«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Julián Montenegro no existe. Existe un hombre que firma así, y para una columna basta. Durante veinte años se ganó la vida en Buenos Aires escribiendo memorias de otros: empresarios retirados, un campeón wélter venido a menos, alguna viuda con archivo y rencor. Antes había hecho lo mismo en España, con la diferencia de que aquí sus clientes salían en los periódicos. Entre encargo y encargo hizo noches en la recepción de un hotel de la Avenida de Mayo, donde aprendió más de España que en España. En sus recuerdos, que nadie puede comprobar, hay un boxeador de Marsella, un farero portugués y un camarero de Valladolid que servía el vino como quien administra la extremaunción. Puede que alguno sea inventado. Él sostiene que eso no los hace menos ciertos. Ha vuelto a Madrid con dos maletas, una agenda llena de muertos y la intención de firmar por primera vez con un nombre. Este, que tampoco es el suyo.

El lobo del Boletín

8 de septiembre de 2026

Conocí hace años, en el occidente de Asturias, a un ganadero al que voy a llamar Belarmino porque su nombre verdadero no es mío y porque Belarmino le pega. Tenía las vacas repartidas entre el prado de abajo y una braña a la que se subía por una pista que el invierno se comía cada año un poco más, y tenía una cuadra vieja en la que el calor de los animales se notaba nada más entrar, un calor húmedo y vivo que se pegaba a la ropa como se pega el humo de una sidrería. Me explicó el oficio en una tarde, que es lo que tardan en explicarlo los que lo llevan dentro: el ternero que no mama, la vaca que se despeña, el precio que baja justo el año en que uno pensaba cambiar la furgoneta. De todos los enemigos del oficio, me dijo, el único que trabajaba de noche era el lobo. Lo dijo sin épica, como quien menciona una gotera.

Luego el lobo salió en el Boletín. Un año los papeles oficiales lo declararon especie protegida de punta a punta del mapa, y el animal que Belarmino conocía por las huellas en la escarcha pasó a existir también en otro sitio, en un listado con siglas, custodiado por gente que no había olido nunca una cuadra. Durante casi cuatro años el hombre guardó por las noches lo que de día no podía defenderse, y las cuentas fueron creciendo hasta donde crecen estas cuentas: en Asturias, el año pasado, los ataques del lobo se cobraron casi cuatro mil reses, casi un tercio más que cuando empezó la protección, y las indemnizaciones rondaron los dos millones de euros. La indemnización llegaba tarde y llegaba en dinero, que es una manera de no llegar, porque una vaca de casa no es un precio, es tiempo acumulado, paciencia con pedigrí, y eso no viene en los impresos. Belarmino rellenaba los papeles con la misma letra picuda con que apuntaba las sacas de pienso, y esperaba.

Pero lo que más me interesó siempre de este asunto fue el idioma. En el ramo oficial nadie dice cazar y mucho menos matar: se dice extraer. Se extraen ejemplares como se extrae una muela o un expediente, con guante y con resguardo. El eufemismo tiene su lógica, porque el lobo de los papeles no es el lobo del monte, es otro animal, uno limpio y estadístico que vive en los anexos y no baja jamás a las cuadras. Al lobo del monte lo conocen los mastines, que lo huelen antes que nadie y se ponen a ladrar con un ladrido distinto, más ronco, que los de casa distinguen desde la cama como distinguen la tos de un hijo. Una vez le pregunté a Belarmino si había visto muchos. «Al de verdad, tres veces en mi vida», me contestó. «Al del papel no lo he visto nunca por aquí».

Este septiembre, en Asturias, vuelven las batidas. La administración autoriza extraer hasta sesenta y siete ejemplares, y buena parte del cupo cae en el occidente, en la tierra de las brañas de Belarmino, donde los partes de daños del año pasado vinieron más cargados que en ninguna otra parte. La palabra sigue siendo de laboratorio, pero lo que amanece detrás de la palabra es antiguo: hombres que quedan la víspera en el bar, perros nerviosos en las cajas de las furgonetas, café con orujo a una hora en que el monte todavía está azul, el rocío empapando los bajos del pantalón con esa frialdad exacta de toalla olvidada en la lavadora. Subieron siempre así, los paisanos, desde mucho antes de los listados, y algo se les debe de recolocar por dentro esa primera madrugada, la sensación de que otra vez les dejan guardar lo suyo.

No sé si Belarmino habrá salido. Ya está mayor y la braña queda arriba. Pero me lo imagino en la puerta de la cuadra, oyendo los tiros lejos, calculando por el eco de qué vallina vienen. Me lo imagino contándoles las novedades a las vacas, que lo escuchan todo con esa calma de quien tiene el pleito ganado. Y me lo imagino diciéndoles, bajito, que tranquilas, que del otro se encarga el monte. Que al del Boletín ya lo extraerá él.

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