«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

El Margraviato de Blackrock

31 de agosto de 2026

He denominado en varias ocasiones el tiempo que nos ha tocado vivir como la Era de la Gran Clarificación, y es verdad, pero una verdad a medias. Los entresijos de la política a lo grande se empiezan a mostrar en la plaza pública, pero aún confusamente, con las líneas difuminadas. Somos el ciego curado milagrosamente que ve a los hombres “como árboles que andan”.

Las señales son tan numerosas que aburre citarlas. Tenemos al hombre (teóricamente) más poderoso de la tierra, Donald Trump, diciéndonos a las claras que ha secuestrado a Maduro, no invocando como es costumbre la libertad y la democracia y demás hojas de parra geopolíticas, sino por el petróleo. Suena brutal, pero resulta refrescante tanta sinceridad de golpe, tras muchas décadas de hipocresía sonrojante.

Desde el otro lado del espectro ideológico, el primer ministro canadiense, Mark Carney, aunque con la suavidad en las maneras que el tópico achaca a los canadienses, ha hecho otro tanto al reconocer en un discurso aún no lejano que las excusas oficiales del sistema internacional eran un entramado de mentiras aceptadas. Que las potencias tapan pudorosamente la brutal búsqueda del propio interés bajo la ficción de un escenario internacional igualitario, donde cada nación tiene el mismo derecho que cualquier otra.

Y hay muchos, muchísimos otros ejemplos de este gradual levantar el telón y ver todo el teatrillo con su tramoya. Esto es, a la vez, peligroso y muy esperanzador. Peligroso, porque puede significar que nuestras élites están lo bastante seguras de su poder como para no considerar necesario el disimulo habitual. Esperanzador, porque el único modo de arreglar algo es ver con claridad cuál es la verdadera situación.

Decía T. S. Eliot que el hombre no puede soportar demasiada verdad. Quizá sea cierto, suena muy bien. Pero, desde luego, no puede vivir con demasiada mentira. Y hace tiempo que vivimos sobre un Himalaya de falsedades asumidas con fe conmovedora.

Y eso es quizá lo que más se necesita en el panorama político, nacional e internacional: claridad. Ese sería el primer punto de mi programa, de tener uno: que cada palo aguante su vela. ¿De qué sirve proclamar que la democracia es el mejor sistema imaginable, el único que legitima, si no existe en ninguna parte? Tanto valdría congratularnos con el ahorro que obtenemos todos los años cuando los Reyes Magos financian los juguetes de nuestros hijos.

Hoy la voluntad popular apenas mueve el dial, como dicen los anglos; votamos y votamos y siempre se aplican las mismas políticas. En el mundo adelante, las vemos aplicarlas a gobiernos de derechas, de izquierdas, de centro. El gobierno norteamericano tiene que aprobar el matrimonio homosexual, derrotado en todas las consultas populares sobre el asunto (¡hasta en la ultraprogresista California!) tanto como el gobierno cubano. Hay ideologías por encima de las ideologías, las de los ricos finalmente decididos a pasárselo bien a cualquier coste, como vaticinaba Chesterton. La inmigración masiva provoca el rechazo de ocho de cada diez europeos, no hay asunto que concite mayorías así. Da igual: siguen llegando, con el beneplácito de nuestros ‘democráticos’ gobiernos.

Por eso hago ahora esta propuesta a la desesperada: si me va a gobernar Blackrock, al menos que sea abiertamente; que le den un cargo oficial a Larry Fink. Si mi vida la va a condicionar Soros, que le hagan solemnemente Duque de la Sociedad Abierta, con mando en plaza, y que al menos tenga que responder, siquiera moralmente, de lo que decide en nuestro nombre.

Porque no hay peor y más perfecta tiranía que la del Gran Hermano anónimo. No hay enemigo más elusivo que el que no puedes ver, ni mejor forma de eludir la responsabilidad que el anonimato y la acción indirecta. Quien ha intentado reclamar ante una gran empresa, con sus vastos Departamentos de Incomunicación, sabe lo desesperante que es tratar con un sujeto cambiante y sin rostro.

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