La modernidad nos ha legado la figura del trabajador pobre. Nada que ver con las antiguas masas proletarias y harapientas que se agolpaban frente al Palacio de Invierno en San Petersburgo. Hablamos de licenciados, gente formada con idiomas y años cotizados —a veces hasta en el extranjero— que no pueden, no ya comprar una casa tras década y media cotizando, sino vivir cómodamente de alquiler. Porque cuando lo hacen entregan más de la mitad de la nómina para compartir piso con extraños condenados al síndrome de Peter Pan.
No es casualidad —todo lo contrario— que el modelo económico no apto para familias difunda al mismo tiempo la cultura del carpe diem, la filosofía hedonista y el yo por encima del nosotros. Despojados de cualquier sentido de pertenencia, comunidad e identidad y ahuyentados de la locura de formar una familia (no sabes lo poco que se duerme, bro), la precariedad laboral se soporta mejor con relaciones de usar y tirar y mucha tecnología, ese ídolo que sustituye tantas carencias afectivas.
Hay estudios —ahora los veremos— que señalan con precisión cirujana el año en que todo comienza a irse al garete, aunque uno sospecha que el momento fundacional es cuando a las personas les llaman individuos. Detrás de este cambio late una antropología que nos deja la deshumanización, el desarraigo y la atomización de la sociedad.
Hace unos días leí que casi siete millones de españoles no pueden afrontar los gastos corrientes pese a tener un salario. Que el coste de la vida, la subida de la vivienda y los contratos temporales o mal remunerados son incompatibles con un proyecto vital sólido. Cualquiera bien informado por los canales oficiales podría caer en la tentación de achacarlo todo a la guerra de Ucrania, la inflación o incluso al cambio climático, que chamanes no faltan.
Lleva mucho más tiempo, en cambio, detenerse a profundizar sobre el origen de la gran transformación. O mejor, la gran estafa. Hace unos días Víctor Lenore rescataba el ‘informe Petras’, el estudio que el Gobierno de Felipe González encarga al sociólogo James Petras sobre el modelo laboral español entre 1975 y 1995. El resultado arroja conclusiones no aptas para, digamos, programas de máxima audiencia y mitómanos de Ónega, Cebrián y Gabilondo.
La primera es que la izquierda que prometía el paraíso terrenal a los descamisados —Felipe y Guerra dixit— se ha convertido en el mayor enemigo de los trabajadores. El PSOE es el artífice del desmantelamiento de la industria nacional que desemboca en una economía de servicios que consolida la bajada de los salarios y la precariedad laboral.
En 1975 el desempleo es del 5,9% y diez años después del 21,9%. A la muerte de Franco el paro está en el mismo lugar que la media europea y a mediados de la década siguiente se multiplica por siete. En 1975 sólo el 8,1% de los hombres y el 6,3% de las mujeres de entre 20 a 24 años están sin trabajo. Diez años después el porcentaje se dispara al 42,2% y 47,8% respectivamente. En total, el número de parados aumenta de los 150.000 en 1974 a los 2,7 millones en 1988.
Con el socialismo también llega la contratación temporal. Ahora se puede contratar y despedir con mayor facilidad. Los trabajadores pierden derechos, certidumbres y, con ello, capacidad de arraigo. Además, González inaugura la práctica —seguida con entusiasmo por el PP— de poner alfombra roja al capital foráneo para adquirir empresas españolas. «Se ha fomentado la desnacionalización de la economía y la ascendencia del capital de propiedad extranjera», recoge Petras en su informe.
Esta dinámica de la que alerta Petras en 1995 avanza a lo bestia. La democracia rompe con el empleo estable. Y eso conduce a un modelo donde la inestabilidad es la norma. Las reformas laborales, inútiles, se agolpan dentro de un marco que condena al trabajador a la miseria. La precariedad se impone y ahora le llaman pluriempleo, fenómeno que se duplica entre 2010 y 2024. Actualmente hay 850.000 pluriempleados en España que tienen que buscarse dos o tres trabajos porque sencillamente no llegan a fin de mes.
Los loritos gubernamentales repiten que nunca ha habido más cotizantes a la seguridad social que ahora. Es verdad, pero hay un pequeño problema: se trabaja menos horas. La jornada laboral media es de 32 horas y eso quiere decir que el mismo pastel que no ha crecido desde 2007 se reparte hoy entre más bocas. Hay otros datos preocupantes. Entre 1993 y 2023 el crecimiento de la renta real de los hogares españoles es cero y el consumo de pescado fresco ha caído un 35% entre 2015 y 2025. Sin embargo, Sánchez se hace el liberal y presume del crecimiento macro y las exportaciones. Una economía «sin paragón» son sus palabras.
A pie de calle la realidad es otra. La gente mejor preparada se marcha. Apenas se habla de lo que el Estado invierte en formar a nuestros médicos, arquitectos o ingenieros que luego trabajan en el extranjero por los bajos salarios en España. Es talento sin retorno nacional, de modo que la clase media es cada vez más baja porque los que llegan son trabajadores de escasa cualificación.
Petras advierte hace ya 30 años que los hijos de los trabajadores no podían lograr siquiera el nivel de seguridad e ingresos de sus padres. Y eso tiene consecuencias. Cuando el ascensor social no funciona entonces crece la desafección al sistema, que es algo que ahora descubren los gurús que llevan una década a por uvas. Estos genios nos alertan también de una supuesta radicalización de los jóvenes. No veo tal cosa. La juventud que lidera el paro en Europa no sale a manifestarse ni tira un puñetero papel al suelo. Es una radicalización de concierto y redes sociales.
En fin, podemos decir con datos en la mano que la clase política que gobierna España desde 1978 ha fulminado la clase media, quizá por ser un vestigio franquista. Pero hay algo que James Petras no nos contó en su informe y que en la radio de la Conferencia Episcopal escuchamos cada mañana: el de Felipe González es el PSOE bueno.