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Paloma Adrados Coart (Madrid, 1974). Licenciada en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, colegiada ICAM. Gestión Pública (IESE). Dirección de Empresas del Sector de la Automoción (IE). Consejera Política. Asuntos europeos, empresariales y sector público.

¡Están locos estos burócratas!

Hoy, Día de Europa, se confirma la enfermedad, ya crónica, de la Unión Europea, su pecado original: el abismo entre los ciudadanos y unas instituciones que por sistema anulan la soberanía nacional y popular en aras de sus propios fines globalistas y federalistas.

Esto era lo que, con precisión, tras una década marcada por múltiples crisis (crisis del euro, crisis migratoria, Brexit, pandemia de covid-19, dependencia energética, inflación disparada, invasión de Ucrania…) y en la que se ha visto un aumento constante del escepticismo hacia la Unión Europea, debía remediar la mal llamada “Conferencia sobre el Futuro de Europa”. 

Por desagracia no ha sido así, y hoy, la UE endilga a los ciudadanos las conclusiones de una oscura Conferencia que no trató de Europa, del continente europeo, sino del futuro de la Unión Europea como estructura política e institucional, y cuyas propuestas, únicamente federalistas, no responden a los problemas del momento, a las necesidades reales de los ciudadanos.

En la solemne inauguración el 9 de mayo de 2021 en el hemiciclo del Parlamento Europeo en Estrasburgo, el presidente del Parlamento, el del Consejo de la Unión Europea y la presidenta de la Comisión, la alemana Úrsula von der Leyen, acompañaron al presidente francés Emmanuel Macron que pronunció el discurso de apertura y a cuyo cargo corre hoy la presentación de las conclusiones en tanto que Francia ostenta la presidencia de turno del Consejo. 

La ‘Conferencia sobre el Futuro de Europa’ ha sido una grotesca mofa a los 447 millones de ciudadanos europeos

En esa ocasión, el “enfant terrible” de la Unión al que nada gusta que le contraríen, curtido tras el rechazo del pueblo francés al referéndum de 2005 sobre el “Tratado (no ratificado) por el que se instituye una Constitución para Europa”, se jactó declarando que la Conferencia sobre el Futuro de Europa consistiría en “un ejercicio sin precedentes de democracia participativa tomando el pulso al continente y examinando nuestro futuro”.

Lo cierto es que, un año después, la Unión Europea ha despachado el traumático asunto de las posibles consultas ciudadanas, y con ello cualquier atisbo de someter a ratificación popular el pretendido expolio de competencias nacionales, con la participación de 800 ciudadanos europeos a los que nadie conoce y con el alojamiento en Internet de una plataforma digital multilingüe bajo el atractivo título “El futuro está en tus manos”. 

Mejor eso, debieron de pensar Macron, Von der Leyen y la reducida cifra de políticos profesionales de Bruselas que han controlado y pergeñado este asalto a la soberanía de las naciones, que emmerder” en directo a millones de ciudadanos non-fédéralistes

Y así es cómo, tras haber experimentado en carne propia que las consultas a los ciudadanos ponen en peligro su sueño federalista, impracticable en una UE de 27 Estados miembros y 447 millones de ciudadanos, y tras permanecer en su empeño de trascender la soberanía de las naciones prescindiendo de su legítima e inexcusable defensa del interés nacional, la Conferencia sobre el Futuro de Europa ha sido una demostración más de la habitual falta de democracia y transparencia practicadas en Bruselas y una grotesca mofa a los 447 millones de ciudadanos europeos.

Las propuestas de la Conferencia pretenden el expolio por la puerta de atrás de competencias nacionales

Un año han estado en Bruselas debatiendo; un año de conferencia de la cual la inmensa mayoría de los ciudadanos nunca ha oído hablar.

Solventado con tamaño cinismo el constante pisoteo de la Unión Europea a la base de la democracia, el pasado 30 de abril, tras 12 reuniones guiadas por expertos que recibieron o siguen recibiendo financiación europea, una selecta e ilegítima minoría de Bruselas prescindía, una vez más, de cualquier consulta a los ciudadanos. 

Tras esta cortina de humo que ha sido la Conferencia sobre el Futuro de Europa llegamos a hoy, dónde en otra pomposa ceremonia a orillas del Rin, los burócratas globalistas afincados en Bruselas presentarán unas conclusiones precocinadas, federalistas y en contra de los ciudadanos para forzar cambios políticos fundamentales en detrimento de la soberanía de los Estados miembros. Propuestas, la mayoría de ellas, que exigen una modificación de los Tratados y que, no lo duden, pretenden el expolio por la puerta de atrás de competencias nacionales mediante la puesta en marcha de una Convención en virtud del artículo 48 del Tratado de la Unión Europea para modificar los Tratados. 

Otra vez más, Bruselas evidencia que, para ella, las fronteras —esta vez las competenciales— no sirven para nada.

No tiene un pase que la deliberada falta de democracia de la Unión Europea endilgue a los ciudadanos un plan en contra de sus intereses y preocupaciones

Un ejercicio de totalitarismo —antítesis del Estado de derecho— que se empeña en que Europa sea un Estado unitario, ahora “una patria europea”, un sólo pueblo falto de identidades, culturas, religión y valores propios, y que, olvidando la realidad, que Europa es una civilización y que el Estado nación como forma de organización la precede, se embarca en tan abrumador como peligroso afán. 

Un afán llamado al fracaso pues los 447 millones de ciudadanos europeos no sucumbirán a un proyecto asentado en la renuncia a parcelas de autonomía mediante una identificación y adhesión —de forma automática y sin resentimientos— a una estructura supranacional que no les ofrece resultados concretos, tangibles. 

La Unión Europea dejará de ser cuestionada y recuperará simpatía frente a sus ciudadanos cuando sea capaz de garantizar cierta prosperidad; cuando entienda que su éxito es indisociable al equilibrio de poderes entre las naciones soberanas y los pueblos que la componen; cuando recupere el ideal europeo de los padres fundadores —que no implicaba el cuestionamiento de los Estados existentes, ni la creación de un súper Estado— sino en una defensa de los intereses nacionales, complementado con el ideal de entrelazar intereses nacionales concretos.

Una Europa próspera y útil para sus ciudadanos es posible. Estamos a tiempo de que la Unión Europea interiorice y se nutra del patriotismo —vínculo fundamental e inseparable de los Estados nación— y que no es otra cosa que libertad e independencia: libertad política en el interior e independencia respecto al exterior.

Para que quede claro: no tiene un pase que la deliberada falta de democracia de la Unión Europea endilgue a los ciudadanos un plan en contra de sus intereses y preocupaciones. Otro abuso y burda maniobra antidemocrática perpetrados por los ¨visionarios” de Bruselas. 

Ya lo decía Obélix: “¡Están locos estos burócratas!”. Y ahora, sigan riéndose.

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