Sigo pensando lo que dije en mi último artículo: «Feijoo se equivoca«. El congreso del PP —y el postcongreso— ha reafirmado mi opinión.
Por supuesto, como ya dije también entonces, puedo equivocarme. Y comerme con patatas mi predicción meteorológica. Como los hombres del tiempo. Cuando no aciertan con un pronóstico para el fin de semana.
Es cierto que el PSOE puede acabar desmoronándose. El caso paradigmático es el de la UCD en 1982. Pero no parece, a pesar de todos los casos de corrupción. Y es muy difícil pasar directamente de la oposición a la mayoría absoluta.
Sigo pensando igualmente que Alberto Núñez Feijoo tiende a la perdigonada. A dispersar el tiro. Ya lo hizo la noche electoral. En aquella ocasión insistió en que había ganado. Pese a que era evidente que le faltaban diputados.
Yo, de él, habría ofrecido a Pedro Sánchez un gobierno de coalición. Con toda seguridad, el PSOE lo habría rechazado. Y él habría quedado como un señor.
El del domingo, lo mismo. Parecía más un discurso de investidura que de clausura. Hasta tuvo más chispa Ayuso que él. En política, como en la guerra, hay que concentrar la fuerza en un punto. Es lo que hacía Napoleón. Al fin y al cabo, la política es la guerra sin sangre.
Siempre está con lo de «la centralidad». Eso estaba muy bien en los primeros años de la Transición. Incluso en los 90. Con la victoria de Aznar. Pero han pasado veinte años. El mundo ha cambiado. Trump no arrasó desde el centro sino desde la derecha.
En el tema inmigración, que salió cuando llevaba más de cuarenta minutos de intervención, estuvo templando gaitas. Se mostró partidario de «reducir la inmigración ilegal». Sólo faltaría. Sin embargo, acto seguido dijo que, sin ella, «seríamos un país todavía más envejecido» y que «España ha de ser un país abierto».
Incluso se manifestó contra el «discurso del odio» en un par de ocasiones. Como podría hacer Pedro Sánchez para referirse a VOX. Tampoco habló del tema más candente: el de los menas. La verdadera patata caliente del PP en la materia.
Sobre VOX, al menos admitió que no se le puede aplicar «cordón sanitario» porque es la «tercera fuerza política». Pero que no los quiere «en el gobierno». El día después, Miguel Tellado, el nuevo hombre fuerte del partido, insistió en el error: si ganan volverán a convocar elecciones si Abascal lo pide.
En política no se puede vender la piel del oso antes de cazarlo. Los catalanes, con el proceso, lo hemos visto más de una vez. Feijoo da por hecho que llegará a La Moncloa. Y que VOX no pondrá impedimentos. «O Sánchez o yo», lanzó como mensaje electoral.
Bueno, es una opción, que el partido de Santiago Abascal decida permanecer fuera del gobierno para no quemarse. Pero lo habitual es querer mandar. Es lo que quieren todos los partidos. Fíjense en los de Sumar que, por muy enfadados que estén, siguen agarrados al cargo. Y sin ánimo de comparar ambas fuerzas políticas.
Por eso, puedo errar el tiro, pero a este paso Feijoo no llegará a La Moncloa. Ha asumido el primer compromiso que quizá no puede cumplir. Y, por mucho giro al centro que haga, en el PSOE lo seguirán metiendo en el mismo saco.
Basta recordar lo que dijo el lunes la nueva portavoz del partido socialista, la leridana Montse Mínguez; eso sí, con chuleta: «El PP no hace un viaje al centro, está dando un volantazo a la ultraderecha».
En el PP siguen sin aprender. Mientras no rompan el marco mental que les tienden desde La Moncloa tienen pocas opciones no ya de ganar, sino de gobernar. Que es lo importante. Mejor para VOX.