Apareció recientemente Joan Laporta en una entrevista a una cadena de televisión y dejó un titular bastante descriptivo: «Me echaron de los Maristas por ausencias reiteradas, faltas de respeto y robar exámenes». Nos quedaremos para siempre con la duda de si, con sus palabras, nos ofrecía un acto de contrición retrospectivo o estaba sugiriéndoles a los más jóvenes un proyecto de vida exitosa.
No debería descartarse la segunda opción. Porque lo cierto es que hay en Laporta un talante que, a primera vista, se diría no demasiado proclive al arrepentimiento. Encarna un aire corsario, una desfachatez llevada incluso con gracia, que le ha ido abriendo puertas en las vida. Si en lugar de decir lo que dijo se hubiera declarado artífice de una trayectoria académica ejemplar, creo que todos habríamos acusado un pellizco de decepción, una pequeña traición íntima.
Con su catalanidad exuberante y desmadrada, Laporta representa, acaso a su pesar, un arquetipo muy hispánico. Ahí reside el dato sociológico. Se intuye un resabio picaresco en él, si bien el pícaro es otra cosa, un apaleado del día a día, criatura de la oscuridad y la penuria que se conforma con sacar la cabeza del arroyo.
En cambio, el «echao palante» destila carisma. Al contrario que el pícaro, él no exuda tristeza, no es un mero emprendedor de los bajos fondos de la vida. Se esfuerza lo justo porque sabe encontrar los atajos. Desde bien jovencito se le ve venir. En una pandilla de adolescentes, será el primero que se decida a abordar a la chica, que quizá lo mirará con un estupor prematuramente encandilado, curiosa y alerta, olfateando de lejos el peligro.
Me acuerdo, allá en mi época del instituto, de cómo triunfaban estos especímenes. El desparpajo que tenían. A decir verdad, es posible que algunas de mis más fundadas prevenciones hacia el sufragio universal se deban a la cantidad de veces que los vi arrasar en las elecciones a delegado de clase. Pero es que los votaban —los votábamos— incluso sin haber cumplido con el trámite de haberse presentado voluntarios. Porque votarlos era jugar a introducir una posibilidad de caos en los intimidatorios engranajes del sistema, y la inconsciencia propia de la edad hacía el resto.
Con los años, del oportunista encantador, del canallita simpático que las palabras de Laporta me han hecho evocar, hemos pasado a una estirpe distinta. No se trata de simples caraduras que se dediquen a aderezarse la vida con unos pocos granos de sal. El término «golfos» es el adecuado para definirlos. Pero ¿de dónde han salido? Un sistema que lleva décadas inmerso en un proceso de paulatina putrefacción los ha puesto ahí. Era cuestión de tiempo que la bolsa de pus reventara. Sólo han necesitado encontrar el contexto adecuado para revelarse como lo que fueron desde un principio: una partida de facinerosos, una cuadrilla de cutres y mediocres venidos arriba. Luego, el partido de Estado, el mismo que ha diseñado el marco mental en cuyo interior esta sociedad va camino de autoliquidarse, les ha facilitado los cauces necesarios para sus propósitos.
El encumbramiento del golfo, la posibilidad de su ascenso hasta las instancias más altas del poder, no es más que la manifestación característica de un orden terminal. Hemos pasado antes por sucesivas fases de derrumbe, pero la trama de intereses creados, la compra masiva de voluntades, el servilismo infecto de tanto propagandista mediático, la aceptación de la mentira como la atmósfera propia de una época, el desmoronamiento, en suma, de los principios morales que garantizan la supervivencia de una sociedad, han pesado más que las voces que alertaban de la ruina inminente del edificio. Ahora habría que ponerse manos a la obra y, sobre el solar que van a dejarnos, levantar la casa futura sobre unos pilares más sólidos. O eso, o seguir malviviendo entre escombros.