«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Fisioterapia con final feliz

27 de enero de 2026

Ignacio Peyró ha escrito el único libro sobre Julio Iglesias que yo leería. Me interesa poco el personaje y menos su música. Aunque el cantante gallego lanzó en España álbumes que cayeron en la radiofórmula (Raíces y La Carretera), la generación X tardía estábamos más al pop-rock. Y esperando, sin saberlo, el nacimiento del grunge.

Allá por septiembre de 2025, entrevisté al actual director del Instituto Cervantes en Roma para La Iberia con motivo de la publicación de El español que enamoró al mundo – Una vida de Julio Iglesias. Durante su lectura usé un lápiz bicolor para subrayar. En verde, todo aquello que me servía como escuela de columnismo; con gris, aquellos hitos de la vida del crooner sobre los que preguntar al autor. Revisando mi ejemplar —pintado color esperanza— me ratifico en que la obra tiene la virtud, o el valor añadido, de devolvernos una época muy particular en la que la alegría de vivir era santo y seña. El gran atractivo de la biografía del cantante está en el instinto que tiene el escritor introduciendo detalles gastronómicos, ambientales o sociológicos de los últimos sesenta años de nuestro país. 

«Julio Iglesias es un magnífico lugar desde el que contarnos nuestra Historia» dice Peyró. Y es cierto. Fue nihil obstat para la censura franquista, ganador en el desarrollismo y no tuvo nada por lo que protestar en los años de la dulce guerrilla urbana en pantalones de campana. Julio, como la «santa» Transición, introduce la modernidad en España. Si el régimen del 78 lleva en su cadena de nucleótidos el germen del wokismo, ese liberalismo colectivizado —profesor Ayuso dixit—, en la vida del cantante todo «progreso» carecía de peso y gravedad. Su negociado era el de la ligereza mediterránea. Julio Iglesias anuncia su divorcio en 1978 en ¡Hola!, boletín oficial de lo suyo.

Y el papel couché es la ventana de Overton de la época. 

Julio Iglesias es el español que enamoró al mundo, nuestra primera globalización moderna. En lo ideológico, el cantante parece dar carta de naturaleza a cada momento político del país. Nuestras retinas guardan en un lugar preferente el mitin de cierre de campaña con Aznar en el Mestalla. Pero también fue zalamero con Juan Carlos I y campechano con Felipe González.

En 2004, estalla el régimen de Zapatero y la democracia liberal se desparrama. Asistimos a la introducción brutal y por derecho de la posmodernidad. Con ella, su espíritu roussoniano. Nos comemos la visión adoctrinante que idealiza moralmente a la mujer y otorga a su testimonio un valor incuestionable. El victimismo que permite denuncias sin pruebas, la desaparición de la presunción de inocencia para el varón. El temor a cuestionar ese dogma —la muerte civil es el castigo— explica su aceptación social y, en ocasiones, su respaldo judicial. 

Cuando en el otoño de la varonil edad Julio Iglesias ya es paisaje de fondo; banda sonora de karaoke o cena de empresa; pura evocación de hombre sobre playa de arena blanca y jersey color pastel; meme o serigrafía en camiseta canallita, una ONG de derechos de las mujeres que recibe subvenciones de Soros, y el entorno mediático gubernamental español, deciden darle su último papel. Dos ex empleadas del cantante, una trabajadora doméstica y una fisioterapeuta, acusan al artista de agresión sexual y otros abusos, acontecidos en República Dominicana. La fiscalía ha archivado la demanda por falta de jurisdicción en España. Como si no quisiera verse envuelta en un sainete en el que una de las testigos protegidas tiene cuenta en Only Fans. O en un montaje que trata de aprovechar los estertores del wokismo como chaleco antibalas de las trapacerías de la famiglia del presidente Sánchez.

El equipo legal de Julio Iglesias anuncia una demanda, que puede alcanzar los 200 millones de dólares, contra Univisión y ElDiario.es de Ignacio Escolar por vulneración a su honor e imagen púbica.

Ahora que ya se puede hablar abiertamente de denuncias falsas, que se ha alcanzado el punto Soto Ivars en la materia, sería una genialidad del destino que el arquetipo de sospechoso habitual, el hombre bronceado, heterosexual y de derechas, rubricara la esquela sociológica del insumergible régimen del 78. Que aquel que acompañó nuestros usos y costumbres desde hace sesenta años sea el que acabe con este puto esperpento.

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