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Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

El ethos federal

17 de enero de 2024

Ayer se pudo leer uno de los artículos más escandalosos de los últimos tiempos. Venía firmado por doña Victoria Camps, filósofa, poca broma, y miembro del Consejo de Estado, en una Tercera de Abc. No era cualquier cosa.

El artículo comenzaba declarando el éxito del Estado de las Autonomías. No ha sido un error. Ha sido un éxito. Pero a pesar de haber sido un éxito hay que cambiarlo, que es algo que se dice mucho. En este caso, el éxito toca a su fin por la aparición del «conflicto territorial». ¿Qué es eso? ¿Lucha de placas tectónicas? ¿Una guerra entre policías autonómicas? No se nos dice. Solo se deja caer que hay dos partes enfrentadas, con «posiciones extremistas» y que el asunto «merece ser abordado con voluntad sincera», frase temible, de las de agarrarse la cartera, a través de un «pacto» que sea un «término medio», y un «templar los ánimos», pero también, y sin más explicación, un avance hacia «un modelo más federalizante». O sea, hay que buscar un pacto que huya de los extremos pero por el lado de federalizar. Camps es filósofa, y a lo mejor nos cuesta, pero creo que vamos entendiendo…

Victoria Camps logra ofrecernos, y es de agradecer, una definición técnica de lo que sería ese Estado, digamos, posautonómico hacia el que vamos: «Los Estados plurales de estructura federal mantienen la unidad estatal y las diferencias territoriales sin llegar a consensos definitivos; son procesos dinámicos que (…) revisan constantemente sus acuerdos», acuerdos que, en todo caso, pasan por un «nuevo modelo de financiación» y un mejor «encaje interterritorial». Se alcanzaría por tanto un consenso nunca definitivo, siempre sin cerrar, siempre abierto, un consenso dinámico y a la vez inalcanzable. Seremos Coyote detrás de Consenso-Correcaminos.

Fijémonos en que la señora Camps no lo llama Estado federal sin más. Habla solo de «estructuras federales». Ahí viene el segundo paso de su recomendación. Quizás haya que renunciar a la palabra «federal», porque «todavía asusta a ciertas mentes» (es decir, estructuras cerebrales aun no preparadas), para lo cual propone huir del concepto e ir a los «hechos», y cita aquí a Raimon Obiols, del PSC, y su «federalisme del fets», un federalismo de los hechos (consumados) que no se entretenga en discusiones conceptuales. Que vaya haciendo. Aquí Camps logra una cumbre de la prosa política española contemporánea: «Si federar el Estado español es un proceso abierto, qué necesidad hay de predeterminar en qué momento convertimos el Estado de las autonomías en un modelo distinto». Claro que sí: qué necesidad. Huyamos del concepto, huyamos del hecho mismo. Que mute el Estado sin que las mentes no preparadas se den cuenta del todo. Federalisme del fets.

Como ejemplo de esta táctica gradual y aproximativa, la autora menciona la «eficacia» en la gestión de la pandemia (no es broma) alcanzada por el Consejo Interterritorial. Este es el camino. «Pactos de Estado» que logren sin «griterío», sin discusiones y camuflando el concepto y el momento, una «voluntad general» (palabras suaves, conceptos duros).

Pero no es suficiente. Este modelo de pactos de Estado y federalismo factual al margen del «griterío político» no sería bastante y Camps pide algo más, algo más ambicioso: «labrar una cultura federal ahora inexistente». Una cultura de la cooperación que habría de permear las actitudes de los secesionistas (no los llama así) Dios sabe cómo, quizás con nuevos pactos. Ella deja caer que esa «mirada más larga y amplia» (término tan sospechoso como «voluntad sincera») está implícita ya de algún modo en su «propio pragmatismo». Pero no se trata solo de convertir a Puigdemont a la cooperación y a lo federal. Por supuesto, el objetivo final no es él, ellos, sino todos los demás: hay que «conformar un nuevo ethos» para las instituciones y la ciudadanía. No solo hay que cambiar el Estado mutatis mutandis y con mutis por el foro, hay que cambiar el ethos de la ciudadanía. La palabra nación, por supuesto, no aparece ni una sola vez en el artículo.

Ethos suena a mosquetero, pero es algo así como el carácter, las costumbres de un país, o de una comunidad, si se quiere. La libertad política debería protegerlo, conservarlo. Pero lo que las mentes federalizantes (lo federal será, como lo autonómico, siempre un proceso, siempre un gerundio) proponen es modificarlo. Desde arriba. El Pacto de Estado no solo ha de imponer a los ciudadanos un nuevo Estado, sin preguntarles y sin que se enteren ni del qué ni del cuándo ni del cómo, también una nueva mentalidad. Lograr «sujetos dotados de voluntad federalista», para lo cual serán importantes los «modales». Una ¿ética? del ir-federalizando, ¿una moderación de lo federalizante? Es muy importante que la mutación constitucional se haga con buenas maneras. Presentar esto en las páginas de ABC camina en esa línea. Ir untando el pavo antes del horno.

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