El destino ha hecho coincidir la muerte de Aitana Alberti en Cuba con el cambio de nomenclatura a nomenklatura del puente Carranza, que ahora llevará el de su padre, Rafael, en detrimento del histórico alcalde José de Carranza, a cuyo progenitor, Ramón, también borraron del estadio de fútbol. Casi mejor, que antes venían el Santos de Pelé y el Barcelona de Cruyff y ahora, como ocurre en todos los órdenes, no es ni una sombra de lo que fue.
Nada de lo que sucede a nuestro alrededor se explica sin Zapatero, que se va de la política con un puñado de joyas de dudosa procedencia mientras deja en herencia a los españoles la vuelta del guerracivilismo. En él late una fortísima pulsión antinacional que descubrimos en cuanto llega al poder y desmiembra el Archivo de la Guerra Civil de Salamanca. ZP trae cuentas pendientes y lleva al BOE el fusilamiento de su abuelo, después homenajea a Carrillo, héroe de Paracuellos, la misma noche en que ordena retirar la estatua ecuestre de Franco. La venganza llega tarde, de algún modo es la primera ley de nietos socialista, aunque entonces no lo vimos venir.
Rafael Alberti es poeta importante de la generación del 27 y eso es tan irreprochable como su obsesión con las gaviotas. Aitana es el nombre que Alberti y su esposa María Teresa León —también escritora y comunista— ponen a su única hija. La elección tiene su historia. Con la guerra perdida, ambos zarpan desde Alicante hacia el exilio y el último pedazo de tierra española que atisban en el horizonte es la Sierra Aitana. Desde entonces Aitana es más que un nombre, un símbolo, para los exiliados… y los nietos de quienes se quedan e incluso acaban de funcionarios del franquismo, como el abuelo miliciano de Pablo Iglesias, tal es la impostura de nuestro héroe antifa de Galapagar, hoy reciclado en empresario explotador.
No nos extraña en absoluto, claro, que Alberti sea un referente para Iglesias. El marinero en tierra también es progre de salón en el Florida, el hotel de lujo donde disfruta de un ambiente distinguido entre corresponsales extranjeros y bolchevismo caviar cuando estalla la guerra. Sus únicas incursiones en el frente son para declamar poemas que eleven la moral de la tropa. Y después de vuelta a Madrid, donde dirige junto a Teresa la Alianza de Intelectuales Antifascistas, cuyo cuartel general establecen en el Palacio de Zabalburu, recién incautado por milicianos.
Alberti no cree cabalgar contradicciones cuando ofrece suculentas fiestas y opíparas comilonas en el palacete. Mientras los milicianos caen como chinches en la sierra de Guadarrama por el empuje de legionarios y regulares, él se pasa la batalla de Madrid en la retaguardia, lejos del compromiso de Miguel Hernández, alistado en el Quinto Regimiento. Un día el poeta alicantino, harto de la frivolidad de quienes se pegan la vida padre y hablan de revolución, escribe en una pizarra delante de la afamada pareja que “aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta”. María Teresa León, aludida, abofetea a Hernández.
Quizá por su mala conciencia, Alberti vomita la mala baba acumulada en sus poemas, peroratas radiofónicas y en El Mono Azul, la revista donde escribe la columna A paseo, cuyo fin es delatar a intelectuales que considera fascistas. Arremete contra Unamuno e incluso antiguos amigos como Giménez Caballero o Sánchez Mazas. Uno de ellos, Juan Ramón Jiménez, no se lo perdona y contesta a Alberti y a los suyos, en realidad, unos “señoritos, imitadores de guerrilleros que exhiben rifles y pistolas de juguete mientras visten monos azules muy planchados”.
En sus memorias Diarios Españoles (1928-1939) el diplomático chileno Carlos Morla Lynch disecciona con precisión de cirujano a toda la Generación del 27, asidua a su piso del barrio de Salamanca. Los escritos dejan en evidencia a Alberti, que sufre una transformación conforme avanzan los años treinta y viaja al extranjero, incluida la URSS. “Su espíritu ha cambiado. Los viajes han creado en él un clima de suficiencia”.
Morla Lynch cree que se puede ser comunista, monárquico o republicano, como creyente o ateo, sin que sea necesario proclamarlo a cada instante y hacer alarde de ello. Alberti —advierte— parece que canta el Himno de Riego y La Internacional cada cinco minutos. Lo peor de todo —lamenta— es que ha contagiado a Cernuda, Manolito Altolaguirre y Concha Méndez.
Peor parado sale cuando estrena Fermín Galán y en una escena aparece la Virgen —interpretada por Margarita Xirgu— que desciende de su altar y, bandera en mano, se proclama republicana. «Hemos presenciado la obra como una demostración de lo que no debe hacerse». El diplomático chileno, que conoce bien al susodicho, sentencia antes del estallido bélico que “no basta con tener talento; hay que saber aprovecharlo en forma edificante y no caer en la debilidad de aplicarlo para satisfacer odios y rencores”.
Anticipándose al futuro, Morla Lynch nos muestra la vocación criminal de Alberti, intelectual de retaguardia, escritor de suite y palacete, que después dedica este verso al bando nacional durante la guerra «¡A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar!». Si fuera gaditano, yo me andaría con ojo con el puente que le acaban de poner.