El mundo posmoderno, o lo que sea ya esto que atravesamos, es invasivo, insolente y opresor. A la prisa noventera, cuando para hacerse rico había primero que volverse un poco gilipollas, le sucedió la revolución tecnológica de los ejecutivos adolescentes con jerséis de cuello alto, y bien regado todo con los vestigios más destructivos del nihilismo de ayer, alzamos barrios, ciudades, trabajos y vidas profundamente inhumanas o, más precisamente, deshumanizadas. Vidas aburridas de emociones, ancladas en la obsesión del bienestar, encerradas en rutinas maquinales de pensamiento, obra y omisión, incapaces de sentir cualquier malestar que no afecte directamente a las propias entrañas.
Vaciamos Occidente de toda occidentalidad, globalizamos las malas ideas con ayuda de la Red, renunciamos a considerarnos herederos de los aciertos y errores de los que nos precedieron, y dejamos atrás los campos, los pueblos, y las ciudadelas de ayer, como quien abandona algo casi humillante, para abrazarnos con fuerza al cosmopolitanismo más hortera. Hablamos de la vida sencilla de nuestros mayores como una extraña pesadilla, con una condescendencia tan idiota, tan injusta, que sólo puede exhibir un ciudadano del mundo del siglo XXI. Y, sin embargo, en el éxodo de identidades, costumbres, tradiciones, y quereres, se nos fue escurriendo de las manos el tesoro de la felicidad.
Vivimos en un infierno fácilmente tolerable, porque es maquinal y organizado, y porque nos proporciona al tiempo el narcótico de la urgencia y la recompensa inmediata. Pero un infierno al fin.
No somos dueños de casi nada. Gran parte de nuestra vida pertenece a un Gobierno, que aún encima invierte nuestros recursos en subvencionar el noble sector de la prostitución de lujo, mientras nos sentimos cada vez más ajenos al mundo que gira alrededor. No es sólo por la edad, que también los más jóvenes se mueven por las esquinas de la vida sin sensación alguna de pertenencia a nada, con los lazos más endebles que nunca, con la mirada perdida en formas, sentimientos y ficciones que no existen en el mundo real.
Al final de este camino, si no nos hemos hundido del todo aún como civilización, es porque por puro instinto de supervivencia: hemos hecho de nuestros hogares un bastión, de nuestras familias, un fortín, donde la mediocridad, la acedía del intelecto y el corazón, y el ruido deshumanizador exterior, aún pueden ser amortiguados. Donde aún es posible clavar en el suelo la estaca de la herencia recibida, establecer un faro moral al que cualquiera puede agarrarse cuando arrecia la tormenta, y fomentar lealtades y amores que ni el más horrible viento de la posmodernidad es capaz de tumbar. Hicimos, sospecho, del hogar un búnker, dejando que el mundo exterior siga consumiéndose en un océano de mentira, histeria, y corrupción.
Todos estamos, de algún modo, mordidos por el veneno de este siglo hostil y destructor, y guardamos, como mucho, la feliz confianza en que la gran farsa posmoderna se desmorone alguna vez; sin duda, la muerte del wokismo, por paradigmática, fue nuestra mayor esperanza de que a veces el fuego del averno se apaga, cuando ya no le queda nada más que consumir.
En medio de esta noche oscura del humanismo, afloran sin duda brotes frescos y estrellas fugaces, que nos ayudan a continuar, si es que estamos librando guerra alguna. Nos queda siempre la Providencia, las pequeñas historias personales, y la firme confianza de que todo lo que merece la pena está contado en los libros viejos, en las piedras de otro siglo que aún resisten en nuestras calles y plazas, y en las conmovedoras historias privadas de heroísmo que se cuentan, desde tiempo inmemorial, de abuelos a nietos.
Tengo, en fin, plena confianza en eso que durante años hemos llamado batalla cultural, pero no sé si en el empeño intelectual no nos estaremos dejando atrás la fuerza ineludible de los afectos, lo puramente humano, lo que más escasea en nuestro tiempo, aquello que apunta al corazón, y que, a través de los siglos, ha sido capaz de darle la vuelta una y otra vez a las páginas más negras de la historia.