El anhelo del búmer —empleo el término en su sentido popular, no estrictamente generacional— es que todo vuelva por donde solía, regresar a las ilusiones políticas de la juventud de muchos de ellos: las certezas políticas del consenso de posguerra, los buenos y los malos, la pacífica alternancia de una derecha que ni pretendía invadir Polonia ni eliminar la Seguridad Social, y una izquierda que no iba a nacionalizar la banca ni a meternos a todos en un koljoz. Todos somos demócratas, todos somos progresistas, y si esto es el fin de la historia, miel sobre hojuelas.
El único problema en ese sencillo esquema es que nunca fue verdad. Eso es lo más característico de nuestro tiempo, que se están viendo las costuras, el revés de la trama. Vivimos el fin de una ilusión.
Empezando por la ilusión democrática. Si los gobiernos se sucedían tan pacífica y cortésmente con los cambios de parecer del electorado no era porque el poder estuviera constituido por ardientes defensores de la limpieza democrática o porque los gobernantes fuera altruistas servidores del pueblo, sino porque, en realidad, los dos grandes partidos del sistema eran, en esencia, dos facciones del mismo partido.
Pasa otro tanto con la libertad de expresión: no importaba lo que se dijera porque nadie iba a ser tan torpe socialmente como para expresar opiniones ajenas al consenso, al menos nadie que quisiera comerse un colín en la palestra pública.
Y eso es lo que no puede volver atrás, porque es imposible pretender que no se ha visto lo que todos estamos viendo, el desgarro del velo. Todos hemos conocido niños que se resisten a creer que los Reyes Magos son los padres, pero ninguno que haya regresado cómodamente a esa creencia.
La política real es una lucha salvaje, despiadada, donde todo vale. Los melindres institucionales del PP no son prueba de empecinado amor por la mecánica del sistema, tampoco de no enterarse de nada y vivir en un tiempo que ya pasó irremisiblemente, sino de su complicidad con el partido al que finge oponerse. Su rechazo a VOX no procede de que sospeche que los de Abascal son los bárbaros de Atila que vienen a arramplar con la democracia, sino consciencia de que son «otra cosa», de que ponen en peligro el cómodo consenso.
En Estados Unidos, el peligro se llama (o, quizá, se llamaba) Trump, contra el que se han usado sin reparo los trucos más sucios del arsenal, desde acusaciones penales infundadas hasta, sí, intentos de asesinato. Si alguno cree que la eliminación física del rival está fuera del menú, tengo en Brooklyn un puente que quizá podría interesarle.
En Alemania espían «legalmente» al primer partido en intención de voto, Alternativa para Alemania, al que también están tratando de eliminar de la papeleta. En Francia se han pasado por el arco del triunfo la jurisprudencia para impedir que Marine Le Pen pueda presentarse a las próximas presidenciales. En Rumanía han eliminado al candidato más votado alegando la más sonrojante de las excusas: TikTok.
La presunta corrupta presidente de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, repite en foros públicos su alarma por la opiniones discordantes, y se han construido nuevas categorías antijurídicas como los «delitos de odio» para reprimir la disidencia por las bravas, como se está viendo en Gran Bretaña, presunta cuna de nuestras libertades, donde el número de detenidos por publicaciones incorrectas en redes sociales multiplica por diez a sus equivalentes en la autocrática Rusia de Putin.
Si el poder nos parecía amable y civilizado es, sencillamente, porque no tenía verdadera contestación. Eso es lo que ha cambiado, y ahora vemos relucir las navajas.