«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

El calado de la traición

1 de septiembre de 2026

Al comienzo de legislatura, entre críticas, Abascal habló de falta de legitimidad de Sánchez. Ahora eleva lo suyo a delito de traición, y pide diputados, porque los necesita, para iniciar la senda del artículo 102.

Cacarear contra Sánchez todo el día, y hacerse con ello un nombrecito, es relativamente fácil. Diríamos que es una industria en España. Acusarle de traición e ir a por él en tanto traidor, esto es otra cosa. Algo que, realmente, rompe el Consenso. Es una declaración importante porque no es solo una palabra o un desahogo: es un curso de acción, un proyecto político. Y rompe el clima, el marco, el posible reset, el que se besen del sistema. Impide el olvido. También fulmina el estado oficial de «amistad» con Marruecos. Esto son dos pilares, interno y externo, del 78 (expresión de la que no hay que abusar para no parecer el loco de un bingo).

Pero el antisanchismo a cuya puerta toca Abascal parece incapaz de sostener un reto así, incluso el  simple hecho narrativo; y quiere hacer caer a Sánchez por delitos distintos: los de su hermano, su mujer… Lo que viene siendo la corrupción. La amnistía ya pasó al olvido, y algo similar sucedería con Ceuta  (la ópera no acaba hasta que canta la gorda y las crisis no acaban hasta que se celebra una manifestación).

Sánchez será todo lo «autócrata» que quieran, pero cuando habla, como ayer en la SER, coincide con mucha gente; al hablar de modelo económico de crecimiento, suena igual que la patronal y al darle a la manivela del humanitarismo, se parece a la Iglesia.

Derecha e izquierda han venido coincidiendo en el modelo de crecimiento y en el humanitarismo de las instituciones de posguerra. Cuestionarlo no quiere decir que haya que matar inmigrantes, sino cambiar el marco jurídico e ideológico del que más que nadie se aprovecha Marruecos para la lenta erosión de la plaza de Ceuta.

Así que Sánchez es un autócrata que coincide con los empresarios, con la Iglesia, y al que las mujeres harían presidente si solo votaran ellas.

Pero contra Sánchez parece que nada se puede hacer. Todo lo pervierte. Y cuanto más evidente es que nada institucional se puede hacer, entonces se redobla la ira, la frustración y el antisanchismo, olvidando que lo primero que desprotege a los españoles son sus leyes (y, más allá, el lecho histórico y casi metapolítico sobre el que se hacen).

Ceuta nos ha confirmado lo que intuíamos: que para muchos izquierdistas, la invasión del país es un hecho anecdótico y menor, incomparable, al menos, con el hecho náutico de que alguien llegue a Ceuta en barco, con gomina y una cerveza. También hay un cambio, una aceleración en la izquierda. Hay cambios de piel, pasos a otra cosa. Confirmadas por fiscalía las violaciones, Ceuta simboliza el abandono de la mujer y del feminismo como caballo de la izquierda; de la mujer como sujeto víctima se pasa al inmigrante, o mejor, al migrante, que no es exactamente lo mismo, y con él al anticolonialismo retrospectivo, y a localizar el agravio en la raza o los pecados de Occidente. Los elegidos sucesivos de la izquierda: obrero, separatista y mujer ( no digamos ya el trans) se tienen que apretar en el vagón para dar entrada a los migrantes;  los primeros, los marroquíes.

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