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Nacido en Madrid, de madre inglesa, casado y padre de cuatro hijos, es un empresario, abogado y articulista que pasó más de una década inmerso en el mundo de la política madrileña. Sus pasiones son escribir, la empresa y la política.
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Nacido en Madrid, de madre inglesa, casado y padre de cuatro hijos, es un empresario, abogado y articulista que pasó más de una década inmerso en el mundo de la política madrileña. Sus pasiones son escribir, la empresa y la política.

La falta de consistencia y la superficialidad de la progresía -el postureo, para entendernos- se hace muy evidente cuando hablamos de globalización. Apiadarse de los inmigrantes que llegan en patera y no hacerse un planteamiento medianamente serio de por qué éstas se llenan de personas es la postura habitual. Salvo enviar una ONG bien provista de todoterrenos y dedicar un gran porcentaje en gastos de administración, nada se hace por aliviar los problemas en los países de origen.

Y cuando a los EEUU les da por salvar al mundo empiezan los histerismos. El caso de Afganistán es un ejemplo. Se criticó la entrada del ejército norteamericano y ahora  se critica aún más su salida. Para algunos, incluso ha sido el canto del cisne, y lo digo con ironía porque llevamos ya unos cuantos como Vietnam, Irán o el 11-S. Con ocasión de las guerras se producen prodigiosos avances tecnológicos (aunque sean guerras muy limitadas como la de Afganistán) por lo que es previsible que este canto del cisne tampoco sea el último, pues la hegemonía tecnológica y militar de los EEUU sigue siendo y será apabullante hasta quién sabe cuándo.  

Si no fuera sólo un postureo y los “progres” fueran globalistas serios, hace tiempo que se habría instaurado un ejército mundial o más bien global (no creo que africanos y asiáticos se apunten, así que lo dejamos en global que va de intenciones y no de representación). Una globalización seria tendría que imponer un modelo de gobierno democrático, una economía de mercado para generar clases medias y un sistema educativo controlado para evitar las madrasas y demás aberraciones del actual mundo radical. Una digresión: en las mencionadas madrasas se enseña a los niños a recitar el Corán en el árabe original -que pakistaníes y afganos no entienden- desde el alba hasta el atardecer. Esa es la educación que reciben, y con esta rutina diabólica no es difícil generar futuros yihadistas.

Hoy la democracia está en retroceso. Vuelve a consolidarse la idea de que muchos países jamás podrán serlo por su atraso e incluso idiosincrasia, pero hay que recordar que Kissinger pensaba lo mismo de España y Portugal allá por el año 1975. No creo que el nivel de desarrollo de los EEUU o del Reino Unido a principios del siglo XIX fuera muy superior al de muchos países del Tercer Mundo de hoy. Y no digamos nada de la Grecia de Pericles. Pero es que una globalización seria atenta contra dos conceptos muy queridos por la moderna progresía: el poder soft o blando (la UE es un ejemplo) y la soberanía nacional

El primero implica que el mundo va cambiando a través de la ejemplaridad o algo parecido. A veces se imponen sanciones, pero son más declaraciones de intención que realidades, como fue el caso de Rusia durante la invasión de Crimea. Está por ver dónde han tenido éxito.  

La soberanía nacional subsiste tal y como la articuló ese monstruo del pensamiento que fue Jean Jaques Rousseau (monstruo por siniestro, como reveló Isaiah Berlin). La progresía abrazó con entusiasmo este concepto -y otros como los principios de la educación natural reflejados en el Emilio- y lo sigue manteniendo. Este artefacto ideológico da legitimidad a tiranías incluso dinásticas -paradojas de la vida, casi siempre en regímenes de izquierda- como son la de los hermanos Castro, los norcoreanos, los sirios o las de los matrimonios de Mao o Ceacescu. En nombre de la soberanía nacional se han perpetrado todo tipo de salvajadas mientras gran parte del mundo miraba para otro lado. Al menos los todopoderosos EEUU intentan salvar el mundo… ¡Algún reconocimiento habrá que hacerles!

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