«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Periodista, escritor e historiador. Director y presentador de 'El Gato al Agua' de El Toro TV.

La disyuntiva de Ceuta: o gana la nación o gana la izquierda

1 de septiembre de 2026

Es perfectamente verosímil que Sánchez haya pactado entregar Ceuta y Melilla a Marruecos. Le hemos visto amnistiar a los golpistas del 1-O y facilitar la excarcelación de los asesinos de ETA, así que ¿por qué no? Por otro lado, no sería una entrega convencional, sino más bien una suerte de rendición híbrida, en el mismo sentido en que es híbrida la guerra que Marruecos sostiene contra nuestras fronteras. No habrá un regimiento marroquí que entre en la ciudad para poner en el balcón del Ayuntamiento la bandera jerifiana. No hace falta. No, lo que se verá es la consumación de lo que ya está sucediendo: progresiva entrada de población marroquí, desestabilización irreversible de la vida ciudadana, vaciamiento simétrico de población española, borrado de fronteras, desvanecimiento material de la soberanía española y, finalmente, cambio institucional. Ceuta y Melilla convertidas en ciudades de soberanía vacía, un poco como se ha hecho en Gibraltar. Marruecos es ya, en la práctica, un socio preferente de la Unión Europea y un aliado esencial de la OTAN (o sea, de los Estados Unidos). ¿A quién le iba a molestar? A los españoles, ciertamente, pero no a todos. En particular, a la izquierda no iba a suponerle ningún trauma. Si además todo eso sirve para mantener a Sánchez y sus clientelas en el poder, por la vía que sea, razón de más para tragar con ello. Quien espere alguna reacción airada de nuestros aliados, que mire bien: ninguno ha movido un dedo tras lo de Ceuta. Estamos solos. Y sí, las bases sociales de la izquierda española terminarían comprándolo.

Esto es importante: para la izquierda española, la entrega de Ceuta y Melilla, y aun de las Islas Canarias, no representaría trauma alguno, especialmente si su burbuja mediática envuelve el proceso con las necesarias dosis de emotividad y sectarismo. Hay que entender que la izquierda española nunca —nunca— ha concebido la nación española histórica como fundamento de la comunidad política, sino que su idea de comunidad política siempre se ha circunscrito al espacio de poder del partido. De hecho, la izquierda española, tradicionalmente, siempre ha defendido la desnacionalización de España, lo mismo en el federalismo del siglo XIX que en el internacionalismo proletario del primer tercio del XX, en la «confederación de nacionalidades ibéricas» que proponía Largo Caballero en marzo de 1936 o en el zurriburri autonómico de 1976, cuando el PSOE y el PCE mantenían el «derecho a la autodeterminación» de las regiones. Los pactos con separatistas que inauguró Zapatero en 2004 resucitaron esa línea. Nuestra izquierda hereda una visión fanáticamente negativa de la Historia de España y, al mismo tiempo, la convicción de que no habrá redención posible si no gobierna ella. Pocos personajes ejemplifican esto mejor que Azaña, que no era socialista, pero condensaba en su pensamiento todos los prejuicios de la izquierda nacional; los mismos, por cierto, que hicieron inviable la II República. Por eso nuestra izquierda ha sido el más entusiasta agente de la leyenda negra antiespañola. Ahora bien, ocurre que Ceuta y Melilla son esencialmente Historia: no son relevantes por su PIB ni por su demografía ni por su carácter revolucionario, sino que esencialmente son el legado de la España histórica. Por eso un personaje como Máximo Cajal, diplomático socialista «pata negra», pudo tranquilamente proponer en 2003 la entrega de Ceuta y Melilla a Marruecos a cambio de Gibraltar. Para él esas dos ciudades no representaban otra cosa que una incongruencia geográfica. Es verdad que Cajal fue apartado del partido por la polémica levantada, pero también lo es que Zapatero lo recuperó en 2010 como su representante personal para la Alianza de Civilizaciones. Conviene saber todas estas cosas para entender cuál es la sensibilidad de nuestra izquierda hacia la cuestión.

Lo que pasa es que España, la nación, es algo más que el espacio de poder de la izquierda, aunque a ésta le cueste entenderlo: es una realidad histórica cuyas manifestaciones materiales son un Estado y un pueblo que le dan permanencia. Si amputamos Ceuta y Melilla sin contar con el conjunto de la nación, se habrá mutilado al pueblo español. Y por otro lado, el Estado, tal y como lo conocemos, no resistiría la cirugía: la Corona perdería toda razón de ser, el Parlamento también, la democracia quedaría reducida a una broma siniestra, el Ejército quedaría como una máquina inútil… Y la sociedad española tendría que cargar con el oprobio de haber entregado una parte de sí sin ofrecer resistencia alguna. En el fondo, la disyuntiva a la que nos está conduciendo este Gobierno es cada vez más esa: o la nación o la izquierda. En ningún lugar se está viendo eso mejor que en las calles de Ceuta.

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