«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

Esa extraña pulsión de muerte

4 de julio de 2026

El sucio secreto de la izquierda clásica es que nunca fue de la defensa del proletariado. La doctrina no surgió de las masas trabajadoras, sino de los salones de las clases ociosas, primero en la Ilustración y, en su expresión más generalizada, del gabinete de un burguesito especialmente manirroto y gorrón, Karl Marx.

Lenin fue un paso más allá y admitió que la revolución espontánea que Marx profetizaba ‘científicamente’ nunca tendría lugar, y que esa misión quedaba en manos de una ‘vanguardia revolucionaria’ que se apresuró a encarnar él mismo.

Pero como todo es susceptible de empeorar, la izquierda lo hizo, y hoy es fundamentalmente un problema mental, una forma extrema de endofobia, de odio de lo propio, que a veces ni siquiera disimula que su verdadero grito de guerra el es el viejo: «¡Muera Sansón con los filisteos!».

Afortunadamente vivimos en la Gran Clarificación, en ese final de función en el que se encienden las luces y caen las máscaras. Sea por seguridad en la victoria, por el secreto placer del exhibicionismo triunfante o por mera estupidez, muchos representantes de los nuevos movimientos nacidos de esa hidra que es la izquierda empiezan a gritar a los cuatro vientos lo que hasta ahora disimulaban.

Les presento a la feminista alemana Verena Brunschweiger, adalid del movimiento cuyo lema es «mi linaje termina conmigo». Brunschweiger anima a las mujeres a no tener hijos. ¿A todas? No, sólo a las blancas, alegando que el objetivo de los pronatalistas occidentales es «controlar a las mujeres y mantener fuera a los refugiados».

Para Brunschweiger, los europeos son responsables de las malas condiciones de vida en África, «por eso acogería a todos los inmigrantes y refugiados, porque, por así decirlo, hemos arruinado el mundo».

No hay mal del que no seamos responsables los blancos, empezando por ese universal ‘coco’ de la modernidad que es el proteico cambio climático, «que hace que la vida en África, por ejemplo, sea miserable y horrible. Así que, por supuesto, ¿por qué no invitarlos si quieren venir?».

La pregunta sería por qué quieren venir. Por qué, si los blancos somos, como decía Susan Sontag, «el cáncer del planeta», quieren venir a las sociedades que hemos construido y habitamos. Pero sería ingenuo plantear pregunta alguna a Brunschweiger como si su planteamiento fuera racional. Bastaría con que la alemana pasara cinco minutos con un historiador y un antropólogo mínimamente honestos que le contara cómo era la vida en África antes de que un solo blanco pusiera el pie al sur del Sahara, o como sigue siendo allí donde apenas lo ha hecho.

Brunschweiger está de enhorabuena. En un siglo los blancos han pasado de ser alrededor de un tercio de la humanidad a una séptima u octava parte. Europa, en concreto, representaba casi una cuarta parte de la humanidad en 1900 y hoy no llega a uno de cada diez.

Porque el problema no es la izquierda radical en sí misma; todas las épocas han tenido minorías de manicomio, sectas destructivas, movimientos disparatados. El problema es que Occidente parece transido de una extraña pulsión de muerte que le impide reaccionar, un VIH cultural que ha destruido su sistema inmune y le ha dejado listo para desaparecer, como profetizaba el poeta T.S. Eliot, con un gemido, no con una explosión.

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