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Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.
Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.

El español y el inglés

18 de noviembre de 2020

No me refiero a dos personas arquetípicas, sino a dos lenguas de comunicación internacional. Son las que más se aprenden en el mundo por quienes no las poseen como familiares. Esa estadística es más válida que la del número de hablantes.

El inglés, sobre todo, se ha convertido en la lingua franca del mundo. Ocupa una posición parecida a la del latín hace dos mil años en el vasto imperio romano, y luego, durante siglos, en toda Europa para las clases ilustradas. Lo interesante, ahora, es que, detrás del inglés como primera lengua de comunicación internacional, viene el español, solo que a gran distancia. Tal preeminencia no debe ocultar el hecho de que, en el mundo, se hablan varios miles de lenguas, muchas más que naciones.

Procede la comparación entre el inglés y el español según algunos de sus rasgos léxicos o sociales. Por ejemplo, el inglés ubicuo presenta grandes variaciones geográficas, incluso si nos referimos solo a las clases ilustradas. Es una situación parecida a la del latín vulgar durante los largos siglos de decadencia del imperio romano. En cambio, si nos atenemos al estrato de las clases escolarizadas, el español presenta en el mundo escasas variaciones geográficas. Es lógico que el inglés manifieste una gran diversidad idiomática, pero también se puede morir de éxito. En unos pocos decenios la lengua inglesa se habrá diversificado en otras tantas, algo así como, le ocurrió al latín hace quince siglos.

El trabajo de las distintas Academias es un buen ejemplo de cooperación internacional sin que intervengan los Gobiernos respectivos

El castellano, frente a las otras lenguas romances de la antigua Hispania, es un idioma fonéticamente muy claro, con solo cinco vocales (como el vascuence), un rasgo más bien raro en el panorama de las lenguas del mundo. Una peculiaridad tal llevó a que se impusiera, de forma natural, en la Edad Media, por encima de los otros romances, todos ellos con más sonidos vocálicos. El español es un idioma que se aprende con toda facilidad por los hablantes foráneos, algo que siempre maravilla a los hispanohablantes.

El inglés, aparte de sus variaciones geográficas, no es una lengua con tanta claridad fonética. La prueba es que, en las conversaciones entre anglohablantes, son continuas las preguntas: “Usted perdone, no le he entendido”, “¿podría deletrear lo que acaba de decir?”, “¿me entiende?”, “¿de qué estamos hablando?”, ¿puede repetir?”, etc. En el inglés conversacional se repite mucho la introducción de “Quiero decir…”. Son frases hechas que raras veces apuntan en una conversación entre hispanohablantes. Los cuales ni siquiera saben deletrear bien su apellido, algo que se convierte en un nuevo hábito necesario para los hispanohablantes que se muevan en un territorio de dominio lingüístico anglicano.

La función fijadora del idioma por parte de las Academias del orbe hispano corresponde, en los países anglicanos, a los medios de comunicación

Con independencia de lo anterior, el español escrito tolera mal las repeticiones y las rimas, cosa que en inglés importa mucho menos. Es una consecuencia de una cierta monotonía en las terminaciones de las voces en español. La cual se hace insufrible cuando se emiten frases largas, floridas.

Las expresiones verbales en inglés son bastante premiosas. Exigen que se haga explícito el pronombre como sujeto de la acción. Por ejemplo, I think (“yo opino”). Además, el “yo” se escribe (y casi se puede decir, se pronuncia) con mayúscula, lo que confiere al discurso angloparlante un tono “yoísta” muy particular. Es español no se da tal cosa; el pronombre es prescindible, ya que las desinencias de los tiempos verbales varían según sea el sujeto implícito de la acción: “yo opino, tú opinas, etc.”. Pero se puede decir, tranquilamente, “opino, opinas, etc.”, y todos se entienden. Lo malo de los verbos españoles es el modo subjuntivo, que, de todas formas, los hispanohablantes lo emplean cada vez menos.

Una de las ventajas para la claridad expositiva del español es que, en la veintena de países donde es oficial o común, existe una Academia para fijar el idioma. El trabajo de las distintas Academias es un buen ejemplo de cooperación internacional sin que intervengan los Gobiernos respectivos; se ha mantenido siempre con prescindencia de los regímenes políticos de uno u otro país. En el mundo angloparlante no existe nada de eso. La función fijadora del idioma por parte de las Academias del orbe hispano corresponde, en los países anglicanos, a los medios de comunicación. Es evidente que no puede ser tan efectiva. 

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