«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
La Gaceta de la Iberosfera
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Ilicitana. Columnista en La gaceta de la Iberosfera y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.
Ilicitana. Columnista en La gaceta de la Iberosfera y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

El silencio

9 de abril de 2024

D’això no es parla. Es lo que repetía cada vez mi bisabuela materna. Desconozco qué hubiera dicho mi bisabuelo paterno porque lo mataron en agosto del 36. Su esposa tuvo que alquilar una carreta para ir a buscar su cadáver por los caminos.

Aquellos hombres y mujeres necesitaron el silencio para que las heridas del alma pudieran sanar. En las casas, en la intimidad familiar de uno y otro bando —o de tantas vinculados a ambos— no se mencionaba lo ocurrido. Mudos de dolor y espanto, negándose el vocabulario del horror. Cuando se lee sobre la Guerra Civil española se comprenden las dimensiones del milagro que supuso que una sociedad literalmente desangrada pudiera seguir adelante.

Después se habló. Con la cicatriz inflamada, aún en carne viva. Los abuelos contaron a los nietos; las novelas supuraron desgarro; las películas, revancha. Prácticamente desaparecidos los últimos testigos del fraticidio vinieron las leyes que pretenden sustituir a la memoria dolorida para contar un relato trucado. La utilización política de la parte más oscura de nuestra historia reciente, la reactualización del guerracivilismo —que hurga en los nichos y mancilla los huesos— constituye un acto supremo de vileza.

En el  lugar por excelencia donde realmente se ha superado la Guerra Civil también reina el silencio. Lo preside la Luz del mundo. El Valle de los Caídos es el monumento nacional a los muertos, la custodia de su dignidad sin importar filiación o crimen, adhesión o lealtad. La comunidad benedictina que lo habita ora sin descanso por las almas cuyos cuerpos se entregan allí al eterno reposo. Cosen la sutura entre los hombres de ayer y los vivos. Los religiosos —la Iglesia católica cuenta en sus filas con cifras exorbitantes de persecuciones sangrientas y toda suerte de torturas— abandonaron el mundo para ser su pulmón espiritual. Sin más armas que un humilde hábito y la precariedad, haciendo de la montaña un hogar, deletrean a diario la palabra reparación. Entregan la tragedia a lo Alto, confían en que un Dios que nos llama hijos nos alcanzará su misericordia.

En la Sierra de Guadarrama, entre una orografía recia y rocosa escoltada por jaras y pinos, se sabe mucho de reconciliación. La sombra de la Cruz más grande del mundo permite a la pequeñez humana balbucear el perdón.

Dentro de la basílica del Valle, un Crucificado de gran tamaño expía nuestros pecados y libera a la humanidad doliente elevado sobre el altar ubicado en el crucero. Durante la misa, en el momento de la Consagración, se apagan todas las luces. Tan sólo queda el Cristo iluminado desde lo alto. Ego sum lux mundi. La belleza y el misterio de ese momento, inefable y sobrecogedor, redimen las iniquidades más atroces.

Tan sólo la mezquindad enajenada, inmune a la grandeza y a la Verdad, osaría perturbar la paz, dinamitar la concordia o romper el silencio que allí se respira.

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