El búmer, como el de Bilbao, nace cuando le da la gana. Con esto quiero decir que la palabra ha pasado a describir una tipología humana sólo vagamente asociada a la generación nacida en la posguerra, la nuestra y la mundial, y que se puede pertenecer a ella con 20 años y haber escapado de esa jaula mental con 70.
Como decía aquel juez americano sobre la pornografía, o como pasa con la charo, uno reconoce al búmer en cuanto abre la boca, aunque sea incapaz de definirlo. Sus pronunciamientos y actitudes tienen un aura especial, inconfundible.
Digamos, Arturo Pérez-Reverte, el hombre de los 30.000 libros, el que lamentaba que España hubiera elegido en Trento el dios equivocado. Don Arturo se extasiaba esta semana en redes sociales con las palabras de Meloni en reivindicación de Occidente como síntesis de la filosofía griega, el derecho romano y los ‘valores’ cristianos (sí, desgraciadamente dijo «valores», no se vaya a asustar nadie con palabras fuertes como «virtudes» o, líbrenos Dios, «mandamientos»).
La ironía del elogio revertino está en que esas misma palabras las repite a menudo el líder de Vox, Santiago Abascal, a quien don Arturo expulsa en el mismo comentario a las tinieblas exteriores del extremismo político. Porque don Arturo es un búmer, es el búmer a la violeta que hoy dice que le gustaría ser italiano cuando lo que quiere decir, en realidad, es que preferiría no ser español, esa cosa tan negra y rancia.
Y, sin embargo, Abascal y Meloni sólo dicen una verdad a medias. El Occidente que sigue reivindicando «aquella gloria que fue Grecia, aquella grandeza que fue Roma» y los «valores» (atenuemos una fe tan bronca, demasiado acerada para nuestra delicada sensibilidad) del cristianismo, es como un parricida que aún quisiera presumir de su linaje. Aborrece a sus ancestros pero aún quiere quedarse con la herencia.
Las bombas sobre Afganistán no llevaban el Digesto de Ulpiano o los pensamientos de Marco Aurelio a Kabul, sino la bandera arcoíris y el orinal de Duchamp.
No, nuestros valores son ya muy otros, construidos a partir de la negación deliberada de esa triple fuente. Nos enseñaron los griegos que nada puede ser y no ser al mismo tiempo bajo el mismo aspecto, pero nosotros nos hemos emancipado de esa lógica milenaria legislando en contrario según la Doctrina Disney, para la que todo consiste en desear algo muy, muy fuerte.
El derecho romano lo hemos desmenuzado y reducido a polvo, y Cristo es el Enemigo de nuestra civilización desde Voltaire. La bumerada es esa nueva fe destructiva que todavía se expresa con cierto aplomo porque se ha vuelto inconsciente, porque ya no hace falta argumentarla. Las ideas modernas, sus verdaderas premisas, tienen la ventaja de haber quedado fuera de cualquier debate. Son las premisas de barro sobre las que discutimos todo lo demás.
Y eso es lo que está cambiando. Lo que se empieza a cuestionar es todo, y no ese puñadito de detalles que el férreo consenso de la modernidad permite discutir.