«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Julián Montenegro no existe. Existe un hombre que firma así, y para una columna basta. Durante veinte años se ganó la vida en Buenos Aires escribiendo memorias de otros: empresarios retirados, un campeón wélter venido a menos, alguna viuda con archivo y rencor. Antes había hecho lo mismo en España, con la diferencia de que aquí sus clientes salían en los periódicos. Entre encargo y encargo hizo noches en la recepción de un hotel de la Avenida de Mayo, donde aprendió más de España que en España. En sus recuerdos, que nadie puede comprobar, hay un boxeador de Marsella, un farero portugués y un camarero de Valladolid que servía el vino como quien administra la extremaunción. Puede que alguno sea inventado. Él sostiene que eso no los hace menos ciertos. Ha vuelto a Madrid con dos maletas, una agenda llena de muertos y la intención de firmar por primera vez con un nombre. Este, que tampoco es el suyo.

El mar sigue estando

29 de agosto de 2026

Fui, un verano más, el último en bajar de la casa. Mientras los demás ya dormitaban en el coche, yo peleaba con el maletero como quien intenta meter un colchón en una hucha, encajando la sombrilla en diagonal, sentándome sobre la bolsa de las toallas, empujando con la cadera un flotador de delfín que se negaba a perder el aire y que resoplaba cada vez que lo aplastaba, igual que un acordeón agonizante. Cerré la última persiana con esa solemnidad ridícula del que clausura algo, di dos vueltas a una llave que no cerraba desde hacía años, repasé los enchufes con la superstición del que teme incendiar la comarca entera en su ausencia, y comprobé, ya en el portal, que me había dejado dentro el cargador, la ilusión y medio bote de crema. La casa quedó a oscuras. Olía a salitre y a verano guardado en naftalina.

Después vino la carretera, que es donde de verdad se termina agosto. Bajábamos los cien millones a la vez, en fila india, parachoques contra parachoques, una procesión nacional de matrículas quemadas por el sol y neveritas portátiles con el último refresco caliente. Cada área de servicio era un campamento de derrotados: familias enteras estirando las piernas junto al surtidor, niños con el helado dimitido chorreándoles por la muñeca, padres que consultaban el móvil buscando una ruta alternativa que no existía. Nadie se rendía. Todos perdíamos igual. Mi mujer, que es porteña y mira estas devociones ibéricas con el retintín del entomólogo, preguntó por qué volvíamos todos el mismo día si el país entero sabía que volvíamos el mismo día. No supe qué contestar. Y volvíamos porque tocaba, porque septiembre nos esperaba al final del asfalto como un sargento con la lista en la mano, y a los cuarteles se regresa en formación, no de uno en uno.

De niño, los retornos eran peores y por eso mejores. Cabíamos cinco y un perro en un coche del tamaño de una lavadora, sin aire, con las ventanillas bajadas escupiendo un viento que sabía a gasolina y a bocadillo de tortilla sudado en papel de plata. Mi padre conducía en camiseta imperio, callado, con esa cara de condenado que ponían todos los padres de entonces al enfilar la última recta hacia la ciudad, y mi madre repartía pipas y agua templada de una cantimplora de aluminio que sabía a metal y a excursión. Nosotros contábamos coches rojos para que el tiempo pasara, aunque el tiempo, ya se sabe, no pasa cuando uno lo vigila. Había una gasolinera con una maquinita de chicles y un váter que olía a naufragio, y aquella gasolinera era la frontera exacta entre dos países: el reino de las vacaciones y la aduana del curso.

Llegamos a Madrid de noche, a un piso que llevaba dos meses con las persianas echadas y que nos recibió con el aire caliente y quieto de las casas abandonadas, ese olor a cañería dormida y a polvo que ha tenido tiempo de pensar. Encendí las luces una por una, como quien despierta a un animal grande, abrí el grifo para que la tubería carraspeara y soltase su óxido, y me senté en el sofá con la sensación precisa de haber envejecido un año exacto en seiscientos kilómetros. Fuera, la ciudad se rellenaba en silencio. Se encendían ventanas que llevaban agosto apagadas, se oía el primer ascensor, alguien arrastraba una maleta de ruedas por un portal como quien tira de un animal muerto, y toda la manzana volvía a incorporarse, sin aplauso ni protesta, a la nómina de septiembre.

Deshice el equipaje a las tantas, buscando el cargador con esa fe del que reza sin creer. Pero fue entonces cuando el pequeño apareció en pijama, muy serio, con el flotador de delfín bajo el brazo, todavía medio inflado. Me lo tendió con la lógica implacable de los siete años. «Papá, guárdalo tú, que el año que viene el mar sigue estando», dijo, y se volvió a la cama tan tranquilo. Me quedé con el bicho de plástico jadeando entre los brazos. Había entendido el verano mejor que yo.

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