Se ha generado un cierto debate en los medios a propósito de la renuncia de Noelia Núñez (el nuevo mirlo blanco pepero, apresuradamente defenestrado) después de conocerse que falseó su C.V.; o, por atenernos a las explicaciones dadas por la interesada, que cometió «un error» en la información que ella facilitó al antiguamente llamado «Congreso de los Diputados», hoy ya solamente «Congreso» (para no contribuir al machismo opresor de sus señorías). En todo caso, Núñez ha sido contratada ya como todóloga en un programa de TV del bipartidismo; lo bueno de tener un currículum falso es que puedes hablar de cualquier tema, y en todos tendrás razón.
Más allá de lo que políticamente puede suponer la dimisión de quien fuera Vicesecretaria general de Movilización y Reto Digital del PP, ha habido numerosas reacciones a esta noticia, la mayoría de ellas de mentirosos compulsivos proclamando solemnemente que «no se puede mentir en política» (La Chelito dando lecciones de castidad). Lo cual, en realidad, es cierto; pero si, por ejemplo, se decidiera imponer el sedevacantismo en los gobiernos presididos por embusteros, España llevaría en sede vacante varios lustros. Y no digo cuántos.
El caso es que ha hecho unas declaraciones en la Cadena Ser la siempre lúcida vicepresidenta del Ejecutivo, Yolanda Díaz, elevando (como es frecuente en ella) el nivel intelectual de este debate público. Preguntada por el asunto de Noelia Núñez, afirmó que era un debate «de clase» (social, suponemos), para después añadir: «A mí me encantaría que pudiésemos tener, por ejemplo, una ministra que fuese limpiadora, o un ministro que fuera albañil…» Con ese parpadeo rápido, con media sonrisa sostenida, que hacen los políticos cuando piensan en los posibles votantes que les están escuchando.
«Me van a votar todas las limpiadoras y todos los albañiles», pensaría esa mente privilegiada. Y puede que tenga razón. Pero como ella misma dijo al principio de esa entrevista, «mentir en política está mal». Y cuando España fue la octava potencia económica del planeta, sus ministros eran los más preparados y trabajadores, pero además los más patriotas y los más honrados, porque tenían muy claro lo que es el servicio público. Ninguno necesitaba ir a la política a llevárselo crudo porque se podían ganar maravillosamente bien la vida en sus respectivas profesiones.
«¿Quiere eso decir —se preguntará alguno— que una limpiadora o un albañil no pueden ser ministros?». Pues mire, depende. Si adquieren los conocimientos y habilidades necesarios para gestionar correctamente la materia en cuestión, por supuesto que sí. Pero la comunista Yolanda no está pensando precisamente en ese tipo de perfil; los ministros que ella quiere son mayormente los émulos del Frente Popular, es decir, milicianos cuyo objetivo principal no es fortalecer la nación, sino destruirla; no es honrar a la Patria, sino hacerla desaparecer. No son limpiadoras ni albañiles los que quiere ver Yolanda en el poder, sino imitadores de Largo Caballero y de la Pasionaria (en breve, con retrato en el Congreso).
Por eso, es triste ver cómo se ha degradado el perfil del servidor público, y no precisamente porque a muchos les falten licenciaturas. Lo que debe tener un diputado o un ministro es, primero, integridad moral; segundo, un ardiente patriotismo; y tercero, un sentido de la responsabilidad que le permita combinar sus conocimientos y su esfuerzo para servir mejor a los ciudadanos. Nada de «limpiadoras y albañiles», demagoga de vía estrecha. Hombres y mujeres con el alma llena de amor a España, no con la mezquindad ruin de la vesania marxista.