«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Estilismos feijoístas

15 de julio de 2025

Después del happening pepero de hace dos domingos, la prensa moderada, ombligo donde se presume mucho de escribir contra el lector (sobre todo si es populista y de «extrema derecha»), está dejando a Feijoo más bonito que un San Luis. Ni la guapura se le reconoce ya a Sánchez, que ha pasado de ser el adonis de su urba en Somosaguas, el reservoir dog (con permiso de Mike Madsen) que se paseaba con garbo por Manhattan, a transformarse en la versión mediterránea de Urdangarín pero con hilos tensores. En vez de la «Ozempic face» a algunos se les queda la «Corruption face». El cortisol, hormona de moda, fetiche de nutricionistas y entrenadores personales, está en boca de todos: «Sánchez está demacrado porque secreta mucho cortisol. Es el estrés. Tiene miedo de sentarse en el banquillo». Por lo visto, lo de su pinta cadavérica iba más allá del maquillaje. 

Además, el presidente del Gobierno pierde, nos dicen, voto femenino a raudales por culpa de los escándalos, y Feijoo ha salido a buscarlo. Tiene proyecto: la enésima reformulación de un partido, el PP, que se nos vende como un bien de consumo. ¡Ahora con más humanismo cristiano y sin conservadurismos añadidos! ¡Con un 80% de centro reformista para que disfrutes inmoderadamente de la moderación!

Pero, no sólo de proyectos vive el socialdemócrata galaico. También cuenta con seducir a unos y otras gracias a su nuevo aspecto, muy alabado por el periodismo que entiende de estas cosas. Se aplaude su abandono de las gafas; también el de la corbata cuando lleva traje, moda lombarda de hace más de dos décadas que pudo tener su interés en la Via Gesù en mayo de 2001, pero que hoy es una cosa de directivo de PYME o de oficinista de cubículo al que vienen a ver unos clientes. Un estilo vestimentario falsamente moderno, e igual de deprimente que el partido al que representa, cuyo precursor fue Albert Rivera. Desde que Gianfranco Ferré declaró en 1989 que la corbata había muerto, algunos pretenden enterrarla, pero es complicado. Pido disculpas si alguien cree ver en todo esto de la corbata un atisbo (un coñazo) de falsa cuenta aristocrática tuitera: es simplemente una constatación.

Las loas a Feijoo no acabaron con el abandono de las gafas y el descorbatamiento. Siguió con las «zapas». Si Sánchez tiene su camisa de ranchero, el del PP gasta una especie de bambas tipo New Balance de color indefinidootra cosa muy del expresidente de Ciudadanos que es, al universo del calzado, lo mismo que la chaqueta acolchada al universo del trapo: la sublimación del gris o, mejor dicho, la consensualidad clasemediera aspiracional más rotunda. Las zapatillas con el traje sin corbata perfilan esa idea de directivo del sector terciario, quizá del departamento de informática (hoy llamado «I.T») que al no poder llevar la camiseta de Star Wars o ir como Chema Alonso por los pasillos de Telefónica, se pone calzado deportivo para dar una imagen más desenfadada.

Tampoco se le puede pedir a Feijoo que vaya con pinta de notario jubilado del barrio de Salamanca (sahariana en verano, teba en invierno), como Aznar. Lo suyo, lo del nuevo Alberto fingidamente informal y rejuvenecido, es más bien un homenaje a esa tibieza sin alma que tanto gusta a algunos. El partido de la grisura suprema, de la sumisión perruna a cualquier decisión tomada en instancia supranacional, cede por fin a la coherencia que tanto se le ha demandado. Feijoo se viste como si los populares hubieran decidido completar, congreso y outfit, estilismo y programa, su suave giro hacia la nada.

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