«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Mundialidades

21 de julio de 2026

No me entretiene el fútbol y no he visto ninguno de los partidos del Mundial, excepto el de anteayer, claro. Que era sólo fútbol y también todo lo demás. Lo que sí me gusta es la ilusión con la que se ha vivido cada encuentro, el sentimiento de orgullo español desbocado y la alegría posterior a la victoria del domingo que recorrió la península de capó de coche en fuente pública sin tocar el suelo ni respetar la madrugada. Yo también he disfrutado del único patriotismo que se nos permite en nuestra época. 

Y no quiero subestimarlo. A estas alturas de la película, la identificación con unos colores o el reconocimiento de pertenencia cuando se siente un nudo en la garganta por una gesta de «los nuestros» son rescoldos de la hoguera que fue. Si es el deporte lo que impide que estemos sepultados bajo la ceniza —o el fango— que lleva décadas tratando de enterrarnos, sea.

Al igual que está ocurriendo con la fe, y también en el Mundial se ha dado cuenta de ello, quizá el español empieza a desembarazarse de complejos. Aún no sabe hacer inventario de todo lo que le han quitado y debe recuperar, pero a eso le está ayudando una generación nueva que añora lo que nunca vivió. En este sentido, y desapegada como me he confesado de lo que ha rodeado al evento futbolístico, parecía extraño que nuestra selección fuera tan apreciada urbi et orbi. Apenas nos empezamos a creer nosotros la grandeza de este trozo de tierra cálida y quemada cuando incluso nuestros enemigos íntimos, los ingleses, jaleaban (es un decir) a la selección y agradecían a España que hubiera «salvado el fútbol». Lo que ha ocurrido, sencillamente, es que había un adversario común. Llámese Argentina, FIFA, Infantino o ustedes sabrán mejor que yo. No hay que confiarse.

El patriotismo que reaviva el juego de esos once chavales empezará a ser afeado pasado mañana en cualquiera de sus expresiones. Con motivo de los triunfos deportivos se nos tolera, aunque con su poquito de perversidad. Recordarán, hace poco más de un mes, que no llevaba León XIV ni cuarenta y ocho horas en nuestro país cuando hubo opinadores que estuvieron a nada de proponer que saliéramos a saludarle blandiendo el brazo incorrupto de Adenauer. Pues bien, la segunda estrella en la camiseta de la selección española también viene con mensaje socioaperturista. Como muchas ocurrencias parecidas, es algo que ya se vivió hace casi tres décadas en el país vecino. Durante el Mundial de 1998, la prensa popularizó la expresión «blanc, black, beur» (blanca, negra y magrebí, haciendo una analogía con la tricolor) para describir a la selección francesa y, por extensión, una supuesta Francia multicultural e integrada. Rápidamente, la clase política adoptó el eslogan y, con la misma velocidad, se vio que el éxito deportivo había alimentado una imagen excesivamente optimista de la integración republicana. Una vez más, lo mítico al servicio de un proyecto ideológico reconocible. En el caso de España, como solo hay un negro y un magrebí del que tirar en la selección nacional y el sueño de la diversité queda algo pobre por ahora —quizá en unos años Rajoy deba alertarnos de algo— nos hablan de supuestos «mestizajes» autonómicos. ¡Juegan andaluces, extremeños y vascos! El caso es no dejarnos disfrutar tranquilos de una identidad común sin vendernos motos popperianas, márgenes y fascismos de guardarropía.

Afortunadamente, la gente está en la calle, celebrando. A otra cosa. Me quedo con la esperanza. Con don Luis de la Fuente, que es todo lo que está bien. De espíritu elegante y sonrisa fácil, ha sido nuestro mejor embajador con un mensaje lúcido: «Esto se consigue con gente buena, generosa, con principios, capaces de formar equipo y que anteponen el bien común al particular. Hay que elegir personas que se integren en ese equipo». Hablaba solo de fútbol y también de todo lo demás.

Decía alguno de los jugadores que esperaban ser ejemplo para las «nuevas generaciones» (¡criaturas!). Ojalá sea así. Muchos son tipos de fe, desacomplejados, que sabían de esfuerzo y derrotas antes de saborear la gloria. 

Y, si no, nos vale con que los jóvenes desistan del perifollo en sus cabezas y empiecen a imitar el peinado de Ferran. Lo demás irá llegando.

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