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Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

El puto C1

5 de marzo de 2023

Como diría la letrilla: con los C1 que exigen los fascistones se hacen las gaditanas tirabuzones y Begoña, la joven enfermera, ha emitido en su TikTok el grito liberador que callan los políticos españoles.

Su «puto C1» sólo admite un reproche, y es que podía haber sido catalanizado. Ella ha perdido perdón, pero lo que tendría que hacer es traducirlo, ofrecerlo bilingüe: «putu C1, el putu C1». 

Que una persona renuncie públicamente a una oposición por encontrar excesiva una exigencia que además la lastra de desigualdad no es un atentado contra Cataluña sino una realidad palmaria que no se puede decir y que Begoña expresó con total frescura por no estar imbuida de la ortodoxia estatutaria de la lengua propia e impropia.

Pero meterse con el C1 ha sido como profanar la Moreneta. ¿En qué realidad planetaria un diploma lingüístico se convierte en sacrosanto? En una en la que ese diploma sirve para otra cosa, para mucho más de lo que acredita.  

Sus palabras le han valido el bullying general, el bulli colectivo, la reprimenda («intolerable») de un miembro del Gobierno, un expediente, la eliminación de la red social y hasta la amenaza del «fotem-la fora» de Lluís Llach.

Es muy revelador que las últimas víctimas del nacionalismo catalán sean el niño de Canet, las gemelas argentinas y esta joven enfermera gaditana. Habla de un sadismo cobardón y del nacionalismo como un hecho educativo. No se enfrentan al adulto, someten al joven. 

Entre todas, destacó la reacción de la UGT, que olvidándose de los derechos de la trabajadora (la libre expresión, por ejemplo) la reprendió recordándole ¡los derechos lingüísticos del paciente! Pero ¿y los del paciente hispanohablante? Alguien pudiera pensar, alguien deliberadamente ingenuo, que en juego está una especial sensibilidad con los derechos lingüísticos, pero nada más lejos. Con Begoña, sobre Begoña y en Begoña se está haciendo nacionalismo, Estado. Se ejerce sobre ella una presión estatal, política, censora y una violencia incruenta que se sigue permitiendo. Sobre ella se da un micro golpe; sobre cada Begoña un 1-O.

El nacionalismo catalán olvida por el momento las proclamas soberanas, las fronteras y las infraestructuras, pero actúa sobre las personas, y que la víctima sea mujer, joven, trabajadora y emigrante retrata a la izquierda, su farsa grotesca de colaboracionista absoluta con el delirio antiespañol y antiobrero del nacionalismo. El feminismo, el izquierdismo, pero también el españolismo monárquico de pulserita y el constitucionalismo socioliberal son teatrillos al servicio del poder oligárquico separatista.  

En el caso de Begoña, se riza el rizo porque su trabajo es cuidar, limpiar, sanar, vendar y paliar el dolor de sus conciudadanos. Las exigencias al charnego van mutando: a la masa obrera pijoaparte se le pide ahora un trabajo asistencial mudo, una sumisión en el cuidado. Las potencias sádico-represivas se disparan.

La rebelde salida de Begoña, «puto C1 de catalán», debería convertirse en grito popular, como el de otra Lola la Piconera, que incorporar al desatendido «Puigdemont a prisión». Quien quiera, ahí tiene la tarea.

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