La Primera Guerra Mundial fue también el primer gran chasco del naciente marxismo. Todo el mundo esperaba que el conflicto estallara, marxistas incluidos, pero estos aseveraban, sin embargo, que esa guerra no llegaría a librarse: los obreros alemanes se darían cuenta de que el patriotismo es una superestructura ficticia y que tienen más que ver con los obreros franceses e ingleses que con sus explotadores compatriotas.
Al final fue que no, que el obrero alemán mostraba unas saludables ganas de degollar obreros franceses, y que estos no veían el momento de clavar sus bayonetas en las tripas de sus presuntos hermanos alemanes. Algún día los historiadores deberían explicar qué hace a la izquierda tan preternaturalmente inepta para entender a las clases bajas, especialmente en lo que se refiere a identidad nacional, seguridad ciudadana y familia.
Algo más de sentido hubiera tenido la profecía pacifista de haberse referido a los monarcas del tiempo. Es fama que tres de ellos, los del Reino Unido, Rusia y Alemania, eran primos, y primos muy bien avenidos, que en vísperas de la guerra intercambiaban cariñosas misivas que firmaban como Nicky y Willie. De hecho, el Kaiser Guillermo era almirante de la Armada Británica.
Estos días, la derecha soberanista y monárquica ha tenido ocasión de observar con desasosiego que la soberanía no siempre tiene que ver con el soberano. Su Majestad Felipe V ha cargado en Europa contra quienes nos empecinamos en seguir siendo españoles, una caterva infame contra la que se ha comprometido a combatir. Observadores desapasionados han comentado que el caso es equivalente a un CEO de Coca-Cola que anunciara que el famoso refresco es pis de gato azucarado, que arruina la dentadura y favorece la diabetes.
Unos días después, su hija y heredera, la Princesa Leonor, ha hecho un discurso en el que parece condonar la sustitución poblacional recordándonos, como suele hacer el progresismo con sus churras y merinas, que los españoles hemos sido emigrantes.
Estos pronunciamientos regios traen de cabeza a los kremlinólogos de la Casa Real, escrutadores de ceños y arúspices de sonrisas. Pero nada de esto debería extrañar a nadie. Si ha habido una institución europea globalista avant la lettre —transnacional, si se prefiere—, esa es la monarquía, cuyas dinastías nacían en algún lugar y acababan reinando en el territorio más insospechado y lejano. Pero sus primos, sobrinos y demás familia seguían siendo los que siempre han sido, como si se tratara de un clan de augustos gitanos errantes.
Ser monarca en Europa es como ser máster de Fontainebleau o la London Business School. Uno puede acabar de CEO de Procter & Gamble o de Duro Felguera. Hay, incluso, verdaderas fábricas de reyes. Así, un diminuto estadillo de la Alemania previa a la unificación, el Ducado de Sajonia-Coburgo y Gotha (1977 kilómetros cuadrados), se especializó en la exportación de testas coronadas europeas, hasta el punto de dar soberanos al Reino Unido, Alemania, Bélgica, Brasil, Grecia, Portugal, Bulgaria y México.
Más aún: un solo hombre, hijo de un independentista corso que hasta su muerte pronunció el francés con un fuerte acento, Napoleón, repartió entre sus hermanos coronas en España, Italia, Holanda, Westfalia y Toscana. Además, de entre sus mariscales salió el fundador de la dinastía que aún gobierna Suecia, un revolucionario que llevaba tatuado en el brazo «¡Mueran los reyes!».
Cuando, durante la Santa Transición, Luis María Anson nos vendió el nuevo monarquismo/juancalismo, hablaba de la corona como si fuera un puesto administrativo logrado tras una ardua oposición. El ritornello incesante, al hablar del entonces Príncipe de Asturias, era ese carcajeante «como cualquier otro joven de su edad, Felipe…». Pero Felipe no era como ningún otro español de su edad. Su madre era hermana del rey de Grecia en el exilio, aunque no tuviese una sola gota de sangre helena y, en general, el Hola! era su álbum familiar.
Nada de esto impide que los reyes le cojan cariño a sus destinos, igual que el jugador de Risk puede tomarle ley a Groenlandia o Madagascar si empieza la partida en esos territorios. Hay algo llamado pundonor profesional y ese roce que hace el afecto, no lo dudo. Pero si me obligaran a buscar patriotismo primario, visceral, no elaborado ni opcional, lo buscaría antes en Nava de la Asunción, provincia de Segovia, que en la Zarzuela.