Escribía Hughes allá por mayo sobre el momento en que uno se da cuenta de que todo ha cambiado. Acerca de ese instante en que lo que denuncian las noticias y columnas de los medios del disenso, o las redes sociales, aterriza en nuestro código postal. Se hace carne en el portal de casa. El artículo se titula Fue en el Primor y describe la desubicación repentina al dejar de reconocer como propio el lugar cotidiano. El sitio físico no ha desaparecido pero ha cambiado la gente que lo habitaba y, con ella, la posición que uno ocupa dentro de su propio ecosistema.
Hay algo de extrañamiento y melancolía en descubrir súbitamente que uno ya no es uno más, sino la excepción, incluso el único.
Con el impacto del cambiazo demográfico en el cuerpo, el director de Ideas de La Gaceta se preguntaba por la existencia de un nombre que identificara eso que se siente cuando uno se percata de la «recomposición» del ambiente humano y cultural.
Glenn Albretch, filósofo australiano, acuñó el término solastalgia a principios de los dos mil para hablar del malestar producido por la transformación del propio entorno mientras se sigue viviendo en él: la constatación de que el hogar se está volviendo irreconocible sin que uno se haya marchado.
Conceptualmente no se ajusta del todo a la palabra que buscaba Hughes porque tiene una connotación especialmente vinculada a la degradación o pérdida del paisaje. Él (aún) hablaba (sólo) de mutación demográfica. Los ceutíes sí han sido «desgraciados» con el pack completo.
Hemos visto estos días cómo señoras de Ceuta ponían en su sitio a tertulianas que «sentaditas y maquilladitas» levantaban el dedo de la xenofobia. El pueblo ceutí es consciente, un mes después de la invasión consentida por el Gobierno, de que su hogar ha sido convertido en un estercolero físico y moral para echarlos. Se le saltaban las lágrimas en cámara a un caballa cuando, en una epifanía perversa, se daba cuenta de lo que dejaría atrás: «No puedo irme, tengo a mis padres en el cementerio».
Decía Maurice Barrès que la patria estaba fundada sobre los muertos y la tierra. La idea barresiana de que la conciencia nacional descansaba sobre un cementerio y la enseñanza de la historia, en el fondo, la comparte nuestra clase política. Cuando algunos se preguntan estos días por qué no actúa el Estado, olvidan que para nuestros gobernantes la noción de soberanía evoca un mundo que consideran superado, en el mejor de los casos. En el peor, les repugna. El PSOE —el partido del extranjero— y con él el progresismo y buena parte de la derecha española están cableados de esta manera. Defender la integridad del territorio nacional implica el uso de la fuerza ante un ataque a la misma, como es una invasión. Esa «derecha» mundialista —que escribe en medios conservadores— les dirá que cualquier reacción nacional es populismo. Ahora estamos a otra cosa: el multilateralismo o «la soberanía europea» según decía Macron el otro día. Lo que sea menos regir nuestro destino.
Este desprecio a la soberanía nacional lo vemos, como si fueran vasos comunicantes, en un sistema político que desde hace cincuenta años ha ido cediendo parcelas de autonomía a instancias supranacionales. El 78 nos injerta en una gran narrativa que no se correspondía con la Historia de España. En el mundo de ayer, la nación es responsable de todos los males y para superarla es necesaria la pérdida de cualquier tipo de soberanía (energética, alimentaria, de defensa…)
Dentro de unos años, cuando un niño pregunte a su padre o abuelo qué hizo ante la invasión marroquí para defender su cementerio, algunos tendrán que responder que hablaron de personas que «rebasaron» la frontera, de crisis migratoria y no escribieron «guerra híbrida» ni una sola vez.