«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Periodista, escritor e historiador. Director y presentador de 'El Gato al Agua' de El Toro TV.

El soberanismo bien entendido empieza por uno mismo

27 de enero de 2026

El mundo ha cambiado. Cuanto más tardemos en aceptarlo, peor. El proyecto globalista se ha deshecho. La globalización como fenómeno económico seguirá extendiéndose, entre otras cosas por el efecto potencialmente universal de las tecnologías de la información, pero el globalismo como proyecto de poder abanderado por una oligarquía transnacional ha muerto. No lo ha matado Trump. En realidad, la política de Trump responde a una situación de hecho, a saber, el surgimiento de potencias capaces de disputar a los EEUU, al menos parcialmente, su hegemonía mundial. Desaparece, pues, el horizonte de la gobernanza global, que ya había quedado reducido al ámbito occidental, y vuelven las políticas basadas en el interés nacional. Buenas noticias para los que entienden el mundo como una pluralidad de culturas, de civilizaciones, de comunidades políticas. Ahora bien, eso también obliga a tomar decisiones, porque, en el nuevo escenario, uno tiene que ser capaz de asegurar la propia soberanía, el propio interés nacional, por pequeños que seamos. Porque el soberanismo bien entendido empieza por uno mismo.

Gracias a mi amigo José Alberto Ortiz he conocido el discurso en el Foro de Davos del primer ministro de Canadá, Mark Carney. Una historia interesante, la de Carney: modelo acabado del globalista, habitual de Davos desde hace muchos años, criatura de Goldman Sachs, gobernador del Banco de Canadá, gobernador del Banco de Inglaterra… Cuando se hizo cargo del Partido Liberal tras la renuncia de Trudeau, nadie dudaba de que iba a perder las elecciones a manos del candidato soberanista, Pierre Poilievre. Pero entonces Trump empezó a soltar sus baladronadas amenazando con convertir Canadá en un estado más de los Estados Unidos y la reacción de la opinión pública fue abandonar a Poilievre y pasarse a Carney. No mucho, pero lo suficiente (400.000 votos, aproximadamente) para hacerse con el Gobierno. Llamativamente, sus primeras medidas en el Ejecutivo han ido exactamente contra la política globalista habitual: fin del ridículo impuesto al carbono, potenciación del petróleo y el gas frente a las renovables, ley de prioridad al interés nacional… Carney venía del otro lado, pero ha entendido el nuevo paisaje.

¿Qué ha dicho Carney en Davos? En dos palabras, ha respondido a la pregunta de qué pueden hacer las potencias menores en el actual mundo de gigantes. Estamos viviendo una ruptura, no una transición —dice—, y «la nostalgia no es una estrategia». Es preciso adaptarse a la nueva situación y actuar para no ser devorado. Eso lo expresó con una frase realmente brillante: «Si no estamos en la mesa, estamos en el menú». ¿Cómo se hace eso, cómo estar en la mesa? Trabando relaciones fuertes entre las potencias intermedias. Eso no quiere decir que pueda seguir existiendo una especie de «mundo globalista» —formado, por ejemplo, por la Unión Europea— en el nuevo escenario. Ese escenario ya no existe. Para dejarlo claro, Carney recurre a una fórmula de Vaclav Havel: «vivir dentro de la mentira», como cuando el viejo mundo comunista insistía en habitar la ficción de un sistema ya descompuesto. Fuera caretas. El sistema actual ya no funciona. Tampoco se gana nada maldiciendo al nuevo Hegemón. Esto ya es una realidad que las potencias medias deben entender para no quedar relegadas. Su propuesta: la cooperación estratégica (y la elección de la palabra es importante) entre países que comparten valores democráticos. Importante, y esto no lo dice Carney, pero se deduce de sus palabras: cooperación entre países, es decir, entre soberanías nacionales, entre intereses nacionales, no en el seno de naciones desmanteladas en nombre de una suerte de globalismo a pequeña escala, como sería el caso de la Unión Europea bajo la actual oligarquía de Bruselas.

El llamamiento de Carney es muy relevante. No hay que guardar esperanza alguna de que el nuevo escenario vaya a traducirse necesariamente en un beneficio directo para nuestras naciones. Al contrario, con las nuevas reglas, a los españoles —por ejemplo— no puede cabernos la menor duda de que Washington va a reforzar a nuestro principal enemigo natural, que es Marruecos, en perjuicio nuestro. Justo castigo, por otra parte, para una oligarquía que tanto en Madrid como en Bruselas ha engordado a Rabat hasta lo obsceno. Ahora la cuestión es cómo darle la vuelta a la situación.

Es una evidencia que ninguno de nuestros países, en Europa, está en condiciones de hacer frente por sí solo al descomunal juego de poder que se avecina: EEUU, China, Rusia… El movimiento natural sería saltar al tablero todos juntos, aprovechando los lazos que ya tenemos sobre la base de la Unión Europea. Ahora bien, también es una evidencia que la Unión Europea, en el último cuarto de siglo, se ha convertido en el primer enemigo de la potencia de las naciones de Europa. Nuestra oligarquía nos ha traído inmigración masiva, descomposición social, precariedad energética, desarraigo cultural, desmantelamiento agrario… ¿Cómo no compartir el desprecio que Trump siente por ella? De donde se sigue que, para salir de aquí, necesitamos imperativamente desplazar a esa oligarquía y sustituirla por otra. Y acto seguido, empezar a ver la manera de jugar en el nuevo escenario no contra nuestros proyectos nacionales, sino desde ellos. Esto exigirá también que los líderes europeos desdeñen la tentación de apartarse para jugar bilateralmente con EEUU, con China o con quién sea. ¿Serán capaces? ¿Podrán entender que, en el nuevo dibujo del mundo, el soberanismo bien entendido empieza por uno mismo?

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