«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

La diversidad no va con China

3 de julio de 2026

Entra en vigor en China la Ley para la Promoción de la Unidad y el Progreso Étnicos. Casi nada.

Cuando en Europa nos hemos convertido en regímenes de diversidad bajo la tutela o destutela del Estado Migratorio (que arruinado se dedica a mover flujos humanos), China refuerza su aspiración a la homogeneidad. Tiene censadas 55 minorías étnicas (hay más) a las que en el pasado el Partido Comunista reconoció cierta autonomía, al menos de forma declarativa.

Esto fue cambiando con Xi Jinping, por ejemplo, con fuertes políticas represivas en la región de Xinjiang, y la nueva ley viene a codificarlo. Las minorías (mongoles, tibetanos, uigures…) han de asimilarse forzosamente a la mayoría Han. China es han, habla solo mandarín y piensa como el Partido, al que ha de someterse también la poca diversidad religiosa. Por supuesto, no se admiten veleidades separatistas, ni narrativas humanitarias del gusto occidental. La ley establece una especie de jurisdicción internacional para perseguir, fuera de China, los atentados contra su unidad; y augura problemas a los padres que transmitan a sus hijos ideas separatistas y disolventes.

La «unidad étnica» se considera un valor a proteger, base de la prosperidad. Es interesante esto porque reafirma una tendencia en China y va contra la idea generalizada en Occidente. Las élites del partido consideran que la fortaleza está en la unidad del Estado y la cohesión del pueblo. Si China dicta el futuro, está claro que van por otro camino. Las sociedades occidentales se atomizan y disgregan, se desdibujan culturalmente, mientras China potencia una unidad esencial.

Tras la última cumbre con EEUU, vimos a Trump dar explicaciones que Xi se ahorró, y sin embargo, todo fueron ataques. Los presidentes occidentales hablan con la prensa, dan mil explicaciones, afrontan elecciones constantes, viven colgados de la más mínima oscilación de la opinión pública. Su política, que rara vez llega al mañana, está sometida a los rigores de la pluralidad; su industria (ahí está Europa) al mandato religioso de salvar el planeta; y sus poblaciones al dogma de la diversidad. Pero nada de esto concierne a China (aunque sospechamos que subrepticiamente lo fomenta fuera): su Estado no admite crítica, su industria contamina a placer y su población, sin inmigración, se somete a la unidad étnica.

Entrar en guerra con un país totalitario te hace un poco totalitario, decía alguien. Los enemigos se acaban pareciendo. Trump intenta liberar a su país de esos grilletes; recuerden sus palabras en la ONU o el discurso de Vance: atacaron la religión civil del cambio climático y la diversidad de la inmigración: pidieron más industria y más ‘Occidente’. La pluralidad y la libertad de expresión, sin embargo, la defienden y potencian con el X de Musk. Hacen bandera de ello. Quizás entienden que ahí está la ventaja estratégica, la única, frente al Partido Comunista Chino.  

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