En el contexto de la invasión de Ceuta, y de la aproximación a la crítica barrera demoscópica del 20%, se ha producido otra campaña veraniega contra Vox y su espacio político circundante.
Coinciden dos hechos a la vez. El centro y el PP tratan de convertirse en Vox; decir las cosas de Vox, los diagnósticos de Vox, las medidas de Vox mientras se produce otro movimiento, menos conocido aunque ya insoslayable: las formas extremistas de la izquierda dizque patriótica, la derecha, la carcundia más profunda y la conspiración arremeten contra Vox con una fijación obsesiva.
Dos movimientos a la vez, como un gran sandwich. Un movimiento de suplantación de Vox y otro, extraño, que trata de demonizarlo y desfigurarlo desde planteamientos cercanos como el soberanismo.
Escribo «raro», pero es raro, si acaso, por la condición estrafalaria de sus integrantes, no porque no tenga antecedentes ni modelos. Esto se lleva avisando tiempo y calca o lo intenta el modelo del ataque contra el MAGA de Donald Trump desde la propia derecha de EEUU.
En España se imita con las cualidades cutres, animalescas y especialmente cerriles del terreno.
Las formas utilizadas contra Vox con motivo de la invasión de Ceuta han sido varias. Podríamos hablar de ataques híbridos. La básica ha sido una especie de silogismo abusivo de tipo geopolítico: de resultas, Ceuta era invadida por Trump, primero, y luego por Israel a partir de los acuerdos de estos países con Marruecos. Era ya mucho inferirlo de un acuerdo, pero el salto olímpico llegaba al involucrar a Vox.
La cosa, que era un delirio, se ha alimentado con medias verdades, mentiras, y la farfolla ‘geopolítica’ que producen las cuentas de lealtad antioccidental. La cosa avanzó. No solo era un ataque de ‘aliados’ de Vox. Por una loca transitividad, el propio Vox era «siervo de Marruecos». ¡Vox invadía Ceuta!
La cosa «escaló», por usar una palabra de los ‘geopolíticos’ (si Ozores viviera, haría una película con ese título para Pajares y Esteso). De la falacia y de la superfalacia se pasó a la manipulación de declaraciones, cortándolas debidamente; a tergiversar tuits (¡ha dicho Argelia!), a callar las grandes evidencias, o a usar fotos falsas o fakes. Ha sido asombroso ver a personas supuestamente serias ir por ese camino.
Una de las características de estos ataques es que no se han quedado en el lumpen de Internet o del llamado radicalismo de los geoestratégicos, sino que han contado con alguna participación menor pero suficiente del mundo criptopepero (aquellos que trabajan para la causa desde «la sociedad civil»). Personas de meñique lustrado, periodistas de modosidad centrista o jurisperitas no precisamente en dulce han asomado la patita (tal es la inquina) y extendido la idea de un Vox a sueldo de Marruecos, cuando Vox es la única fuerza política que ha sido contundente en la defensa de Ceuta y de la frontera.
El grado de desquiciamiento y el variado muestrario de mezquindades personales no impedía ver detrás una organización. El cronista deportivo es capaz de distinguir cuando once jugadores son «un equipo», cuando acuden a hacer juntos la «presión alta», y aquí había batuta detrás, sin perjuicio de que algunas personas participen por afición, vicio, o resentimiento.
Han usado todas las formas del bulo, la falacia y la mentira; y han participado desde la izquierda, el centro, la izquierda verdadera, los rojipardos, los pardos, los nazis, los islamistas, los despistados y hasta los trevijanistas, que pasaron de don Antonio a lo irrisorio. Todos trastornando el ya peliagudo concepto de soberanía, que ahora por lo visto se fabrica en Youtube.
Esa gran «diversidad» estaba ligada además con la salsa del antisemitismo, ahora llamado antisionismo, poderoso espesante hecho de tres cosas: un odio extraordinario hacia los judíos, una superioridad moral en tanto denunciadores de ‘genocidio’ y un pensamiento de tipo conspiranoico al que muchas personas se han abandonado desde el Covid. El odio y la superioridad moral, cuando no el supremacismo, se arrojaban sobre el objeto final de su ira: Vox y la posibilidad de una nueva derecha con capacidad real de estar en el mundo.
Como si la demonización que hace la izquierda no fuera suficiente, se recurre ahora a la diabolización químicamente pura, que es la de los judíos, y directamente se le aplica a Vox. Se está recurriendo ya al fondo del barril.
Esto ha provocado la aparición de una violencia verbal. Amenazas, invitaciones al fusilamiento, y una terminología de señalamiento. Un hostigamiento online que dura ya algún tiempo y que busca amedrentar, desprestigiar y, finalmente, silenciar.
Ahora es momento de centrarse en Ceuta, pero el ataque organizado contra la única fuerza patriótica capaz en España, justo en este delicadísimo momento, es un hecho que no puede pasar desapercibido y del que se debe tomar nota.