«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
La Gaceta de la Iberosfera
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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.
Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

El Necronomicón

28 de abril de 2023

Si el pobre de H.P. Lovecraft tuviera que volver a inventarse el libro maldito del Necronomicón, ese tratado sobre las leyes que rigen a los muertos y que volvía loco a quien lo leyera, no tendría que recurrir a fuentes egipcias inventadas, le bastaría con mirar a la cara de nuestro presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Es verdad que la izquierda siempre ha tenido un gusto insano por la profanación de tumbas, pelo la obsesión actual con no dejar descansar a los muertos, además de cobarde, injusta, inmoral y todo cuanto se quiera adjetivar, raya con la necrofilia. La memoria histórica nos pide dejar que los muertos descansen en paz, no que se les convierta en un arma política o aún peor, por banal, en una táctica electoralista. Pero así es el personaje que rige nuestro destino, un ser sin escrúpulos ni límites para ejercer su poder, cual déspota o tirano.

Yo no tengo del todo claro si la famosa pandemia aceleró la revelación de sus instintos totalitarios, regalándole una serie de medidas coercitivas y de control de la población, recorte de sus derechos y censura de las libertades o si, por el contrario, fue un freno a sus delirios de grandeza al tener que lidiar con un imprevisto de tamaña magnitud. Tiendo a pensar lo primero porque le sirvió como no podía haber soñado nunca para rendir las televisiones y medios de comunicación a sus pies. Hoy ya apenas existe la prensa libre, sólo medios de manipulación de masas.

Y lo mismo vale para la guerra en Ucrania. Al Gobierno le ha valido para justificar sus equivocadas recetas económicas, culpando a la guerra de la inflación galopante que sufrimos, entre otra serie de cosas, sin que apenas nadie —y es lo peor— lo rebata. La inflación arrancó bien antes de la invasión y el conflicto sólo ha agudizado algunos de sus componentes. Y el final de la guerra no acabará con ella pues su origen está en la facilidad con que todos los bancos centrales, incluido el europeo, pusieron en el mercado miles de millones para intentar paliar en formas de ayudas diversas los males causados no por la pandemia, sino por las políticas adoptadas para hacer frente a la misma y que priorizaron los encierros a la riqueza. Si se me permite mal citar a Churchill, nuestros políticos quisieron elegir la salud o la prosperidad y acabaron teniendo muertos y pobres.

Pero la pregunta que hay que hacerse no es por qué existen personajes como Pedro Sánchez o Pablo Iglesias, a quien le molesta hasta su apellido, sino cómo es posible que la sociedad les tolere. Cierto, contar con el Ministerio de la verdad reduce toda oposición a la resignación o a la resistencia individual callada. Lo sabemos bien gracias a Orwell y su 1984. Pero si el Gobierno controla la agenda informativa y define lo que es verdad ha sido posible a que todos los Gobiernos, incluidos los del PP, han concebido su relación con los medios como una servidumbre, alimentada por las ayudas financieras. Pero hay que ir más allá. Detalles como que la mayoría de los jóvenes españoles ansiarían llegar a ser funcionarios del estado es altamente preocupante, porque pone de relieve la aversión a buscarse la vida, correr riesgos y evolucionar. Aún peor, revela la creencia errónea y peligrosa de que papá Estado no sólo está para arreglarnos la vida, sino que existe por encima y al margen del sector privado, auténtico creador de riqueza. ¿De dónde nutre sus arcas el Estado?

Antes, en época de elecciones locales y regionales, las autoridades me ponían el pueblo perdido de rotondas. Ahora que ya no tienen más lugares donde plantarlas como el máximo exponente de su buena gestión, se están dedicando a reformar pasos de peatones, reducir los carriles para el tráfico de coches y todo ese tipo de obras. Y los líderes de los partidos habituales, a lanzar promesas sobre promesas, desde crear más casas que el pocero a derogar las leyes más perniciosas que se han aprobado jamás en nuestras Historia. Pero ya sabemos, escépticos que somos, que ni lo uno ni lo otro. Las casas nunca se construirán y las leyes no se derogarán. Demasiado pasivos como para cambiar el régimen político que nos atenaza.

Las urnas son parte de la democracia, pero no son la democracia. El verdadero juego democrático-liberal requiere, ante todo, de que el poder se limite a sí mismo gracias a los contrapesos institucionales. Desde Montesquieu sabemos que la mejor forma de lograrlo es mediante la separación de poderes. Como también sabemos que desde la época de Alfonso Guerra, el PSOE actual sólo busca declarar muerto a Montesquieu. Bueno, muerto ya está. Enterrado aún no. Pero eso a Sánchez le da igual. Si le viene bien exhumaría también sus restos.

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