Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

El esperpento: Sánchez contra Trump

Hay que reconocérselo. Es experto en luchar contra los que no están. Ha pisoteado febrilmente la sangre de todos los asesinados por ETA pactando con Bildu, eso que dijo que nunca haría, como aliarse con los comunistas. Robó a Rajoy la presidencia del Gobierno sin enfrentarse con él en las urnas, a través de la gesta democrática de una moción de censura armada sobre un puñado de mentiras, otro de demagogia, y en contubernio con todos los enemigos de España. Y no olvidemos cómo fue capaz de ganarle la batalla de las tumbas a Franco, en una pugna a cara de perro que los socialistas creyeron heroica, si pasamos por alto el detalle de que el agraviado llevaba 44 años muerto. Sánchez es implacable con los cadáveres.

Quizá alguno de sus setenta millones de asesores debería pasarle una nota: “presidente, Trump aún no ha muerto”

Ahora el baladrón de La Moncloa ha olfateado en la confusa prensa española la sangre fresca de Donald Trump y le ha salido el corral de gallos que lleva bajo el pecho, para cacarear con ostentación y festejar que la “política plagada de falsedades y de fake news ha encontrado en Estados Unidos una derrota estrepitosa”. Quizá alguno de sus setenta millones de asesores debería pasarle una nota: “presidente, Trump aún no ha muerto”. Palidecería Su Persona entera nada más leerla. 

Como todos los fanfarrones, Sánchez es un tipo miedoso, inseguro y cobarde. En 2016, tras ser expulsado de la secretaría general por su propio partido, dijo en Twitter que “la victoria de Trump representa la victoria de la antipolítica”, pero el comentario parecía más bien el desahogo del aburrimiento de un desempleado que una convicción. En esa misma etapa de derrota estrepitosa, tras su salida de la dirección del PSOE, y probablemente mientras se excedía con el vino y la cerveza en casa en compañía de los amigotes, también se animó a enviar un provocador tuit a Trump que pasó tan inadvertido como el conjunto del personaje entonces: “Mr. Trump, believe me, the safest way to win wars is not starting any. Leave the world in peace. Thank you”. Al tuit le falta el “¡sujétame el cubata!”. Lo que no he encontrado en su cuenta de Twitter es la felicitación al presidente de Estados Unidos por haberle hecho en este aspecto bélico bastante más caso que su ídolo Barack Obama. 

Es más probable que Trump no invitara a Sánchez a una fiesta de cumpleaños por ser incapaz de recordar su nombre que por tenerlo en la lista de enemigos

Sin embargo, a la hora de la verdad, durante el mandato de Trump, el presidente español se ha cuidado de elevar cualquier crítica al presidente americano, más aún desde que éste le mandó sentar en la cumbre del G-20 con el mismo gesto de desinterés con el que el Tío Gilito arroja algo de calderilla al Pato Donald en pago por algún esfuerzo sobrehumano. En lo puramente estratégico, Exteriores ha propiciado algún que otro torpe y tímido enfrentamiento con la Casa Blanca y, en general, a Estados Unidos no le gusta nada la política de Sánchez en cuanto a Venezuela, ni que haya abierto la puerta del gobierno a los comunistas, ni episodios lamentables como aquella infantil retirada de la fragata Méndez Núñez del grupo de combate dirigido por la US Navy el pasado año. Con todo, es más probable que Trump no invitara a Sánchez a una fiesta de cumpleaños por ser incapaz de recordar su nombre que por tenerlo en la lista de enemigos.

Pero ahora, leyendo la misma prensa que lleva dando por muerto a Trump desde 2016, Sánchez se ha convencido de que el líder republicano ya es un cadáver político, y se ha lanzado a vociferar cosas progres vaticinando a la derecha española la misma “derrota estrepitosa”. Ocurre que la derrota no es derrota, por el momento. Que el presidente sigue siendo Donald Trump. Que nadie, salvo los periodistas, han declarado a Joe Biden vencedor oficial de las elecciones y que el conjunto de pufos e irregularidades que se han producido antes, durante y después de los comicios americanos debe ser investigado a conciencia antes de que Sánchez pueda utilizar el asunto para chulearse en el Senado. 

Lo que de verdad achica al matón, lo que corroe de ansiedad al macarra de La Moncloa, lo que le hace temblar y le obliga a guardar la cabeza en el agujero, son los vivos

Por supuesto, el líder del PSOE no sería Su Persona sin su particular romance con la mentira, de ahí que califique de “estrepitosa” una derrota que, de serlo, en el más optimista de los sueños demócratas sería tan solo pírrica, que no ha quedado ni rastro de aquel levantamiento multitudinario de la izquierda contra Trump que los medios del establishment han creído anunciar durante meses, cuando tan solo lo estaban deseando. 

Supongo que Sánchez se ha lanzado a pisotear a Trump en sede parlamentaria solo porque cree que ha muerto políticamente. Y no hay muerto que no le envalentone. Porque lo que de verdad achica al matón, lo que corroe de ansiedad al macarra de La Moncloa, lo que le hace temblar y le obliga a guardar la cabeza en el agujero, son los vivos, esos seres hostiles e indóciles, capaces de sostenerle la mirada para decirle a la cara que es un impostor, un farsante, y un tipo que cuando dice, como esta semana, que le “gusta la literatura esperpéntica”, al instante toda España -incluidos los suyos- sabe perfectamente que jamás, en ningún momento, y bajo ninguna circunstancia, se ha acercado siquiera a dos metros de cualquiera de las obras de Valle-Inclán, y que, en definitiva, ha estado tan cerca de Luces de bohemia como de su tesis. 

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