«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

Epstein o la pornografía política americana

2 de febrero de 2026

¿Qué les parece que el presidente George Bush Sr. violara a un niño al que le habían cortado los pies? ¿Cómo, que no se lo cree? Sinceramente, yo tampoco. Y, sin embargo, figura entre los documentos de la investigación sobre Jeffrey Epstein que ha aparecido online y de la que todo el mundo habla en Estados Unidos.

La publicación urbi et orbi del archivo del FBI en torno a la investigación sobre el oscuro financiero y proxeneta de pornografía infantil Jeffrey Epstein fue una de las promesas electorales más excitantes del entonces candidato Donald Trump. El caso Epstein, con el detalle morboso de su presunto suicidio en prisión —en el que no cree prácticamente nadie— encapsulaba perfectamente para muchos seguidores de Trump uno de los tres pilares de la plataforma MAGA: el «drenaje de la ciénaga» (los otros dos eran el control de la inmigración y el America First).

En el caso se combinaba una vieja teoría de la conspiración, según la cual los verdaderos dueños de América eran una panda de pedófilos y degenerados, con la promesa de Trump de deshacerse de esa inamovible casta política de Washington que venía a representar el corrupto partido único que realmente gobierna el país.

Por eso provocó un verdadero cisma en el seno de MAGA que, a poco de ser elegido, Trump se desdijera agresivamente de su problema, asegurando que no existía la famosa Lista de Epstein y que todo era un montaje de los demócratas. Finalmente, los archivos se están publicando con gran escándalo y fruición tuitera, después de que una votación en el Congreso obligara a su apertura. Y su publicación, me temo, da la razón a quienes veían prudente no hacerlo.

Las consecuencias podrían ser bastante más sísmicas de lo que podría imaginarse inicialmente. En parte, porque en Estados Unidos hay unos trescientos millones de habitantes, y entre tantos debe haber unos cuantos millones lo bastante imbéciles para no entender en qué consiste una investigación, sobre todo en un caso tan complejo y relevante.

En una investigación de este tipo, los investigadores se ven obligados a registrar cualquier pista que aparezca, por disparatada que parezca y por pronto que se descarte. Y entre ellas debe de haber cientos, sino miles, de un cariz para hacer las delicias de los seguidores de cualquier teoría de la conspiración: acusaciones contra personajes de todo tipo movidas por la locura, el deseo de perjudicar a un rival económico, político o personal o el simple autoengaño. Denuncias, en fin, sin base alguna y de orígenes muy poco fiables que muchos toman, o fingen tomar, como si se tratase de verdades incuestionables que el FBI mantenía ocultas para proteger a los poderosos.

Ese material, en sí mismo, es explosivo. Pero hay otra parte, esta cierta aunque no delictiva, que puede hacer aún más daño. Me refiero a los correos y comunicaciones que Epstein recibía y enviaba a personajes de peso en la política, las finanzas, la empresa o la cultura que, sin revelar ningún delito, oscuros muchos de ellos, ofrecen un cuadro desolador del «coleguismo» y la frivolidad de una élite que parece alejadísima del americano común.

El efecto probable que podría tener este empacho de información sin contexto, de insinuaciones, como poco, de dudoso gusto y ligereza manifiesta y de amiguismo descarado entre los poderosos, es una desconfianza generalizada de los ciudadanos en las instituciones y en el propio sistema político del país.

Fondo newsletter