La condición de fumador semiclandestino me está complicando el verano. Puedo fumar delante de cualquiera, siempre y cuando ese cualquiera no sea uno de mis hijos. Tanto celebraron que lo dejara en su día y tan alta idea se hicieron de mi musculatura moral, que ahora no encuentro el momento de defraudarlos. En consecuencia, llevo una doble vida, hipócrita, engorrosa, trabajosísima. Para embustero o impostor, incluso para reservado, hay que valer. Lo mejor, lo más descansado, es llevarlo todo al aire, fresquito y a la vista de todos. Se ahorra uno explicaciones.
Como debo ocultárselo a mis hijos, no fumo en casa, a excepción de dos cigarros: el que clausura el desayuno y el que acompaña al café de las anodinas y aplatanantes tardes de verano. Son dos cigarros decisivos porque marcan y abrevian el día. Deberían ser placenteros, propicios a la reflexión, pero es agosto, el maldito mes de agosto, y los niños andurrean por todas partes. Dondequiera que me esconda, el niño aparece, repentino e inexplicable como un sarpullido. Subo a la terraza, me agazapo en el único rincón con sombra, y el niño irrumpe para coger unos calcetines del tendedero, rezuma por el sumidero, brota de entre las losas o simplemente se materializa para exigir agua fría, una manzana cortada en trocitos o justicia porque su hermano le ha hecho no sé qué y no sé cuánto.
Por todo ello, ayer fue un día prometedor. Matilde había concebido un plan brillante: se llevaría a los cinco niños a la playa para no regresar hasta la hora de la cena. Ocho, diez horas de soledad. Los planes se me agolpaban en la cabeza: leer, descansar la vista, leer de nuevo, fumar, hacer aros con el humo, echar incluso un cigarrito de interior, como en los viejos tiempos, tal vez en la cocina. La jornada no daría abasto. Al final se fueron más tarde de lo que habían previsto, pero se fueron. Entonces me dirigí al patio y coloqué dos sillas, una para mis pies y otra para mí. Sobre la mesa, cenicero, mechero, papel, boquillas y tabaco. Pero las ansias me traicionaron: prensé el cigarro más de la cuenta y tuve que dejarlo a la mitad, harto de tragar aire limpio.
Pese al contratiempo, la mañana fue gloriosa. En cuanto se fueron los niños, regresaron las ideas. Tomé notas. Subrayé entusiasmado el libro que me traía entre manos, mucho más interesante que en la víspera. Almorcé, vi una de esas películas en blanco y negro que ya nadie me consiente y me desperecé para encarar una tarde a imagen y semejanza de la mañana. En la cocina, mientras esperaba el borboteo de la cafetera, me quedé mirando la nevera. Medía unos dos metros, era de un gris metalizado y emitía un sonido que no recordaba haber oído antes. Echaba de menos a los niños. Estaba claro.
Procuré volver a la lectura, pero ya no fue lo mismo. Tomé el móvil para buscar el significado de una palabra y, como el que no quiere la cosa, pasé media hora viendo fotos y vídeos de la chiquillería. Era el colmo: hasta su ausencia se entrometía en mis asuntos. No parece existir un término medio entre echarlos de menos y echarlos de más. Quizá porque en nuestro caso son tantos y tan seguidos, los niños nunca se dan en su justa medida. Sequía o inundación. Por lo común, inundación. Cualquier cosa que no esté ligada directamente con la crianza resulta excepcional. Hasta el trabajo tiene algo de asueto. Leer cuando se alinean los astros y fumar a hurtadillas. Menos mal que se les quiere mucho.