, pues los pueblos que no recuerdan la que ya pasó, dijo el filósofo español y profesor de Harvard Santayana, tendrán que repetirla.

Era, cierto, una obviedad, pero ¿es acaso menos obvio lo que pasa ahora? Del Estado de Alarma hemos pasado al Estado de Emergencia. Mal asunto. Para hacer frente al primero se necesitaba un comité de expertos sanitarios que nunca existió. Para plantar cara al segundo se necesita un comité de historiadores no sujetos a la infame Ley de Memoria Histórica. 

¿Los hay?  

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