«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

La estrategia del Miedo

26 de junio de 2016

La película Apocalypto (Mel Gibson, 2006) es un tratado de oceanografía del miedo. La acción se sitúa en las selvas de Mesoamérica y asistimos al ocaso de la civilización maya a través de los ojos de un muchacho llamado Garra de Jaguar. Un día, el joven presencia una escena que marcará su vida. En los bosques se encuentran con una tribu vecina que huye de los invasores que han arrasado su poblado. Hay algo en el alma de esas gentes que huyen que le perturba y no sabe identificar. “Miedo –le dice su padre-. El miedo es una enfermedad. Se mete en el alma de cualquiera que lidia con él. Ya ha contaminado tu paz. No te crié para verte vivir con miedo. Aléjalo de tu corazón. No lo metas en la aldea”.

 

 

Poco después, muerto ya su padre, será Garra de Jaguar quien se vea a sí mismo corriendo con su tribu por la selva. Huyendo de esos mismos invasores. A partir de ese momento su vida se convertirá en una huida permanente, sin más objetivo que salvar el pellejo. Por el camino pierde todo lo que amaba. Abandona su aldea y los bosques en los que creció. Su mujer y sus hijos son capturados. Muchos de los suyos mueren sin dignidad: sin plantar cara, corriendo como conejos. En un determinado momento, Garra de Jaguar recuerda las palabras de su padre y comprende su error. Su vida está marcada por el miedo. “¡Soy Garra de Jaguar! ¡Éste es mi bosque! ¡Y mis hijos cazarán en él con sus hijos cuando yo ya no esté!”, grita para infundirse valor. Garra de Jaguar pasa a la ofensiva para liberar a sufamilia. A partir de ese momento la historia cambia de signo.    

 

Estas escenas de la película me han venido a la mente estos días de campaña. Veo el miedo en los ojos de mis familiares y amigos. Miedo a la izquierda radical. Es un miedo antiguo que ahora cobra una nueva forma. Miedo a Podemos. En el fondo, reflexiono, este miedo siempre me ha rodeado.

Recuerdo perfectamente mi nacimiento a la conciencia política. Viví la adolescencia en los noventa. Yo no lo sabía interpretar correctamente, pero en aquellos años mis mayores ya huían. Temían a la izquierda radical que representaba el PSOE de González. El socialismo, el laicismo, el aborto, el ataque a la familia y a la religión, el cuestionamiento de la idea nacional, el revanchismo, el sesentayochismo cultural. Mis mayores huyeron, junto con el resto de la tribu, hacia el centro reformismo con la idea de buscar refugio en las instituciones. Renunciaron a la batalla ideológica y entregaron la agenda cultural a la izquierda. A medida que se alejaban de su hogar, el bosque se volvía más inhóspito. El terreno era cada vez menos apto para una defensa en condiciones. Cada vez había que hacer mayores concesiones políticas para seguir teniendo opciones de ganar unas elecciones. Quienes metieron el Miedo en la aldea luchaban por mantener sus cuotas de poder. Mientras corrían tras ellos, nuestros mayores abandonaron por el camino muchas causas justas. Muchos valores que les identificaban. “Abandona definitivamente la defensa del derecho a la vida –susurró el chamán Arriola al oído de Tortuga Silenciosa-. Míralos. No te abandonarán. Están asustados y necesitan tu protección”.

Que viene González, que viene Zapatero, que viene Iglesias. Cambia el invasor, pero la estrategia del miedo es siempre la misma. El PP siempre se ha servido del miedo para aglutinar todo lo que no fuera la izquierda. En esa carrera hacia el centro de la nada, hubo un momento en el que el PP se había despolitizado tanto que se parecía demasiado al PSOE. Dos grandes conglomerados de intereses que, habiendo consensuado el tablero político, fingían con aspavientos un debate de ideas por cuestiones meramente cosméticas o de matiz. El pueblo empezó a comprender que ese teatrillo de sombras era un fraude. La gente empezó a referirse a esos impostores como el “PPSOE”.

Cuando el antagonismo colaborativo del PSOE dejó de funcionar, los jefes de la tribu se vieron obligados a buscar otro espantajo con el que asustar a la aldea. Los aprendices de brujo encontraron en Podemos una horda bárbara con la que seguir turbando el sueño de la mayoría silenciosa. Pasearon a los cazadores de cabezas por las televisiones e hicieron que crecieran en número. Ahora los beneficiarios del Miedo nos dicen que debemos evitar que las nuevas hordas lleguen al poder. “O nosotros, o el caos”, grita Tortuga Silenciosa a la luz de las hogueras. El ritual genovés del miedo se pone a funcionar a pleno rendimiento, con los sacerdotes mediáticos amplificando la consigna en un éxtasis coral.  

En esta crisis aún hemos descendido más en nuestro viaje al fondo de la noche. Cuando pensábamos que habíamos traspasado el punto de no retorno, el consejo de sabios decidió que era necesaria una Gran Coalición para que Tortuga Silenciosa no perdiera el trono. La tribu genovesa se lanzó a los brazos de sus antiguos perseguidores implorando un pacto de Estado. Los sacerdotes mediáticos pasaron a alabar la visión política de González y a referirse a él como un Hombre de Estado. Lo más decepcionante para mí fue ver a mis mayores reclamar un “acuerdo entre moderados”. Ya no recordaban su Miedo de los años ochenta y noventa. Si González era moderado, ¿por qué corrieron? ¿Por qué abandonamos nuestro bosque? El miedo es una enfermedad –me repito-. Se mete en el alma de cualquiera que lidia con él.  

“¿A dónde iremos ahora?”, pregunta al final de la película uno de los supervivientes. “Al bosque, a buscar un nuevo comienzo”, responde Garra de Jaguar. Me hace gracia descubrir que en las redes sociales triunfa el video de campaña de un partido emergente que se titula, precisamente, “Un nuevo comienzo”. Inspiración o feliz coincidencia, no lo sé. Honradez, patria, futuro, memoria, coraje, banderas. En el video resuenan las palabras de una cultura política que había sido abandonada hacía tiempo en la carrera. Sonrío. Mientras hay vida, hay esperanza. Salir del Miedo es el primer paso para que la historia empiece a cambiar de signo.

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