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Abogado. Columnista y analista político en radio y televisión.
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Abogado. Columnista y analista político en radio y televisión.

Frédéric Hermel, que es uno de los grandes periodistas deportivos de España y Francia y no necesita presentación alguna, ha escrito un libro delicioso y necesario. Se publicó en el país vecino en marzo de este año. Se trata de “C´est ça la France. Petit musée joyeux d´un peuple pas comme les autres” (Flammarion, 2021). Podríamos traducir el título como “Eso es Francia. Pequeño museo feliz de un pueblo distinto de los demás”. Admitamos que esto ya es algo delicado. En Europa, por desgracia, hablar bien del propio país es sospechoso.

Precisamente por eso –por esa sospecha que el amor de la patria despierta en ciertos ambientes- deberíamos más que nunca escribir y leer libros como éste. Hermel rebosa cariño por Francia mientras la contempla a lo lejos. Le falta evocar al paladín Roldán y a la Dulce Francia para que la nostalgia sea completa. Sin embargo, desde la lejanía de sus dominios madrileños -a Hermel lo quieren a ambos lados de los Pirineos- nuestro autor atisba esos rasgos que definen el hogar: el pan, los juegos, los rituales de paso, las fiestas, la cultura popular -esto es, la del pueblo- y esas pequeñas cosas que uno añora cuando se establece en otras tierras. 

No le resultará difícil apreciar que se puede amar lo propio sin minusvalorar lo ajeno ni soslayar el fondo universal de la condición humana

En un tiempo en que las identidades nacionales sufren ataques formidables, es reconfortante leer a alguien que sabe amar su patria sin despreciar a nadie. Por estas páginas, desfilan los novelistas, los poetas, los cantantes, los restaurantes típicamente franceses -la “grand brasserie” que Hermel evoca con colorido y simpatía- las playas del norte y tantas otras cosas que, como el cuscús, construyen la Francia de ayer y de hoy. En la descripción del RC Lens, cuyo estadio es “como la asamblea de un pueblo en busca de la felicidad”- reconocemos lo que Ignazio Raggio denomina “el Mediterráneo moral”: las experiencias compartidas, la fraternidad, las aspiraciones comunes, las esperanzas mantenidas junto al otro.

En este libro, el autor desafía algunas convenciones de la Europa de hoy. Aquí no hay complejos por el pasado, ni culpas asumidas ni vergüenzas impuestas. Es una celebración de Francia y de su historia, su literatura, su sociedad e incluso su sistema político. Se atribuye a Jefferson la cita de que “todo hombre libre tiene dos patrias: la suya y Francia”. Tal vez sea apócrifa, pero creo que Hermel suscribiría las palabras atribuidas al revolucionario americano. Al final de su libro (pág. 182), dedica sus páginas a “a todas aquellas y todos aquellos que luchan, a veces a riesgo de sus vidas, para que Francia siga siendo Francia, el país de las luces y el valladar universal contra el oscurantismo”.

Tenemos que reivindicar esas tradiciones que, lejos de ser un lastre, nos arraigan para llegar más alto y más lejos

En estos días, se celebra en el país vecino el juicio por los atentados yihadistas de 2015 en París. El Hexágono ha sufrido muchas veces el golpe de los terroristas. Ha luchado contra ellos dentro y fuera de sus fronteras. No es sorprendente. Los yihadistas odian lo que Francia representa: veinte siglos de cultura occidental, el legado de Grecia y Roma, el cristianismo arraigado en la tierra y elevado al cielo en las catedrales (no dejen de leer la entrada sobre Notre-Dame en llamas), la razón, la libertad, los derechos humanos… Odian, en fin, la promesa que Francia y la civilización occidental representan. 

De eso trata, en el fondo, este libro. El lector español se reconocerá en la cultura del pan y de la fiesta, en el vino y la lengua que ha trascendido las fronteras. No le resultará difícil apreciar que se puede amar lo propio sin minusvalorar lo ajeno ni soslayar el fondo universal de la condición humana. Uno puede estar orgulloso de su país sin caer en la soberbia.

Necesitamos más libros como éste en la Europa de hoy. Tenemos que reivindicar esas tradiciones que, lejos de ser un lastre, nos arraigan para llegar más alto y más lejos. Hemos de detenernos a saborear los detalles que nos identifican y nos conectan a una comunidad histórica. Las naciones existen. Los pueblos tienen una historia. No se los puede desarraigar sin más. En la celebración del fútbol y en las canciones de nuestra vida, late una vida en común que nos construye y nos sostiene. 

Espero que el libro se traduzca al español. Si eso sucede y lo ven en un escaparate, no lo dejen escapar.

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